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Hace un par de semanas una pareja de amigos – Werner y Gloria – viajó a Alemania a visitar a su hijo que trabaja en Düsseldorf. Me comentaron, el día antes de partir, que en esta oportunidad harían una excursión a Alsacia y que su destino en esa región iba a ser la ciudad francesa de Estrasburgo. Unos días después, en una de mis excursiones por las  galerías virtuales de la red, me encontré una vez más con el conjunto de admirables pinturas de Matthias Grünewald (1470-1528) que conforman el llamado Altar de Isenheim, el magnífico retablo que ubico, a la par que las grandes obras de Holbein el Joven, Durero y Altdorfer, en las cumbres del renacimiento pictórico alemán. Siempre me han conmovido profundamente estas genuinas obras maestras, que alcanzan su cumbre expresiva tanto en el panel dedicado a las tentaciones de San Antonio como en aquellos otros correspondientes a la crucifixión, que es de un expresionismo desgarrador, desfigurante, doloroso, y a la resurrección, que muestra a Cristo levitando como una antorcha de fuego espiritual en la plenitud de su dimensión sobrehumana y metafísica.

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La intensa luz espiritual que Cristo proyecta en esta pintura magistral es la propia del Hombre primordial, divino, eterno, anterior al mundo y no contaminado por el mundo. 

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Se podría suponer que el famoso retablo de Isenheim se encuentra en un pueblo alemán de ese nombre. Sin embargo, Isenheim no está en Alemania, sino que en Francia, y más precisamente en Alsacia. Pero las pinturas no se encuentran en Isenheim sino que en el museo de Unterlinden (Bajo los Tilos) de la también alsaciana ciudad de Colmar, situada un poco al sur de Estrasburgo y al norte de Isenheim.

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En lo inmediato les diré que al acordarme de estos detalles, también se me vinieron a la memoria mis amigos viajeros. Me asaltó el temor de que llegaran a las vecindades de Colmar, pero que no se decidieran a visitar la ciudad, o que estando en ella, no supieran que el Altar de Isenheim se exhibe en unos de sus museos y se perdieran así la oportunidad de admirar presencialmente esta maravilla.  Manteniéndome en mi entorno virtual, recurrí entonces a uno de estos sitios experimentados en las llamadas redes sociales –las que uso también, con algún éxito ocasional, para difundir el contenido de este blog-  ubiqué la página del hijo de mis amigos y le mandé un mensaje recomendándole especialmente no dejar  de ir a Colmar y de visitar el museo con el objeto de admirar largamente el retablo y los demás tesoros artísticos que en él se conservan.

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La respuesta demoró. ¿Y por qué fue así? Porque cuando mandé el mensaje ellos ya habían partido a Stuttgart y de ahí a Alsacia. Una semana después recibí la respuesta que así me lo informaba. Habían disfrutado del recorrido e incluso habían visitado la ciudad de Colmar, quedando impresionados por su arquitectura estilo Fachwerk y sus reminiscencias medievales. Y que un día, mientras descansaban de una caminata en un parque de la ciudad, les había llamado la atención un hermoso edificio con aspecto conventual, que se habían acercado a él para indagar un poco, pudiendo comprobar que se trataba del Musée d’Unterlinden. ¿Y qué más? Nada más. Por el nombre, sin duda les habrá recordado la famosa avenida Unter den Linden de Berlín, pero jamás sospecharon, me imagino, que se tratara de un museo especialmente digno de ser visitado. Sintieron, en todo caso, no haber dispuesto de mis datos con antelación.

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P0r lo cual, ahora les regalo esta nueva oportunidad de saber algo más del Altar de Isenheim y del museo que lo luce como su más preciado tesoro. Regalándoles tal oportunidad, aprovecho también de permitirles a mis demás lectores el acceso, aunque parcial, a estas obras de arte que nos muestran las alturas a que llega la creación humana cuando es iluminada por el espíritu del bien, la belleza y la verdad.

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El museo de Unterlinden se halla instalado en el edificio de un antiguo convento dominico del siglo XIII, abandonado después de la Revolución, mas luego rescatado y reestablecido en su nueva condición a mediados del siglo XIX. Además del famoso retablo de Grünewald, el museo alberga otros provenientes de las  iglesias de Colmar y de sus inmediaciones, además de importantes colecciones  de artistas plásticos medievales, renacentistas, barrocos y modernos, y de piezas de valor arqueológico y artesanal.

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El retablo se encuentra en la capilla del que fuera convento de monjas dominicas, pero es original del convento de los antoninos de la cercana aldea de Isenheim. Fue realizado por Grünewald entre 1512 y 1516, con la colaboración de Nicolás de Haguenau en la parte tallada. Actualmente se encuentra ubicado en lo que fuera la capilla del convento de las dominicas de Colmar.

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El retablo completamente abierto está integrado por varias secciones. Mientras al centro muestra las esculturas de Nicolas de Haguenau, sus paneles laterales contienen dos pinturas alusivas precisamente a San Antonio, a quién la obra fuera consagrada. A la derecha, la visita de San Antonio Abad, gran impulsor del movimiento eremita, a San Pablo el Ermitaño, en medio de un impresionante paisaje montañés. Una escena de apariencia serena a la que se opone, a la izquierda, la alucinante escenificación de Las tentaciones de San Antonio, con reminiscencias de Jerónimo Bosch (El Bosco), en la cual unos seres diabólicos de atroz deformidad, representativos del vicio, se avalanzan violentamente sobre el anciano anacoreta para perturbar su sano albedrío e inducirlo a la perdición.

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He aquí la  escalofriante escena, en la cual se mezcla lo atroz con lo disparatado e incluso un tanto cómico, por ejemplo en el detalle del diablo que agarra de sus blancos cabellos al santo y anciano varón.  Desde lo alto Dios contempla la escena, al parecer imperturbable.

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En el zócalo del retablo abierto se pueden ver las figuras, también esculpidas por Haguenau, de Jesús rodeado por sus discípulos.

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Ahora, para que esta entrada no se alargue más allá de lo aconsejable, propongo dejar el examen de las demás vistas de este magnífico retablo, para una segunda parte.

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