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Incluso en el país en que fue escrito, China, es considerado como un libro especialmente original: ‘no se refiere a ningún texto anterior y no se le conoce fuente alguna’ (F. Jullien, prólogo al Tao Te King, Siruela, Madrid 2009). Se trata de un libro extremadamente breve y muchos de sus capítulos no tienen mayor extensión que un párrafo de este artículo. No tiene argumento ni desarrollo convencional. No es ni teoría ni revelación; tampoco religión ni filosofía en el sentido occidental. Sin embargo, su influencia espiritual y cultural, su  significación filosófica y política, han sido y siguen siendo inmensas. No es más, en sus ochenta y un capítulos, que la insistente variación sobre una idea cuyas derivaciones se proponen como algo de suyo evidente y que no requiere mayor explicación. Así es como el libro convence al lector cuidadoso y ‘despierto’, sin que lo obstaculicen mucho sus propias filosofías o creencias.

El libro, al igual que el Tao, es como el agua que se acomoda a las superficies y a las desigualdades del terreno, sin hacer mucho esfuerzo y sin incomodar. No se deja encasillar en las estructuras de la metafísica o de la religión, aunque tampoco es su objeto entrar con ellas en conflicto. Son sus textos tan abiertos, tan enraizados en la naturaleza misma de lo cósmico y de lo humano, que pueden leerse como intentos de explicar el mundo, como vías de espiritualidad, como manuales políticos y hasta como guías para el estratega.  

No pretende el Tao Te King explicar sus puntos de vista conceptualmente, tampoco definir ni clasificar, menos aún argumentar con el objeto de convencer. Es preciso recordar que el taoísmo desconfía del decir, del pensar, del saber. Más que por el decir, por lo tanto,  el Libro del Camino y de la Virtud se manifiesta en el dar por supuesto y en el dejar pasar. Lo que no podemos designar, aquello cuya evidencia no captamos porque es parte de nosotros mismos y constituye el fondo de nuestra realidad, el Tao, sólo es posible aprehenderlo por la intuición, por la iluminación de la experiencia.
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Pues el Tao es aquello indefinible que está en el origen, que opera naturalmente ‘tanto la posibilidad de cualquier efecto como la infinita renovación de la vida’. Es el curso, el camino: hay dejar que fluya, para seguirlo. Es la ‘puerta de todos los misterios’, dice el capítulo I del libro. ‘Diríase perpetuo’, agrega el capítulo IV, ‘parece anterior al emperador del cielo’. Es el curso, pero es también, se nos dice, el principio y el fundamento. De él nos habla este libro, sin ofrecer propiamente, en sentido religioso, una vía de salvación, pero sí, mostrando la vía liberación cuya virtud es la de permitirnos vivir mejores vidas, más completas y dignas de nuestra condición.

El Tao es el fondo conforme al cual se constituye la realidad. Alrededor de él gira este libro verdaderamente incomparable por su profundidad, por su sencillez, por su verdad. Difícil encontrar otro libro de sabiduría parecido a él.

¿Cuál es la sabiduría que nos enseña, si pudiera expresarse en unas cuantas palabras? La de dejar que las cosas y las situaciones se muestren y ocurran, que se renueven y se restauren, conforme a la eficacia de la virtud natural. La de evitar que la acción arbitraria del hombre entorpezca de alguna manera la eficacia operativa de las leyes de la vida. La de permitir que el Tao opere, que fluya, y que en su fluir indique lo que de nosotros se requiere para que, llegado el caso, actuemos tal como la naturaleza actuaría para asegurar la permanencia del orden cósmico o acomodar todas las situaciones y las cosas a la naturaleza de las cosas. La de actuar sin esfuerzo,  sin lucha, sin violencia. delicada, levemente. Dejando, como se dice en el capítulo XLIII, que ‘lo que no tiene ser – el tao – penetre lo que no tiene intersticios’, tal como el agua termina por vencer la dureza de la roca.  Pues allí mismo se afirma:

Lo más blando bajo el cielo
domina a lo más duro bajo el cielo -…-
Por eso conozco
la ventaja de la inacción – wu wei -.
La enseñanza del no hablar,
la ventaja de la inacción,
pocos hay bajo el cielo que las alcancen.

Sin embargo, no es fácil entender las ventajas del ‘no hacer’, del actuar espontáneo y sin esfuerzo. Menos fácil quizás comprender que para ser capaz de esa magnífica permanencia en la quietud y confianza en el tao, hay que estar dispuesto a adelantar en el camino no tener ni dominar, de no luchar y no intentar prevalecer,  de no hablar y no pensar.

Profundidades del pensamiento chino.
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© 2012 Lino Althaner