Son aladas las manos

y gustan los pies de alzar el vuelo.
No aman los ojos las fronteras
y el oído es un santuario.

Se han cansado las manos
de seguir su destino prefijado
de rutinas aprendidas de malos maestros.
Ansían un desvío a la aventura
y sueñan en lugares peligrosos
donde lucir sus alas.

Los pies están hastiados
de prestarse a estos pasos pequeños
por senda reiterada.
A las selvas oscuras no exploradas
quisieran escaparse
más allá de los caminos.

Son aladas las manos
y gustan los pies de alzar el vuelo.



Y los ojos también se desconsuelan

y penan con las pobres perspectivas
enfermas de mala luz.
Es que añoran el mar ilimitado
y el cielo promisorio de las islas
de especias añoradas.

Al oído bien dispuesto
para sones amigados
lo hiere el aullido de la bestia.
Ansía el regreso de la lira:
a Orfeo se imagina
restaurando el imperio del sonido.

No aman los ojos las fronteras
y el oído es un santuario.
Son aladas las manos
y gustan los pies de alzar el vuelo.

Tienen aliados comunes
y en conjunto preparan la revuelta.



Este poema pertenece al libro La hora violeta (Festina Lente, 2009).
Las imágenes son del artísta ruso Víctor Vasnetsov (1848-1926).



© Lino Althaner
2011

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