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Por qué será que de los amigos y conocidos con que uno se encuentra, la mayoría suele estar con frecuencia no más que “más o menos” o “aquí estamos”. Algunos de los pocos que dicen estar bien, parecen decirlo sin mucha convicción, con desgano, como escondiendo el miedo a reconocer los problemas o motivos de infelicidad que los conmueven. Digo preocupaciones “o” problemas, por cuanto, como es sabido, uno puede tener una gran preocupación o estar severamente perturbado sin estar aquejado de problema alguno; como también sucede que esté un hombre asediado por las calamidades, sin estar por ello mayormente preocupado ni menos perturbado o afectado en su paz y en su serena alegría. Este último es el estoico, el discípulo de Séneca, el que siempre responde, sinceramente, que se encuentra bien, el imperturbable.

Rubens

Porque en la ciencia de tener problemas sin verse afectado, o lo que es lo mismo, de estar rodeado de problemas sin perder la paz o dejar de ser feliz, Séneca es sin duda uno de los grandes maestros. En esa magnífica pieza de sabiduría estoica que es la “epístola a Sereno sobre la tranquilidad del alma” (ad Serenum de tranquilitate anima), el filósofo latino identifica con precisión el anhelo de su destinatario, aunque dándole de partida claros indicios acerca de la dificultad de hacerlo realidad:

Lo que tú deseas – Sereno – es algo verdaderamente grande y sublime y digno de los dioses, no verte perturbado,

lo que dicho con la elegancia y sobriedad de la lengua latina  es

Quod desideras autem magnum et summum est deoque vicinum,non concuti.

Y continúa recordando que a esta  condición del espíritu, que los griegos denominaron ‘ευθυμία’ (euthymia)  el prefiere llamarla tranquilidad (‘tranquilitas’), en la cual buscamos “cómo podrá el alma caminar siempre a paso igual y próspero, cómo estárá en paz consigo misma y mirar sus cosas con alegría; y que este gozo no se interrumpa, sino que persevere en estado plácido, sin desvanecerse y sin abatirse; esto será – nos dice Séneca – la tranquilidad”.

A quien no haya aprendido esta ciencia, yo no se la enseñaré. En primer lugar, por cuanto, aunque en ella  me he esforzado,  todavía no la alcanzo del todo. He tenido atisbos de ella cuando en alguna ocasión he logrado relegar un problema en principio ‘perturbador’ a su momento relativo, esto es, a su apariencia en el tiempo y el espacio, sin que contamine la esencia de mi vida. Para el que quiera alcanzarla, le recomiendo partir por el evangelio y las cartas de Juan y seguir con la epístola ‘ad Serenum’.

Mientras dura el período de aprendizaje, que puede tomarte el resto de la vida, ten siempre a mano un ejemplar de las obras de Séneca en que se encuentre esta obra de sapiencia, la epístola a Sereno.

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