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El capítulo final (LXXXI) del Tao Te King, a manera de coronación de todo lo dicho respecto de los atributos que ha de tener el hombre sabio (sheng ren), resume e insiste aquí en los principales atributos que ha de tener. Cabe precisar que dicho término chino sirve para designar al ‘hombre arquetípico y primordial, elemento intermediario entre lo inefable e insondable y el mundo conocido’, tan compenetrado con el tao que ejerce mediante la acción natural y espontánea su misma virtud ordenadora. Cabe precisar aquí que dicho término chino es traducible también por santo, vocablo que según algunos autores ‘expresa mejor, dentro de lo que cabe, su calidad de hombre superior’ (Hélène-Marie Suárez Girard, ed., Tao Te King, Siruela 2009).
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Chin-San Long - Viejo pabellón (1936)

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Principia el capítulo por hacer hincapié en la lealtad y verdad de su palabra, en su carencia de doblez, de falsedad, de disimulo. Así, pues, afirma:

‘Las palabras verdaderas no son agradables,
las palabras agradables no son verdaderas.’

Las palabras del sabio -o del santo- no siempre son agradables. Por ser verdaderas, no siempre son bien acogidas. Bajo la superficie de las palabras hermosas se esconde con muchísima frecuencia el engaño, la mentira. Y el hombre, si quiere ser maestro, ha de reprender con la verdad.

Por lo demás, al santo no le placen las palabras excesivas, apasionadas o ligeras. Desconfía de las vanas discusiones, debates estériles que se extienden sin sentido, intercambios de opiniones sin fundamento  en la arena del circo ciudadano, con sus mil escenarios. Horroroso tener que soportarlos. ‘¡Qué estéril, extenderse así sin fin!’ (XX). Por lo tanto, prosigue el capítulo que ahora analizamos:

‘El bueno no es discutidor,
el discutidor no es bueno’.

Recordemos lo que se nos había dicho en el capítulo XLVIII: ‘el que sabe no habla’. Cuida su palabra y es guardián de su silencio.

Y sigue:

‘El sabio no es erudito,
el erudito no es sabio’.

Chin San Long - Longevity (1961)

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Pues es vana la acumulación de conocimientos. ‘Cuanto más lejos se va, menos se conoce’, nos decía el capítulo XLVII. Y el XLVIII: ‘quien se dedica al estudio crece día a día; quien se dedica al tao disminuye cada día’. Capítulo XX: ‘Prescinde del estudio y desaparecerán las inquietudes’. Si el sabio quiere gobernar, ha de tener presente que ‘gobernar un señorío mediante el saber es perjudicar el señorío’ (LXV). El capítulo XXIX nos precavía especialmente de los conocimientos técnicos o burocráticos que instrumentalizan al hombre, lo especializan y empequeñecen, privándolo de la visión integradora y cerrándole el paso al saber esencial. En casos de que haya acumulado conocimientos de este tipo, debe el sabio ‘desaprenderlos’.

Y prosigue el capítulo LXXXI, último del Tao Te King:

‘El sabio no acumula.
cuanto más hace por los demás, más posee;
cuanto más da a los demás, más le cunde’.

Nada quiere para sí. ‘Cumple su obra sin complacencia’ (II). Sin ufanarse. ‘Se pospone y, por ende se antepone; se desprende de sí y por ende subsiste. ¿Acaso no es su desinterés lo que constituye su interés?’ (VII). Hace crecer a los seres sin someterlos a servidumbre. Ampara todo lo que le rodea. Guarda que toda actividad sea conforme a la naturaleza. Pues ‘quien honra cuanto hay bajo el cielo como a su propia persona es digno de que se le confíe cuanto hay bajo el cielo’ (XIII).

Así, estando a cargo de las cosas el hombre sabio, se garantiza la virtud y la eficacia del curso natural. Y

‘el curso del cielo
beneficia y no perjudica’.

La actividad el hombre sabio, indispensable, no se advierte. Que a nada ni a nadie turba ni perjudica. Es puro wu wei: acción espontánea, acción conforme a lo que es natural, acción sin esfuerzo.

No basa su palabra ni su acción en las diferenciaciones antojadizas ni en los convencionalismos engañosos. Se desliza entre ellos como el agua entre las rocas. No compara, no compite, no da en el gusto a quien desea el enfrentamiento. Así, finaliza el capítulo LXXXI:

‘El curso del santo
hace y no rivaliza’.

Un modelo para el ‘hombre nuevo’.

‘Todo bajo el cielo lo encumbra con gusto y sin cansarse.
Como no rivaliza
nada bajo el cielo puede rivalizar con él’ (LXVI).

¿No parece, acaso un buen modelo?

Si el tao actúa en él sin impedimento – agrega Chuang-Tze  – el sabio no se desvive por acumular bienes; aunque tampoco pretende transformar en virtud la pobreza. No se excede en la preocupación por sus intereses. Pero no alardea de altruísmo. No daña a nadie con sus actos ni a nadie desprecia. No conoce enemigos. El rango y la recompensa no le atraen. No está luchando todo el tiempo entre el bien y el mal. Carece de reputación. Sus pasos, parece que no dejaran huella.

Así es virtuoso y eficaz. Así se aproxima al tao, el camino y fundamento del hombre, del santo y del sabio.


Las maravillosas fotografías han llegado a este blog merced a la generosidad de los sitios Cuaderno de retazos (cuadernoderetazos.wordpress.com)  y El faro del fin del mundo (dadaisforever.wordpress.com). Su uso comercial está prohibido.
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© 2012 Lino Althaner