Un tema que me obsesiona, el de las urgencias sin sentido, que cada vez se hacen más presentes en nuestras vidas. La reacción debe ser de rebeldía, la sabia rebeldía de apurarse lentamente. Hasten slowly. Festina lente.

Los hombres andamos como nunca de urgidos. Corremos de ida y de vuelta, en la mayoría de los casos sin mucho sentido. ¿Es normal que nos afanemos así de apurados? Mañana, tarde y noche, a toda hora, a pie o en bicicleta, en auto o en moto o en silla de ruedas, está el mundo apresurado por llegar a alguna parte. Niños en el colegio. Un negrero en la oficina. Un reloj que marca imperturbable la llegada y la salida. La importancia que asigno a mi función, profesión o trabajo. La ilusión de que todo depende de mi prisa: mi fortuna y la suerte de mi casa, el destino de la empresa o del oficio a que estoy encadenado. Hasta el futuro del país, en alguna medida. Si no somos capaces de correr lo suficiente, está a mano la taza de café o el cigarrillo o el energitizante, y a su lado el ansiolítico y/o el antidepresivo. El reloj se multiplica: en la mano, en el bolsillo, en el teléfono, en la radio o en la televisión. En la calle, en la casa, en la oficina. El reloj es nuestro guía. El reloj nos manda. El reloj nos esclaviza. Le rendimos pleitesía. Corremos de idea y de vuelta. La mayoría de las veces sin sentido.

Otro síntoma claro de locura. De cómo pelamos la papa. Y peinamos la muñeca. Como siervos de Cronos, con relojes en el alma.

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“Tengo la impresión de que andamos tan acelerados  que ni siquiera tenemos tiempo de mirarnos unos a otros y sonreírnos.”

Teresa de Calcuta

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“Si consideras el vigor y la riqueza expresiva encapsulada en tan pocas palabras – festina lente -tan fecundas, tan serias, tan útiles, tan ampliamente aplicables a todas las situaciones de la vida, fácilmente consentirás en que entre tantos proverbios no hay ningún otro más merecedor de ser inscrito en toda columna, de ser copiado sobre la entrada de todos los templos (¡y en letras de oro!), pintado en las grandes puertas de las cortes de los príncipes, grabado en los anillos de los prelados y representado en los cetros de los reyes.”

Erasmo de Rotterdam

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Este es el emblema original de Aldo Manucio (1449/50 – 6 de febrero de 1515), el humanista, editor y tipógrafo veneciano, famoso por su empeño en difundir los textos clásicos de la Antigüedad mediante la imprenta de tipos movibles inventada por Gutenberg unos decenios antes. Como la labor que realizaba era verdaderamente importante, pues de la pulcritud y fidelidad de ella dependía nada menos que el conocimiento de muchos autores antiguos por las generaciones futuras, entendió que le venía de perillas el lema que ilustran el ancla y el delfín. Que para trabajar con eficiencia, debía hacerlo con fina y amorosa y exquisita lentitud.

Los hombres han desarrollado el ingenio, a lo largo del tiempo, para imaginarse otras formas de expresar la misma idea:

la tortuga con las velas desplegadas,

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la mariposa refrenada por el cangrejo,

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la liebre y la caracola.

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“La prisa se opone a la ternura. No hay ternura apresurada -…- La prisa está unida a la violencia. El apresurado lo quiere todo ahora, y la violencia es el camino más corto. ¿Para que guardar las formas que siempre son lentas?”

José Antonio Marina

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“Cada vez son más las personas que se parecen al Conejo Blanco con el que se encontró Alicia en su viaje al País de las Maravillas. ‘Tengo mucha prisa, tengo mucha prisa’, anuncian como el conejo mirando el reloj a cuantos se topan con ellos en cualquier momento y lugar. Pero, ¿a dónde van? ¿Son más eficaces? ¿Son más dichosos? ¿Son de fiar los que padecen el síndrome constante de la urgencia?”

“Los jefes, en un porcentaje alarmante, no son los que saben mandar, prever, organizar, distribuir el trabajo, sino los que meten prisa. No resuelven, agobian.”

Este libro se ha hecho bastante famoso. Debería leerlo: 

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“La velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes… Viajamos constantemente por el carril rápido, cargados de emociones, de adrenalina, de estímulos, y eso hace que no tengamos nunca el tiempo y la tranquilidad que necesitamos para reflexionar y preguntarnos qué es lo realmente importante.”

Carl Honoré

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Acordémonos los hombres de nosotros mismos. No somos máquinas. Las máquinas se apresuran, pero son un instrumento al servicio del hombre. No compitamos con ellas. Con las tuercas, los circuitos, los pernos y los tornillos. Al revés de la máquina, tenemos unos campos que sembrar y cultivar y cosechar, dentro de nosotros mismos. La prisa hace al hombre olvidadizo de su condición. La prisa mata los cultivos.

Pound escribió un poema famoso denigrando a la usura. Podría ser parafraseado fácilmente, poniendo la prisa en vez de usura. Creo que no se resentiría. Pido permiso al bueno y grande de Ezra, como también al poeta chileno Armando Uribe, que lo tradujo:

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No por la prisa St. Trophine

No por la prisa St. Hillaire

La prisa oxida el buril

Oxida al arte y al artesano

Roe la fibra en el telar

Nadie aprende a urdir oro en su molde;

Azur tiene una úlcera por la prisa; carmesí no es encarnado

Esmeralda no encuentra ningún Memling

La prisa asesina al niño en el vientre

Impide el cortejo del joven

Trae apatía al lecho, yace

entre la novia y su joven novio

CONTRA NATURA

Han traído rameras para Eleusis

Cadáveres destínanse al banquete

al mando de la prisa

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