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Ulises escucha el canto de las sirenas pero no se rinde a ellos. Ni permite que los suyos se pierdan. Para ello el astuto ha sellado sus oídos con cera de abejas. Y él mismo se ha hecho atar fuertemente al navío con inexpugnables nudos, pues sabe de su humana flaqueza y no quiere sucumbir a la poderosa seducción que le dice que ya no se esfuerce más, que cese su viaje, que descanse en la ilusión y se detenga.

JoUhn William Waterhouse – Ulises y las sirenas (1891) – wikipaintings.org


Entretanto la sólida nave en su curso ligero

se enfrentó a las Sirenas: un soplo feliz la impelía,
más de pronto cesó aquella brisa, una calma profunda
se sintió alrededor: algún dios alisaba las olas.
Levantáronse entonces mis hombres, plegaron la vela,
la dejaron caer en el fondo del barco y, sentándose al remo,
blanqueaban de espumas el mar con las palas serenas.

Yo entretanto cogí el bronce agudo, corté un pan de cera
y partiéndolo en trozos pequeños, los fui pellizcando
con mi mano robusta: ablandáronse pronto, que eran
poderosos mis dedos y el fuego del sol de lo alto.
Uno a uno a mis hombres con ellos tapé los oídos
y, a su vez, a la nave me ataron de piernas y manos
en el mástil, derecho, con fuertes maromas y, luego,
a azotar con los remos volvieron el mar espumante.



Ya distaba la costa no más que el alcance de un grito
y la nave crucera volaba, mas bien percibieron
las Sirenas su paso y alzaron su canto sonoro:´
‘Llega acá, de los dánaos honor, gloriosísimo Ulises,
de tu marcha refrena el ardor para oír nuestro canto,
porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda
a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye.
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Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas:

los trabajos sabemos que allá por la Tróade y sus campos
de los dioses impuso el poder a troyanos y argivos
y aun aquello que ocurre doquier en la tierra fecunda’.

Tal decían exhalando dulcísima voz y en mi pecho
yo anhelaba escucharlas. Frunciendo mis cejas mandaba
a mis hombres soltar mi atadura; bogaban doblados
contra el remo y en pie Perímedes y Euríloco, echando
sobre mi nuevas cuerdas, forzaban cruelmente sus nudos.



Cuando al fin las dejamos atrás y no más se escuchaba

voz alguna o canción de Sirenas, mis fieles amigos 
se sacaron la cera que yo en sus oídos había
colocado al venir y libráronme a mi de mis lazos


Homero, Odisea XII, 166-200 (Gredos, Madrid 2000)

La pintura es de John William Waterhouse (1849-1917), pintor inglés asociado al neoclasicismo y luego al movimiento artístico prerrafaelita.


© 2012
Lino Althaner