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Desiertos como éste tenemos en todos los continentes. Todos silenciosos, todos inundados de misterio, escondiendo qué tesoros, qué secretos. ¿Algún día saldrán a la luz?

Específicamente el de la foto está ubicado en el Altiplano del suroeste americano, allí donde confluyen las fronteras invisibles de cuatro ilusorias nacionalidades. La cercanía del mar y de las montañas multiplica en el desierto los secretos. Fósiles. Momias. Antiguos monumentos. Restos humanos recientes.

Por algunos metros cuadrados de estas tierras los hombres se han enfrentado unos a otros reiteradamente. Claro que el desierto se ha tragado la sangre.  Pero sigue la sangre estando presente en la mirada de los hombres. Acechan las cuatro policías a los indocumentados.

De un desierto parecido al de la foto salieron estos versos. De un desierto que esconde en sus entrañas muchos muertos, todos de la misma patria, que no reconoce fronteras. Pero oculta también el misterio de la luz. 


El desierto está henchido de secretos.
Las arenas los guardan
y el rocoso subsuelo.
El viento que se lleva las palabras
las disuelve.
Los montes custodios del silencio
vigilan con celo.

Sin brújula ni senda
oriento mis pasos.
Mido mi sombra
e indago en cada una de mis huellas.
Tomo el pulso a las montañas.
Y el sol cómo me ciega
mientras cavo sin prisa en la arena.

Rompo la roca.
Intento en la noche
perforar el cielo.
Casi alcanzo la luna y las estrellas.
El cielo me da su recompensa:
no me dice de sangre derramada
pero sí de una historia de verdad.

(De ‘La hora violeta’, Festina Lente, Santiago 2009)
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© 2012 Lino Althaner