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Es sabido que los grandes libros taoístas no se caracterizan por expresar admiración hacia quienes se dedican al gobierno del pueblo o la administración del estado. ¿Los mismos que hoy tienen a la tierra y a sus habitantes al punto del colapso? Tan a punto, qué muchos ven el colapso como irreversible y en el la única salida hacia una toma de conciencia que nos guíe a mejor destino. A un destino sin políticos corruptos y finanzas usureras, sin fronteras y sin guerras, sin leyes inútiles o injustas.

El amigo del Tao se entiende mal con los políticos. Yo diría que no puede evitar menospreciarlos. Justo a ellos, los soberbios, los poderosos, los recaudadores y distribuidores, los que a sí mismos se dicen servidores del pueblo, el amigo del Tao no los estima.

El hambre del pueblo
viene de los muchos impuestos …;
por eso está hambriento.
La rebeldía del pueblo
viene de la acción que ejercen los grandes …

De las múltiples acciones de gobierno que impiden que opere la virtud del Tao.

El Tao del Cielo
quita al que tiene de más
y da al que no tiene bastante;
no así el curso de los hombres,
pues quita al que no tiene bastante
y da más al que ya tiene de sobra.

¿Quién es el responsable?

En el libro de Chuang Tse abundan las anécdotas reveladoras de la displicencia con que el taoísmo se enfrenta a los emperadores, ministros y altos dignatarios. Tal disciplicencia se vuelve más notoria si se considera que en algunos caso es un simple campesino o un artesano quien desempeña el papel del sabio ejemplar en su obediencia a las leyes del orden natural.

Así, un simple hortelano, enfrentado a un alto dignatario, discípulo de Confucio, es capaz de pedirle al poderoso, incapaz de comprender la inconveniencia del maquinismo, que no está dispuesto a seguir discutiendo sobre el particular, que se vaya de una vez y que no siga retrasando su labor (12.10).  Un funcionario que se ha retirado de los negocios mundanos para dedicarse al cultivo de un campo, se enfrenta al propio emperador, que le pide razón de su forma de proceder, en parecidos términos: ‘¿Por qué no os partís, mi señor? Que no hacéis sino retrasar mi trabajo’ (12.6).  En otro caso, un modesto guardián de frontera le dice rudamente al más alto dignatario, interesado en que le explique el camino del Tao, que se aparte y lo deje en paz. (12.5).
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John William Waterhouse – Diógenes – wikipaintings.org

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Estas historias me traen a la memoria la famosa anécdota concerniente a la visita que Alejandro Magno, el político y guerrero vencedor, idolatrado, hace en Atenas al filósofo cínico Diógenes de Sínope. Es sabido que éste despreciaba y hacía mofa de los convencionalismos ciudadanos, burlándose de los usos de los hombres y de sus apariencias, de sus galas y de sus ambiciones. Era un amante de la libertad y de la más irrestricta libre expresión; renegaba de todo poder que pretendiera restringirlas. Era un nihilista a carta cabal y un grosero provocador. Se vestía como un  mendigo y vivía, se dice, en un tonel, despreciado por muchos atenienses, que lo trataban de ‘perro’. 

A juzgar por lo que se cuenta en la obra ‘Vidas de los más ilustres filósofos griegos’ (de Diógenes Laercio, a quien no hay que confundir con nuestro Diógenes de Sínope), la entrevista entre Alejandro y el filósofo cínico debió ser más bien breve.  Se habría encontrado éste último tomando el sol junto a un bosquecillo ateniense cuando Alejandro se le habría acercado. Luego de intercambiar tal vez algunas palabras, Alejandro, intuyendo tal vez la verdad oculta tras la grosera sinceridad del filósofo cínico,  le diría a Diógenes que pidiera lo que quisiera, pues él se lo daría sin demora. La respuesta de Diógenes, inmediata: ‘Pues bien, te pido que te apartes, que me tapas el sol y me estás haciendo sombra’.

La analogía entre la actitud taoísta y la respuesta cínica es significativa.

Bueno, al margen de la anécdota, histórica quizás, cierto es que en un paralelo entre el taoísmo y la filosofía cínica de Diógenes y sus discípulos, surgen algunos  aspectos comunes. Entre ellos, el individualismo; el rechazo de los convencionalismos sociales, del pensamiento académico y del saber erudito, de la política y la retórica; la valoración de la naturaleza y de la vida natural, sin complicaciones ni exquisiteces; la crítica de los afanes y ambiciones de los hombres; el uso del humor y de la ironía. Tanto el taoísmo como el cinismo se encuadran difícilmente, por lo demás, en el concepto tradicional de filosofía al modo occidental y optan más bien por el lenguaje simple directo y la ejemplificación a través de pequeñas narraciones, tan frecuentes en este libro maravilloso que es el de Chuang Tse. 

Una gran diferencia, por supuesto. El sabio taoísta opta por el retiro, por el silencio. El filósofo cínico por la presencia desvergonzada y la explicitez en el lenguaje. Claramente presentes se encuentran estos rasgos en las anécdotas y los dichos de Diógenes de Sínope. Sería interesante decir algo de ellos en una futura entrada.


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© 2012 Lino Althaner