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De acuerdo con lo prometido, aquí va el resto de lo que tengo por ahora sobre el retablo de Isenheim, con pintura de Matthias Grünewald y tallado de Nicolas de Haguenau. Su análisis exhaustivo da con creces para un libro voluminoso.

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Admiramos ya el aspecto del retablo completamente abierto,  las figuras talladas al centro y abajo, los paneles laterales pintados con escenas de la vida de San Antonio Abad, a la izquierda con el encuentro con Pablo el Ermitaño y a la derecha las Tentaciones. Estas pinturas tienen muchos detalles, por lo cual es de rigor pulsar sobre ellas para tener acceso a una ampliación más reveladora de los detalles.

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Ahora nos acercamos a la segunda vista del retablo, la que presenta cuanda sus alas exteriores se abren. La crucificción es el motivo central.

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Esta parte de retablo es buen ejemplo del expresionismo que suele darse con mucha fuerza en algunas  pinturas del renacimiento temprano alemán, influido por el arte gótico. Está también presente en algunas pesadillezcas visiones de Jeronimus Bosch. Aquí se revela tanto en los rasgos corporales, en los gestos faciales, en las manos que se retuercen en ademanes dolorosos o desesperados,  como también en el colorido dominado por el rojo y el gris que deriva hacia el negro. Esto es particularmente notable en los paneles centrales dedicados a la crucificción: los personajes todos aparecen trágicamente desfigurados, desde el cuerpo sangriento de Cristo, las manos crispadas, el rostro expresivo del mayor abatimiento; la Virgen doliente confortada por el apóstol Juan; María Magdalena con las manos agarrotadas en ademán de oración. A la derecha, Juan el Bautista señala hacia el Salvador: grabadas sobre la tela se leen, en latín, las palabras evangélicas: “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

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Sin embargo, el cordero con la cruz, a los pies de Juan el Bautista, remite a la revelación intemporal y trascendente que ha de prevalecer.  El carácter sombrío de esta parte central del retablo cerrado se prolonga en la predela con la figura del cuerpo muerto de Jesús.  

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En los paneles laterales se muestran las figuras de san Sebastián y San Antonio.

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En su panel intermedio, que aparece cuando las alas exteriores del retablo se despliegan, éste se abre a la luz.

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A la izquierda, la Anunciación. Al centro, un ángel músico celebra la maternidad de María. A la izquierda, la esplendente Resurrección, que contrasta con la imagen de la muerte que se mantiene en la predela del retablo. Aquí es todo alegría, gozoso deslumbramiento en que la tierra y el cielo se toman de la mano,  la inmanencia mortal se vuelve trascendente gloria eterna. Es ésta, a no dudarlo, la apoteosis del retablo, por mucho que un nuevo despliegue de sus alas dé lugar a una tercera vista con las figuras talladas y las imágenes de la vida de San Antonio que examinamos al principio.

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Las explicaciones sobran. Aquí impera la imagen, que habla por sí sola.

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Ya les dije que este retablo tiene material para un libro completo. Por cierto que faltan detalles que analizar y referencias que hacer para tener una visión todavía más completa de esta obra incomparable del Renacimiento alemán. Les recuerdo, con todo, que mi objeto principal era el de permitir que mis amigos perdidos en Colmar a unos metros de, que se perdieran por unos metros el acceso directo a estas maravillas, pudieran tener una compensación. Creo que ese objetivo se ha cumplido, también con respecto al resto de los lectores de este blog.

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Por si fuera poco, les doy un dato adicional. Paul Hindemith, músico alemán del siglo pasado, compuso su ópera Matthis der Maler como homenaje al pintor del retablo. Existe una bella sinfonía, compuesta por el mismo Hindemith con material de la ópera.

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