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He leído alrededor de sesenta páginas de la novela de Muriel Barbery, y parece promisoria, no quizás como gran literatura pero sí como relato fluido al que dan vida unos personajes bastante originales en una trama que tiene connotaciones livianamente filosóficas. La portera de un elegante edificio, que ha leído a Descartes y a Kant y es crítica de la fenomenología de Husserl. Una niña de doce años, intelectualmente precoz y decididamente nihilista, que espera el día de su cumpleaños, en el que ha de suicidarse, seleccionando pensamientos profundos. Su madre es una profesora de literatura que se deleita citando a Flaubert y a Proust sin que venga mucho al caso. Algo más estereotipada es la figura del padre, un burgués exitoso, venerable ministro de la república, cuyo mayor deleite es ver los partidos de rugby por la televisión, apoltronado en su sofá mientra consume cerveza sin mucha medida. Las gatunas mascotas familiares se llaman Parlamento y Constitución, lo que no es señal de que desprecien a tales instituciones sino más bien de la alta estima que tienen por sus gatos.

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Una de las ideas profundos de Paloma, que así se llama la niña, se desarrolla a partir de lo que oye decir a un invitado de su padre: “Los que saben hacer las cosas, las hacen; los que no saben, enseñan a hacerlas; los que no saben enseñar, enseñan a los enseñan; y los que no saben enseñar a los que enseñan, se meten a la política”. La verdad es que esto no es tan original. Pero lo importante, nos dice la joven candidata a suicida, es no sacar conclusiones equivocadas de dicho postulado.  Lo que se quiere decir con él no es, como podría pensarse y fundamentarse a primera vista sin tanta dificultad, no es que quienes nos gobiernan, esto es, los políticos, sean unos incompetentes. Por el contrario, afirma Paloma: si los políticos – y todos quienes se ubican en lo más alto de la escala social – fueran verdaderamente incompetentes, el mundo marcharía mucho mejor de lo que marcha.

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Los que no saben hacer ni saben enseñar a hacer se dedican a la política por que tienen, a juicio de Paloma, la competencia más importante para la vida en sociedad. La de hablar con convicción: “los hombres viven en un mundo donde lo que tiene poder son las palabras y no los actos, donde la competencia esencial es el dominio del lenguaje”. Terrible resulta que quienes verdaderamente saben hacer las cosas, esto es, los más hábiles. terminen siempre dejándose engañar por los que tienen más facilidad de palabra. En ello ve Paloma “un terrible agravio a nuestra naturaleza animal, una suerte de perversion, de contradicción profunda”: que dirijan el mundo quienes saben hacer buen uso de la lengua pero que serían incapaces hasta de “defender su huerto, traer un conejo para la cena y  procrear como es debido”.  

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Sin mayores comentarios. Les recuerdo eso sí que por muy inteligente que parezca Paloma, sólo tiene doce años y es tal vez demasiado nihilista.

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