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A mediados del siglo XX, tuvo lugar un acontecimiento arqueológico verdaderamente espectacular para los efectos de los estudios que tienen lugar en el ámbito de la historia de las religiones. Ello ocurrió en 1945, en la región de Nag Hammadi, en el Alto Egipto, cuando unos campesinos que andaban a la búsqueda de nitratos naturales usados como fertilizantes, hallaron en los riscos de Jabal-al-Tarif, una jarra de cerámica cuidadosamente sellada que contenía, según verificaron después de romperla, no un genio maligno como temían ni un tesoro de oro y piedras preciosas como esperaban, sino nada menos que trece libros cuidadosamente encuadernados y envueltos en piel, con hojas de papiro escritas en un idioma para ellos desconocido.

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Riscos de Jabal-al-Tarif

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Después de recorrer un largo camino por varios países y burocracias, que en lo que se refiere a la mayoría, se prolongó por más de un decenio, los libros llegaron por fin a manos de los especialistas que pudieron determinar su contenido: varias decenas de escritos gnósticos en copto, idioma éste resultante de la mezcla de la antigua lengua de los egipcios con el griego de la época helenística. Se trataba, en verdad, en su mayor parte, de traducciones realizadas en la primera mitad del siglo IV sobre textos griegos bastante anteriores, los más antiguos tal vez de mediados del siglo II. Probado quedó que el descubrimiento era de una importancia sólo comparable a la de los rollos esenios hallados en las cuevas de Qumrán cercanas al Mar Muerto.

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El gnosticismo, que se desplegó con bastante éxito por el mundo civilizado entre los siglos I y IV, es una religión sincrética que capta, entre otros, elementos paganos, helenistas, judíos y cristianos, para integrarlos en las diversas variantes del movimiento, que, sobre todo en su variante maniquea, rivalizó seriamente con el cristianismo ortodoxo en su intento por marcar con su huella dominante el futuro de la humanidad. De ahí, la actividad desplegada por el cristianismo eclesiástico de entonces para desacreditar las doctrinas y creencias de la gnosis, que tiene su más importante expresión literaria en los escritos de algunos Padres de la Iglesia que, como Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría, Hipólito de Salamina y Epifanio de Salamina, dedicaron sus esfuerzos a dar a conocer el gnosticismo con miras a certificar su carácter heterodoxo y facilitar su refutación. De paso, no es posible a este respecto silenciar el hecho de que, a la luz que proyectan los códices de Nag Hammadi, la confiabilidad de sus informaciones ha salido fortalecida por los descubrimientos. En efecto, los especialistas en la historia de las religiones parecen concordar en que el carácter impugnatorio y polémico de estas obras patrísticas no afectó, en términos generales, a la corrección y objetividad de los comentarios y testimonios  sobre la gnosis incluidos en ellas.

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Códices de Nag Hammadi

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Como lo prueban las muchísimas e importantes publicaciones realizadas con fundamento en las obras que componen esta considerable biblioteca, su hallazgo ha venido a dar un impulso muy poderoso tanto a los estudios concernientes al gnosticismo, al judaísmo y al cristianismo primitivo. Por cierto que son también relevantes para profundizar en el ambiente cultural en que fueron  manuscritos  estos   volúmenes,  geográficamente inmediato al poderoso desarrollo que tuvo en Egipto el movimiento eremítico. Resultan asimismo de interés, como en su momento quisiera mostrarlo, para los efectos de determinar el origen de los movimientos místicos judíos, cristianos y musulmanes, parte importante de los cuales se fundamenta en una teología relativamente cercana a la que hicieron suya los gnósticos.

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Pero ahora viene lo verdaderamente importante. Es que todo el contenido de la denominada Biblioteca de Nag Hammadi llegó de pronto a mis manos, hace unos cuantos años atrás, por obra gratuita de una insondable providencia. Los más de cuarenta tratados distribuidos en los trece códices, en su primera traducción al español, producida e impresa bajo la conducción del académico español Antonio Piñero por la Editorial Trotta de Madrid entre 1997 y 2007. Tres volúmenes que hacen en total cerca de mil quinientas páginas. El primero dedicado a los Tratados filosóficos y cosmológicos, el segundo a los Evangelios, Hechos y Cartas, y el tercero a los Apocalipsis (o Revelaciones) y otros escritos.

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Por si fuera poco, recibí en esa misma ocasión, con el mismo carácter de don providencial, el conocido libro del filósofo alemán Hans Jonas sobre La religión gnóstica (Siruela, 2000), junto con dos de las obras de Carl Gustav Jung más cercanas a la gnosis, como son Psicología y Alquimia y Mysterium Coniuctionis (Trotta, 2005 y 2002), además de otros libros importantes, predominantemente del ámbito de la mística, la poesía, la filosofía y la psicología. Bueno, la verdad es que, si operó la Providencia en este caso, lo hizo por intermedio de un dilecto compañero de aventuras poéticas que probablemente se transforme uno de estos días en colaborador de Todo el oro del mundo. Enorme fue en este caso su generosidad.

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Mi biblioteca sobre la materia, que se reducía básicamente a dos tomos de La gnosis eterna, antología de textos griegos, latinos y coptos, preparada por Francisco García Bazán, también para la nunca bien ponderada editorial Trotta (2003), se veía, por lo tanto, notablemente incrementada, y me impulsaba a profundizar la ruta que ya había empezado a caminar con anterioridad, complementaria por lo demás de mis incursiones en el campo de la mística e impulsora de mi quehacer poético. Lo cual terminaría por afectar el destino de este blog, como está decididamente empezando a ocurrir cuando recién cumple dos meses de existencia.

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Pues ocurre que he decidido dejar constancia en las páginas de este medio de mi recorrido por el gnosticismo y sus textos más dignos de ser puestos de relieve. No faltan entre ellos los pasajes que reflejan con notable belleza literaria una doctrina valiosa y parecen fruto de una honda y genuina espiritualidad. Varios de los que hasta el presente he examinado no resultan incompatibles, a mi juicio, ni con el cristianismo ni con cualquiera otra religión.  .

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Cruz gnóstica

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En el próximo artículo  voy a referirme a los elementos que están en el meollo de las distintas variantes de la religión gnóstica, uno de los cuales es ciertamente la creencia en la chispa o centella de origen divino que habita en el hombre, sometida a las limitaciones que impone la oscuridad del mundo. Esta chispa de luz espiritual, caída en desgracia, debe ser rescatada, lo que determina al Padre Supremo a comprometerse en la aventura de la Salvación y a enviar al mundo a un Mensajero de la Luz, cuya obra será coronada en definitiva por la restitución de las chispas perdidas al ámbito divino y por la devolución al hombre de su condición divina primordial. 

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