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Xue Juizhou - Faisán dorado - image from CNArtGallery.com - Rights reserved

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El faisán de los pantanos picotea cada diez pasos, y cada cien pasos bebe. Lo prefiere a vivir alimentado en una jaula; que no fuera en ella feliz aún tratado como rey.’

Chuang-Tse, 3.3 (Zhuang Zi, Kairós, Barcelona 2001, trad. Ignacio Preciado I.)

Las jaulas más temibles no son las que tienen barrotes de fierro. Dentro de ellas puede uno sentirse a sus anchas, como Juan de la Cruz en la celda en que concibió el Cántico Espiritual. La prisión del espíritu en el hombre dormido, en el hombre sometido por cadenas invisibles u obligado por estúpidas rutinas, esas sí que son jaulas espantosas. Aunque, si está de veras dormido, es posible que no sienta su espantoso peso, por algún tiempo.

Para qué decir de aquel a quien se exige incondicional adulación, acatamiento de normas que pugnan con su consciencia, o disposición a hacer lo que se le mande, por indigno que sea, a cambio de una monedita.

Volviendo al faisán. Además de ser libre, es su vestidura la de un rey. El faisán se viste como un lirio de los campos, entregado del todo al milagro que lo viste. Salomón en toda su gloria, no lució vestiduras tan esplendorosas (V. Mt. 6, 24-34). El milagro del Tao. El misterio de Dios.
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© 2012 Lino Althaner