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No es fácil caracterizar al movimiento gnóstico en su conjunto, pues son muchas las variantes y modulaciones con que expresan algunas de sus creencias, doctrinas y mitos, incluso los más generalmente compartidos. Esto debe necesariamente tenerse en consideración para los efectos de juzgar mi intento de trazar un panorama comprehensivo.

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La oposición entre la luz y las tinieblas es uno de los motivos conductores, que se expresa en ocasiones en la forma de unas potencias fundamentales – las del Bien y del Mal – que se enfrentan como principios espirituales irreconciliables desde antes de la creación del universo.

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Dios, el Padre, el Rey de la Luz, el indecible en bondad, en bien y en belleza, por decirlo en términos humanos, suele encontrarse muy lejano y ajeno a toda sustancia cósmica, inmerso en su eterna e inabarcable armonía. Las potencias derivadas o emanaciones divinas – entre las cuales suelen encontrarse el Intelecto, la Sabiduría, el Verbo (Logos) supremos o el mismo Hombre primordial- se extasían en el conocimiento contemplativo de Dios. Tal es el ámbito del Bien, un entorno “de mansedumbre sin rebelión, -…- de rectitud sin turbulencias, -…- de vida eterna sin decadencia y muerte”.

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En el de las tinieblas, por el contrario, las potencias y elementos que lo conforman libran entre sí una lucha incesante. Es que la Oscuridad está dividida contra sí misma, “el árbol contra sus frutos y los frutos contra el árbol”. La belicosa oposición y la amargura son inherentes a ella, que no conoce la quietud. Impera el ruido y es desconocida la palabra. Está “lleno de un fuego devorador, -…- de falsedad y engaño, -…- de constantes turbulencias”; en él “las cosas  buenas perecen y los planes se reducen a la nada”. Todo es ilusión y empecinamiento sin sentido en una pesadilla paranoica de eterno conflicto. Es esta una esfera del todo alejada de Dios el Padre de Bondad.

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Pero ocurre que una potencia del mundo de la Luz – que suele ser personalizada como Sophia, la Sabiduría – de pronto se desvía de su curso, es en su extravío presa de la curiosidad, siendo por tal motivo conocida de la Oscuridad,  cuyos poderes,  normalmente en estado de guerra interna, se alían para seducir al eón divino y atraparlo. Esto último no lo consiguen, aunque sí logran quedarse con unas chispas del espíritu supremo, olvidadas por aquél en su huída, que al fin quedan apresadas en la cárcel del cuerpo de los hombre, en lo más recóndito de sus almas, de sus mentes.

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La cara humana del Salvador

Recluidas en su prisión mundana las chispas divinas del espíritu se ven forzadas a participar en hechos indignos de su condición. “El espíritu sumido en el alma y en la carne no es siquiera consciente de sí mismo, y vive entumecido, dormido o intoxicado por el veneno del mundo”. Subsiste invulnerable, aunque acosado permanentemente por la oscuridad que quisiera someterla en forma definitiva. Frente a este espectáculo infamante, no puede Dios sino conmoverse y comprometerse en la aventura del rescate, de la salvación. Lo que hace enviando a su Hijo, extranjero en la tierra de los hombres, a restituir a su ámbito original las chispas de la luz perdida, como Mensajero de la Luz. Una vez logrado su objetivo, quedará liberado el espíritu del hombre, que recobrará su estatura de Hombre primordial, semejante a Dios.

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Sin duda que está emparentada con la centella del alma que en la doctrina teológica del maestro Eckhart (1260-c. 1328) equivale a la presencia de Dios en la ciudadela del alma como chispa espiritual, no sujeta a las exigencias materiales, libre de las ataduras del intelecto y de la voluntad.

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Meister Eckhart

A ella se refiere el maestro místico alemán diciendo que “fue creada por Dios como una luz impresa desde arriba, como imagen de la naturaleza divina que en todo momento está luchando contra todo cuanto no es divino y siempre es propensa a lo bueno”.

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Como también con la lumen naturae (luz de la naturaleza) a que se refiere el filósofo y alquimista belga Gerhard Dorn (1530-1584) en su Philosophia meditativa: “¿Qué clase de locura os ciega? Pues es en vosotros y no fuera de vosotros donde está todo lo que buscáis -…- Suele ser una mala costumbre del vulgo despreciar lo propio y desear siempre sólo lo ajeno -…- Pues en nosotros luce oscuramente una vida que es, por así decir, una luz para los hombres en las tinieblas, que no ha de buscarse saliendo de nosotros sino en nosotros, aunque no procede de nosotros, sino de Aquél que se digna hacer también en nosotros su morada -…- Él ha plantado esa luz en nosotros para que veamos la luz con la luz de Aquél que habita en una luz inaccesible. Con ello somos también distinguidos sobre  todas las criaturas. Al darnos una centella de su luz nos ha hecho verdaderamente semejantes a él. Por ello, la verdad no debe buscarse en nosotros sino en la imagen de Dios que está en nosotros”.

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¿No nos dice una voz silenciosa, la más profunda en nuestro interior, que en estas ideas se halla una inmensa verdad?
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