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Mitologías en auge a la época de nacimiento del cristianismo, constitutivas del llamado gnosticismo o religión gnóstica, sostenían que en  los comienzos del proceso de compromiso del Padre supremo con la formación del universo, unas chispas del espíritu divino quedaron lastimosamente atrapadas en las tinieblas de la materia cósmica y por tanto también prisioneras y olvidadas en lo más escondido del hombre, bajo las apariencias engañosas del  cuerpo y de la mente. El auténtico iniciado  es, conforme a esta doctrina, el que lucha incansablemente por sacar a la luz esas perdidas chispas luminosas – que todos llevaríamos en nuestro interior – para restituirlas a la divinidad, privar a las tinieblas de su oculto fundamento espiritual y permitir por fin que en el mundo se imponga la luz del reino de los cielos. Bella doctrina, sin duda, alrededor de la cual las distintas variantes de gnosticismo tejieron un entramado variopinto de mitologías y de leyendas, algunas muy hermosas.

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Con esa doctrina se relaciona el siguiente poema de Lino. La epopeya de las chispas del espíritu divino por escapar, con ayuda del hombre, de su sofocante encarcelamiento, se ponen en paralelo con la primavera que está ya por nacer en este hemisferio austral.

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Gnosis

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La centella que se ahoga en la materia
olvidada bajo el peso
del cuerpo y de la mente de los hombres
recluida en el vientre de la tierra
quiere huir de su celda.
Traspasar con sus alas desplegadas
las esferas que la apartan de la luz.

El invierno se muere en dar a luz
capullos y renuevos.
Ya quiere lucir sus galas la rosaleda.
La chispa que se ahoga en la materia
quiere huir de su oscura prisión.
Quiere huir hacia su hogar
la luz que se ahoga en la materia. 
  
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