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Ayer debimos celebrar el descubrimiento de América. El descubrimiento de América por europeos en los tiempos modernos, habría que agregar, pues, como es sabido, hay indicios bastante ciertos de la presencia en costas americanas de navegantes nórdicos (vikingos) con mucha anterioridad.  Claro, para los efectos civilizatorios, la trascendencia de la hazaña de Cristóbal Colón es incalculablemente mayor, y el continente con que se encontró -pensando que llegaba a las Indias- debió en justicia llamarse Colombia y no América. Los efectos civilizatorios nosotros los vivimos, sobre todo en Chile, pues somos hijos más de la cultura europea que de la aborigen, muy respetable y apreciable por cierto pero entre nosotros un tanto pobre, en relación con la imperante entre los incas, los mayas o los aztecas de otras latitudes.

Auxiliado por Salvador de Madariaga, que celebró apropiadamente al Almirante  en su “Vida del Muy Magnífico Señor Don Cristóbal Colón” (Sudamericana, Buenos Aires, 1944), intento rememorar el momento extremadamente emocionante.

Primero, la incierta visión de una luces, una horas antes de la medianoche. “Otra efímera ilusión quizá. Siguió pasando el tiempo. Siguió fluyendo el agua, lamiendo los flancos hinchados de las naos”. Y de pronto, se alza en La Pinta la bandera.  “Dos horas después de medianoche, un marinero que el diario llama Rodrigo de Triana pero cuyo verdadero nombre parece haber sido Juan Rodríguez Bermejo, había visto tierra desde la proa”. Un rato después, su entorno ya más tranquilo, Colón sueña despierto: “al fin y al cabo era él quien tenía razón. En aquella hora de triunfo, debió parecerle algo extraño y hasta increíble. El resorte que tan obstinadamente había mantenido tenso durante años frente al escepticismo ambiente, cesó de funcionar. Su alma se relajó por primera vez en diez años.”

“¿Estaría soñando? ¿Sería esta la tierra que el Señor le había prometido, la Tierra Prometida? Tenso silencio. Los marineros bebían la mezcla embriagadora de lo seguro, lo extraño y lo increíble. Con el alma en los ojos, no pensaban en hablar. La tierra a su vez estaba silenciosa, quizá dormida todavía, sorprendida en su lecho virginal por aquellos intrusos. Las carabelas se iban insinuando en caleta sobre una agua sedosa que la luz matinal transfiguraba en líquida esmeralda. La tierra estaba quieta, viviendo su ensueño matinal como lo había hecho durante tantos siglos, en bendita ignoranci de lo que significaba aquella mañana fatal que cerraba para siempre una era de paz en los jardines de su alma. Las carabelas se iban acercando a la costa; quebradas, manigua, troncos de árboles extraños, roce de alas de pájaros que se asustan -…- La isla comenzaba a entregarse a los intrusos, todavía medio dormida, medio en sueños. Gritó un papagayo, un puñado de hombres ligeros y desnudos bajó corriendo hacia la arena y se quedó parado en asombró ante las velas fantásticas. En el ensueño de la isla se había desvanecido para siempre”.

Dalí (wikipaintings.org)

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Yo tenía planificado un artículo sobre el Descubrimiento para el 12. Se me olvidó por dos circunstancias. Primera, este uso nefasto de mover las fiestas que deberían celebrarse o al menos recordarse a mitad de la semana a un lunes en que nada se celebra y nada se recuerda, porque n0 corresponde.

También contribuyó a que me olvidara de la efeméride una invitación que ayer en la tarde tuvo para asistir a la representación de la Historia del Soldado, de Igor Stravinsky, por un actor -Bastián Bodenhöffer- una bailarina y un grupo de músicos dirigido por Cristián Errandonea.  A mí el espectáculo me pareció magnífico. Lástima que una sala para cerca de mil personas no estuviera ocupada ni siquiera en su tercera parte.  Deleitosa velada en todo caso, coronada por una comida en la Pizza Nostra.

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