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Como complemento  al artículo anterior, dedicado al sabio taoísta, me remito ahora al capítulo XX del Tao Te King. En él se contienen los siguientes versículos, que ciertamente parecen dar una triste impresión, desoladora y desesperanzada, del maestro del tao, llámesele sabio o santo:

‘La multitud vive en la abundancia,
sólo yo parezco falto de algo.
Es mi mente la de un estúpido,
¡un rematado estúpido!
El vulgo ve todo con claridad,
¡sólo yo vivo en tinieblas!
El vulgo sabe muy bien distinguir,
¡sólo yo de mi perplejidad no salgo!
Indistinto como el mar.
Vasto como quien no tiene donde parar.
La multitud obra con razón y sentido,
sólo yo soy torpe y despreciable.
Sólo yo soy diferente de los demás …’
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Chin-San Long - Sobre las nubes (1953)

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Transcribo a continuación el párrafo que Iñaki Preciado Idoeta, en el Tao Te King de su edición y traducción (Trotta, Madrid 2010), dedica  al fragmento citado:

‘El ideal del sabio taoísta aparece descrito y desarrollado en varios capítulos del Lao zi. Sin embargo, hay uno digno de particular atención, por cuanto en él se pone de relieve una de las características de dicho ideal más dignas de tener en cuenta. Nos referimos a la soledad del sabio taoísta. No es la soledad física. Es la soledad del que se siente incomprendido, o mejor diríamos fuera de lugar, como encerrado en una abarrotada celda de castigo. No hay mayor soledad, ni más angustiosa, que la del que no está solo. Soledad sin esperanza. Éste es, de todo el Lao zi, el capítulo más desesperanzador. Aunque sea una desesperación que puede abrir la puerta a la esperanza.’

La verdad es que no comparto esta interpretación. Creo que las líneas transcritas hay que entenderlas en armonía con el lenguaje paradojal y ambiguo, que impregna las páginas del Tao Te King. Ese lenguaje facilita por cierto el recurso a la ironía, aquí manifiestamente presente, en mi opinión. Entonces, ¿en que consiste la ironía? En poner en sus labios, no las palabras que reflejan propiamente la opinión que el sabio tiene de sí mismo, sino las que el  profano, ignorante del tao e inmerso en la ilusión de lo aparente, tiene de él.

El profano piensa que vive en la abundancia y que, por lo tanto, el sabio es un menesteroso, carente de todo. Pero es una falsa abundancia, no es la plenitud del que sabe. Opina la multitud que todo lo ve con claridad, cuando lo cierto, a juicio del discípulo del tao, es que está ciega a lo auténticamente real. De allí que califique al sabio de estúpido que vive en las tinieblas. Ama el vulgo las distinciones, las diferenciaciones y las clasificaciones, cuando el hombre sabio todo ello lo rechaza como convencionalismo sin arraigamiento en lo que es de verdad. Por lo tanto, qué mejor que entender que es el sabio quien no puede salir de su abrumadora perplejidad, de su total ignorancia.

En fin, opina el vulgo de todos los tiempos que su actividad es del todo razonable y plena de sentido, cuando no es sino locura y desperdicio de energía, como arar en el viento. Que es el sabio el torpe y despreciable. Frente a ello la estatura del sabio se afirma sin la sombra de una duda, para decir, con cierto orgullo, de su diferencia, de su aislamiento, de su soledad.
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Chin-San Long - Soledad (1945)

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Visto así, parece evidente, el sentido de los versículos transcritos pierden todo su aparente carácter pesimista. Pasan a ser expresión del máximo optimismo, para el que capaz de ver las cosas como son de verdad.

Pues el hombre sabio se halla realizado. Sigue el camino (tao) y en el opera la virtud (te). Es un hombre pleno. Tendría que estar loco para estar desolado o vivir en la desesperanza.

No podría ser de otro modo. Recordemos que el sabio:

‘… obra enteramente para los otros
y posee cada vez más;
lo da todo a los demás
y cada vez tiene menos ‘ (LXXXI);

‘…sabe contentarse’ y es su ‘contento perdurable’;
‘no conoce la humillación …,
no recibe daño
y puede vivir largo tiempo’ (XLIV).

¿Cómo podría sentirse en un abarrotada celda de castigo si conoce sin viajar y distingue sin mirar? (XLVII).

El sabio no quiere brillar, ni pretende destacar, ni se tiene por un gran hombre. Sin embargo,

‘triunfa en su empeño’ ( LXXVII).

Cómo podría ser su visión pesimista si, como dice el capítulo LV:

‘El hombre de honda virtud
aseméjase a un recién nacido.
No le pican víboras ni escorpiones,
ni venenosos insectos o serpientes le muerden,
ni le atacan las aves de presa o las bestias salvajes;
débiles son sus huesos y tendones,
más su mano ase con firmeza.

El día entero libre de cuidados,
Su armonía es perfecta’.

¿Por qué podría, entonces, desesperar?

© 2012 Lino Althaner