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La inquietud la tengo desde hace tiempo. Ahora renace cuando vuelvo a acceder a la entrevista que hace Christian Warnken al psiquiatra Otto Dörr, quien afirma que el idioma que se habla en esta larga y angosta faja de tierra, y en particular, el que hablan los jóvenes, se caracteriza por la coprolalia, por la atrofia de la palabra, por la incultura. ¿No es para llenarlo a uno de espanto? Coprolalia es un término psiquiátrico usado para designar a uno de los síntomas característicos de cierta forma atroz de demencia, caracterizada en su fase crítica por un comportamiento soezmente desinhibido, que se revela también en el uso de la lengua. Uso descomedido de la grosería en el hablar, eso es la coprolalia. Etimología: del gr. κόπρος, excremento, y λαλεῖν, hablar. Por lo tanto, coprolalia: lenguaje obsceno, excrementicio.¿Qué sería de un país en que la coprolalia sentara sus reales? No como forma de hablar de la gente de los bajos fondos o de personas con escasa educación, sino para definir a la forma de expresión verbal de las élites, de los favorecidos por la fortuna material, de las autoridades, de los niños, de los jóvenes, de los hombres y de las mujeres, de todo un pueblo. Y si al uso intenso de la grosería, casi siempre de un profanatorio contenido genital o sexual, agregáramos el primitivismo en la expresión, la escasez del vocabulario, la mala pronunciación, la deficiente ortografía. ¿Qué podríamos esperar de un país en que la generalidad de las personas hacen uso de un solo sonido malsonante, y de sus variantes, para designar a dios y al diablo, a ésto y aquéllo y lo de más allá, a lo más sublime y a lo más ordinario y desechable?

Manuscrito iluminado del Tibet

Manuscrito iluminado del Tibet

 No sería sólo grosería, por lo tanto, sino también atrofia de la palabra, de la condición que nos diferencia de las bestias, de lo que nos da la condición de hombres. De lo que nos regala la capacidad de pensar, de dialogar y relacionarnos con nuestros semejantes, de crear, de imaginar, de nombrar las cosas y los fenómenos que constituyen nuestro entorno, de hacer que la vida nos parezca, si no siempre del todo comprensible y aceptable, al menos dotada de un sentido, el que le dan los opuestos que en ella parecen confrontarse, mentira y verdad, fealdad y belleza, necedad y sabiduría. La palabra, el lenguaje, nos dan la capacidad de superar nuestras limitaciones y de plasmar esa superación en hechos y obras de las manos, del espíritu del hombre.

 De esto surgen inquietudes todavía más grandes. ¿Qué se podría esperar para el futuro de un país si en su población se invirtiera la natural tendencia a la superación intelectual y espiritual, si advirtiéramos, en cambio, una inclinación generalizada hacia lo vulgar, lo grosero, lo impulsivo, lo violento? ¿Si personas supuestamente educadas se expresaran como si pertenecieran a los bajos fondos? Algo malo está ocurriendo cuando la emigrante peruana que oficia de empleada doméstica le enseña a su patrona  – educada en colegio de élite – a expresarse correctamente. Cuando las personas tienen una suerte de temor a manifestar cultura o reverencia hacia un pasado humanista, pues si lo hacen pueden ser calificados por su entorno de conservadores, de cursis, de poseros. Precisamente el psiquiatra entrevistado – formado profesionalmente en la Universidad de Heidelberg – por Christian Warnken, ha sido calificado no sólo de retrógado y de cursi sino que también de racista por mencionar en el curso de la conversación a Bach y a Heidegger y por recitar a pedido de su entrevistador, unos versos de Rilke en alemán.

 Me limito por ahora a hacer preguntas. Me limito a decir de tendencias preocupantes. Leo los diarios. Escucho la radio. Veo la televisión.  Veo y escucho cómo se celebra y por qué se celebra. Para qué se usan los computadores. En qué se entretiene la gente. Me fijo en las lista de best sellers. Me asomo a las universidades y a los colegios. Observo cómo protestan los alumnos y los profesores. Me fijo en los destrozos después de una protesta. Veo como viven, unos en Lo Barnechea, otros en Ñuñoa, otros en Pudahuel. Me llama la atención tanta farmacia y tanta botillería. Paseo por los centros comerciales: repletos de anhelos insatisfechos.

 También sé que el problema tiene rasgos propios de este suelo, pero que no es exclusivo de él. ¿Se trata tal vez de una tendencia mundial, resultado del enfrentamiento entre las poderosas fuerzas interesadas por mantener y hacer cada vez más duro el enclaustramiento del espíritu en su prisión material y las que suspiran por un renacimiento, que parece de pronto resolverse en beneficio de las primeras, que son las fuerzas de la usura, del automatismo y del adocenamiento? El espíritu prisionero de la materia. El cuerpo olvidado del alma.
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El dilema: mantener las puertas cerradas o abrirlas al encantamiento. Este es el verdadero problema cuando se habla de que la juventud está enferma, de que una sociedad como la nuestra se aproxima, por el camino de la creciente desvalorización de lo humano, a la definitiva bancarrota. ¿Cómo abrir esas puertas?

Por ahora no más que preguntas.

Salvo insistir: quien luce el excremento en las palabras, es que lo tiene viviendo en su mente, lo que es malo para la salud de todo tipo.

© 2012
Lino Althaner