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En las cumbres de la literatura universal, hallamos huellas de las búsquedas más sublimes que hayan ocupado al hombre en su paso misterioso y ambiguo por la tierra. Así, por ejemplo, de sus intentos por hallar y definir la esencia de lo femenino, para luego transitar hacia lo que parece en ello haber de sagrado, de místico, de metafísico. El poder que genera el encanto, capaz a su vez de movilizar las energías humanas en grandes obras y ejemplares acciones. Por cierto, todo no es color de rosa en este ámbito, que es también el medio de Eva, de Lilith, de la mujer fatal y destructiva cuya figura han trazado los poetas y novelistas y que puebla las inciertas páginas de la historia. Pero la aventura literaria que ahora ejemplificaremos es la que desarrolla en pos de la mujer luminosa y que culmina con el encuentro de la mujer divina, madre de los hombres y de Dios.

He elegido a tres de los más grandes: Dante Alighieri (1265-1321), Johann Wolfgang Goethe (1749-1832) y T.S. Eliot (1888-1965). A los conocedores de estos poetas no les será difícil, ciertamente, adivinar el lugar preciso de sus obras a que me dirijo. Pero no importa. Ya es un placer recordar sus versos. Otro es luego el de verlos impresos. Para después volver a leerlos, memorizarlos tal vez, repetirlos hasta la imposible saciedad  Y después leerlos, memorizarlos y repetirlos hasta la imposible saciedad.
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Dante conoce a Beatriz Portinari desde muy niña. Su encanto, su belleza, lo llenan de una admiración enamorada que nunca lo abandonará. Amor siempre lejano, siempre un tanto indefinido, amor más divino que humano y leal a toda prueba. Beatriz, que es la inspiradora de su primer libro, la Vida Nueva, muere a los veinticuatro años. Para Dante sigue viva. En la aventura de Dante que cuenta la Commedia, que es un símbolo sin duda del proceso del encuentro consigo mismo, Beatriz lo guía por difíciles caminos para enfrentarlo por fin al Empíreo, que es la morada de los bienaventurados. En el canto XXX del Paradiso, recuerda el poeta:

Desde el primer día que vi su rostro
en esta vida, hasta llegar a esta vista,
de continuar mi canto no me vi privado,

pero ahora es necesario que desista
de ir ya más tras su belleza, poetizando,
como al cabo de sus fuerzas todo artista.

(Dal primo giorno ch’io vidi il suo viso/ in questa vita, infino en questa vista,/ non m’è il seguire al mio cantar preciso, // ma or convien che mio seguir desista/ più dietro a sua bellezza, poetando,/ come all’ultimo suo ciascuno artista).
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A las puertas del cielo, debe abandonar a Beatriz. Pues a ambos los llama un amor más alto. Aunque todavía lo alcanza la mirada de Dante, cuanto este le dirige la plegaria contenida en los siguientes tercetos, en el canto XXXI:

‘¡Oh señora en quien vive mi esperanza
y que por mi salud sufriste en el infierno
tus pisadas dejando,

de tantas cosas que yo he visto,
de tu poder y de tu bondad
reconozco la virtud y la gracia.

Tú me trajiste de siervo a libertad
por todas esas vías, por todas las maneras
que para obrar tienes potestad.

Que tu magnificencia me custodie,
para que mi alma, que has hecho sana,

placiéndote a ti del cuerpo se desate.’

Así oré; y ella, tan lejana
como se veía, sonrió y miróme;
luego retornó a la fontana eterna.

(‘O donna in cui la mia speranza vige/  e che soffristi per la mia salute/  in inferno lasciar le tue vestige, // di tante cose quant’i’ ho vedute,/  dal tuo podere e da la tua bontate / riconosco la grazia e la virtute. // Tu m’hai di servo tratto a libertate/ per tutte quelle vie, per tutt’i modi/  che di ciò fare avei la potestate. // La tua magnificenza in me custodi,/  sì che l’anima mia, che fatt’hai sana,/ piacente a te dal corpo si disnodi’. // Così orai; e quella, sì lontana /  come parea, sorrise e riguardommi;/  poi si tornò a l’etterna fontana).
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Ya el Empíreo se muestra a los ojos estupefactos y alborozados del poeta, en la forma de una candida rosa. Y es ahora es Bernardo, el santo contemplativo y devoto de la Virgen, quien continúa la misión de guía que sirviera Beatriz, para mostrarle a Dante una realidad femenina aún más perfecta: es María, la Reina del Cielo, deslumbrante en su gloria, expresión de lo femenino como guía del hombre hacia el amor. A ella elevan los coros celestiales un monumental Ave Maria. A ella dirige Bernardo  -en el último canto del poema- un extasiado canto de alabanza, expresivo de enorme poesía, en el cual ruega también por el poeta:

‘Virgen Madre, hija de tu hijo,
humilde y alta más que otra criatura,
término fijo del consejo eterno,

tú eres quien la humana natura
ennobleció tanto, que su hacedor
no desdeñó hacerse su hechura.

En tu vientre se reencendió el amor,
a cuyo calor en la eterna paz
ha germinado así esta flor.

En ti misericordia, en ti piedad,
en ti magnificencia, en ti se aduna
cuanto en la criatura hay de bondad.

Ahora, este, que de la ínfima laguna
del universo hasta aquí ha visto
las vidas espirituales una a una,

te suplica, por gracia, de virtud
tanta, que pueda con los ojos alzarse
más alto hasta la última salud.

Aún más te ruego, reina, que puedes
lo que quieres, que conserves sanos,
luego de tanto ver, sus afectos.

Venza tu guardia las mociones humanas:
¡Mira a Beatriz con cuantos beatos
a favor de mis ruegos juntan las manos!’

Aquellos ojos de Dios amados y venerados,
fijos en el orador, demostraron
cuánto los ruegos devotos le son gratos.

(‘Vergine Madre, figlia del tuo figlio,/  umile e alta più che creatura,/  termine fisso d’etterno consiglio, // tu se’ colei che l’umana natura/  nobilitasti sì, che ‘l suo fattore/  non disdegnò di farsi sua fattura. // Nel ventre tuo si raccese l’amore,/  per lo cui caldo ne l’etterna pace/ così è germinato questo fiore. // … // In te misericordia, in te pietate,/ in te magnificenza, in te s’aduna/ quantunque in creatura è di bontate. // Or questi, che da l’infima lacuna/ de l’universo infin qui ha vedute/ le vite spiritali ad una ad una, // supplica a te, per grazia, di virtute/ tanto, che possa con li occhi levarsi/  più alto verso l’ultima salute. // … // Ancor ti priego, regina, che puoi/  ciò che tu vuoli, che conservi sani,/ dopo tanto veder, li affetti suoi. // Vinca tua guardia i movimenti umani:/  vedi Beatrice con quanti beati/  per li miei prieghi ti chiudon le mani!’).
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Luego viene, en excelso lenguaje, la visión de la divinidad en su inexpresable simplicidad y belleza. Las palabras le faltan al poeta, él mismo lo confiesa. Sin embargo, quizás nadie como él, como Dante Alighieri, nos ha ubicado tan cerca del centro supremo. El amor le ha ayudado a hacerlo. El amor de Beatriz, el amor de la Virgen,

el amor que mueve el sol y las estrellas

(l’amor che move il sole e l’altre stelle).

 Las imágenes corresponden a pinturas son de Dante Gabriel Rosetti: La primera, detalle de Beatriz niega el saludo a Dante (1855). Las restantes, detalles de El saludo de Beatriz (1859). Fuente: wikipaintings.org .


© 2012 Lino Althaner