Algo de lo más importante está por ocurrir. Lo vamos a celebrar. ¿Pero que es lo que está por suceder? Tal vez conmemoraremos con una cena en familia, unos bellos ornamentos apropiados para la ocasión, un pino emperifollado o, mejor, un pesebre con el Niño, María y José, ángeles, pastores, magos venidos de oriente. Muchos animalitos que observan el acontecimento del nacimiento del Salvador. Quizás una música apropiada para la ocasión. Yo elegiría probablemente el maravilloso concierto fatto per la notte di Natale, de Arcangelo Corelli. Si le tomaramos el peso a lo que todo ello representa, sería verdaderamente una enormidad. Si estuviéramos conscientes de lo que este Nacimiento significa, tendríamos motivos para exultar de gozo de manera indefinida. Sobre ello tendríamos que meditar.

B.E. Murillo – Virgen y Niño – wikipaintings.org

Pero sucede algo todavía más significativo. Para ello, claro, tendremos que preparar un rincón muy humilde en nuestros corazones y allí disponer un pesebre. Entonces sí que ocurrirá un portento. No la sola celebración y conmemoración sino un hecho actual: nacerá el Niño Dios en el sancta sanctorum de nuestra intimidad. Al centro del amor y de la paz que le hemos preparado, allí él se instalará y no más lo podremos olvidar.

Pero habremos de mantener una rigurosa disciplina, si queremos que permanezca a nuestro lado. No molestarlo con el ruido, con las disputas, con las pequeñeces que suelen hacer nuestro diario quebranto. Si estamos seguros de que está con nosotros ¿no seremos capaces de mantener la calma, de sosegar la ira, de avivar la llama del amor?

En el siguiente villancico, Lope de Vega les pide a los ángeles que sujeten las ramas de las palmas de Belén, conmovidas por el viento, para que el Niño pueda dormir en su paz. Es la paz que tendremos que imponer a nuestras inquietudes y nuestros reclamos, al ruido sin sentido que se enseñorea de pronto de nosotros, hasta hacernos parecer enajenados. Si queremos no olvidarlo. Como los ángeles, aquietemos nuestras palmas.

Pues andáis en las palmas,
ángeles santos,
que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Palmas de Belén
que mueven airados
los furiosos vientos
que suenan tanto;
no le hagáis ruido,
corred más paso.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

El Niño divino
que está cansado
de llorar en la tierra
por su descanso,
sosegaros quiere un poco
del tierno llanto.
Que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

Rigurosos hielos
le están cercando;

ya veis que no tengo
con qué guardarlo.

Ángeles divinos
que vais volando,

que se duerme mi Niño,
tened los ramos.

¿Está claro?

A este villancico lo conozco en tres versiones musicalizadas. Una es la española, flamenca, que interpretada por el cantante español Fernando Terremoto, suena digna de su apellido. Muy emotiva, en todo caso, y auténtica. 

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La segunda es de  la madurez de Johannes Brahms (opus 91, número 2), una obra maestra de este músico, basada en una adaptación de Lope por el poeta alemán Emanuel von Geibel.

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Hay todavía otra musicalización de este villancico, por el músico alemán Hugo Wolf.

Si no olvidamos a Corelli y a tantos otros músicos, muchos de ellos anónimos, que han creado música bella para la Navidad, tendremos desde ya la posibilidad de crear un ambiente sonoro propicio para que Jesús que está naciendo pueda reposar. Sin petardos ni gritos ni cumbias. En el pesebre que le hemos preparado, en el muy humilde establo de nuestros corazones. Para protegerlo de los hielos, que lo están cercando, que baste con el fuego que lo está esperando.

Les recuerdo otro detalle, de lo más importante. Las fiestas del Año Nuevo complementan las de la Navidad. Tomemos las medidas para que así sea.

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TODO EL ORO DEL MUNDO

LES DESEA

UNA

FELIZ NAVIDAD

© Lino Althaner
2014