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Les recuerdo que éste es el sexto artículo de una serie dedicada al gnosticismo antiguo, tendencia religiosa que alcanzó bastante importancia en los primeros siglos del cristianismo, y que incluso se integró en él durante algún tiempo. Estos artículos preceden a otra serie que estará dedicada al Evangelio y las Cartas de San Juan.

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Después de explicar el tema de la Llamada de la trascendencia en el gnosticismo y de dar algunos ejemplos sacados de los textos, dedicaré este artículo a tratar brevemente de las formas que asume la respuesta que da el hombre a la llamada salvadora:

La Vida es la que llama al hombre a despertar. Podríamos decir, con Juan, el más gnóstico de los evangelistas, que son  “el camino, la verdad y la vida” (14:6) que,  personificados en el Salvador, que es “la luz del mundo” (8,6), llaman a la creatura humana a que se levante del sueño de muerte en que está sumido. La reacción del hombre no es siempre la misma.

Puede ser una de terror cuando,  luego de estar sumido profundamente en las ilusiones y mentiras de la vida, se apercibe  de su triste situación. Su primera respuesta puede incluso tener el carácter de  un lamento en contra del mismo creador:

“Ay, maldito sea el que dio forma  a mi cuerpo, el que puso grilletes a mi alma, los rebeldes que me esclavizaron”.

Aunque hay que tener presente,  para entender debidamente esta queja tan tremenda, según aparece expresada en algunos textos,  que su maldición no va dirigida propiamente contra el Dios Padre supracósmico, que  suele, en el gnosticismo, no estar comprometido con la creación del mundo y del  hombre, obras de la potencia inferior del demiurgo imperfecto, el “príncipe de  este mundo”.

También puede haber una reacción  de miedo si la llamada salvadora es mensaje de muerte terrenal, exigencia que  se formula al alma a dejar su cuerpo y abandonar para siempre las cosas del  mundo a que se encuentra apegada. Este tipo de respuesta obliga a insistir a la  voz que lo llama:

“Guarda silencio -..- Levanta,  levanta, adora la gran Vida y sométete, que la Vida pueda ser tu salvadora y que  asciendas y contemples el lugar de la luz”.

No obstante, casi nunca la  respuesta es problemática. Quien acoge la luz del conocimiento es capaz de  comprender. Pues, como dice el Evangelio de la Verdad (22: 3-15), “si una  persona está en posesión de la Gnosis, es un ser de las alturas. Si es llamado:  escucha, contesta y se vuelve hacia Quien le llama, para ascender de nuevo a  Él. Y conoce la forma en que es llamada. Estando en posesión de la Gnosis,  cumple con la voluntad de Aquel que le ha llamado. Desea hacer lo que agrada a  Éste, y recibe reposo. -…- Aquel que posee la Gnosis, conoce el lugar del que  vino y el lugar a que se dirige”. “¡Felicidad – entonces – para el hombre que  se ha redescubierto a sí mismo y ha despertado!” (30, 13 s.)

La respuesta del hombre iluminado  es de fe, de conocimiento y de verdad. Pero también es de amor: “Todos aman la Verdad, porque la  Verdad es la Boca del Padre; su Lengua es el Espíritu Santo”. Por lo cual, la tríada gnóstica –  fe, conocimiento, verdad – no es a fin de cuentas significativamente distinta a la que define el apóstol Pablo en 1 Cor 13:13 – fe, esperanza y caridad -, que reemplaza al conocimiento. implícito en todo caso, por una mención explícita al amor.

Transcribo a continuación tres ejemplos de poesía de los gnósticos mandeos en el que se expresa bellamente la aceptación del mensaje, la conversión por el conocimiento y el renacer a la vida verdadera:

“El día en que te contemplamos,
el día en que escuchamos tu palabra,
nuestros corazones se llenaron de paz.
Creímos en tí, oh Bondadoso,
contemplamos tu luz y no te olvidaremos.
En todos los días no te olvidaremos,
ni una sola hora dejarás de estar en nuestros corazones.
Porque nuestros corazones no conocerán la ceguera,
estas almas no serán retenidas”.

“Del lugar de la luz partí,
de tu lado, brillante morada -…-
Un ángel me acompañó desde la casa.
El ángel de la casa de la gran vida que me acompañó
sostenía una vara de agua viva en su mano.
La vara que sostenía en su mano
estaba llena de hojas excelentes.
Me ofreció de sus hojas,
y oraciones y ritos brotaron enteros de esta vara.
De nuevo me ofreció de sus hojas,
y mi enfermo corazón halló alivio
y mi alma extraña halló consuelo.
Una tercera vez se me ofreció de estas hojas,
y obligó a los ojos de mi cara a mirar a lo alto
para que pudiera contemplar a mi Padre y le conociera.
A mi Padre contemplé y conocí,
y le dirigí tres ruegos.
Le pedí la mansedumbre que no se rebela.
Le pedí un corazón fuerte
para soportar lo grande y lo pequeño.
Le pedí suaves senderos
para ascender y contemplar el lugar de la luz”.

“El día en que comencé a amar a la Vida,
el día en que mi corazón empezó a amar la Verdad,
dejé de confiar en todas las cosas del mundo.
En padre y en madre
no confío en el mundo.
En hermanos y hermanas
no confío en el mundo -…-
En lo que ha sido hecho y creado
no confío en el mundo.
Sólo mi alma busco,
y es ésta más preciosa que mundos y generaciones.
Fui y encontré mi alma,
¿qué valen para mí todos los mundos? -…-
Fui y encontré la Verdad
que se levanta en el extremo de los mundos”.

Menor no puede ser el agradecimiento humano, si la esperanza es nada que la de transformarse en un Hijo de la Luz:

William Blake, El Sol en la Puerta de Oriente

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En un Hombre que ha recuperado su plena semejanza con Dios.

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Las citas, nuevamente del libro de Hans Jonas “La religión gnóstica – El mensaje del Dios Extraño” (Siruela, 2000).  La imagen es de http://wikipaintings.org .