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No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán;
ni por su cuerpo, cómo se vestirán
(Mt 6,25)

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¿Decisiones apresuradas? ¿Opciones de las que luego nos arrepentimos? ¿Presiones indebidas del entorno? ¿Voluntades viciadas por el engaño o por las apariencias?

El amigo de la filosofía taoísta aprecia su libertad. A medida que progresa en su entendimiento y se convence de su verdad, se vuelve cada vez más cuidadoso en poner atajo a las circunstancias internas o externas que amagan sin razón su libre albedrío. Es que la doctrina ya no es para él solamete motivo de reflexión o de lectura. Es que incluso ha superado la etapa de las buenas intenciones, tan común en las experiencias espirituales de los hombres, y la doctrina del Tao se ha vuelto para él experiencia de vida.
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Benjamín Wu-Rights reserved-imagen/cuadernode retazos.wordpress.com

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Me he puesto a reflexionar sobre ésto a propósito de los apetitosos anzuelos que el entorno mundano nos suele lanzar a fin de que acabemos prisioneros de proyectos, aventuras e intereses que no son los nuestros. ¿Qué es lo que el mundo nos ofrece? Dinero y poder, oportunidades de lucimiento, apariencias materiales que nos sirvan para compararnos satisfactoriamente con los demás. Muy importante: nos ofrece seguridad, seductora pero engañosa seguridad. ¿A cambio de qué, con alguna frecuncia? De perder la libertad, de hacernos esclavos de lo que despreciamos, de perdernos en quehaceres incompatibles con nuestras convicciones o contrarios a nuestra naturaleza, de sacrificar nuestra más íntima esencia. A cambio de permutar las más altas metas de nuestro ‘sí-mismo’ por las vulgares ambiciones de nuestro ego. A cambio de encadenarnos a unas servidumbres: doradas para el ego, siniestras para el yo interior.

Aprendemos así a explorar nuestras profundidades antes de adoptar una decisión en este tipo de materias. Recordamos que las apetitosas carnadas, además de ser sólo aparentes, no son gratuitas. Suelen suponer urgencia,  agitación, rivalidad  y enfrentamiento, competencia; preocupaciones imaginarias y reales insomnios; frustraciones y envidias insignificantes. Suponen incurrir en la injusticia, en la necia rigurosidad, en la reiterada vulneración de la verdad, en la permanente inconsecuencia, todo lo cual da por resultado la esencia de lo que no es un hombre de verdad. Los ofrecimientos mundanos suelen suponer el encadenamiento a convencionalismos y costumbres que se han hecho en nosotros habituales, pero que no son de nuestra humana esencia. Así es como el hombre termina enfermo de ansiedades y temores y pesadillas de derrumbamiento que suelen dejar huellas difíciles de restaurar. Las carnadas, dulces al paladar, suelen volverse amargas en las profundidades del ser humano.

El sabio taoísta, el hombre de verdad, tiene el convencimiento, nada fácil de lograr por el hombre común, de que el ambiente en que ha de adoptar sus decisiones es del todo confiable, ya que está protegido por el curso natural, por la virtuosa eficacia del orden natural, que llena los vacíos y allana los excesos, que resuelve todos los conflictos y encamina todas las contradicciones a una síntesis no susceptible de ser alterada por la acción humana. El sabio mismo no llega a entender completamente la lógica de los cambios, de las transformaciones, distinta a la lógica del mundo, pero sabe que ella opera en las cosas del Cielo, de la Tierra y del Hombre, las cuales en contacto con el Tao, origen, razón y curso de la vida, muestran su íntima y profunda unidad.

Por supuesto, el mundo lo atemorizará con amenazas de inseguridad, de insuficiencia, de hambre, de insuficiencia en el vestido o de falta de vivienda. A lo cual el espíritu del Tao que mora en su interior le aconsejará: disminuye tus gastos, renuncia a tus deseos, abájate, abandona toda arrogancia, no te amarres con tener hombres a tu servicio ni te fuerces por servir al señor equivocado. Vete a vivir la vida retirada, alejado de toda tentación de compararte con los demás o de competir con ellos. Cualquiera de estas cosas, o todas ellas te están permitidas. Pero no sucumbas a la esclavitud. Conserva tu libertad. Recuerda, por último, a los lirios del campo y a los pájaros del cielo, que no tienen señores ni conocen el dinero, que no construyen sus viviendas, ni hilan sus vestidos ni acumulan en graneros. ¿No eres a lo menos digno del mismo amparo que a ellos se les da? Despierta.

Así, de pronto, en un momento de gracia, el hombre queda iluminado por la verdad, aquella acerca de la cual hemos estado reflexionando en esta serie de artículos sobre el Tao Te King. Entonces sí, sin urgencia ni presión de las circunstancias, podrá sopesar tranquilamente las opciones que se le ofrecen, verificar si alguna de ellas importa el encadenamiento a la servidumbre mundana y al terrenal oropel, y elegir la que asegura la lealtad a una existencia vivida con autenticidad, desligada de apariencias, en sintonía con la realidad.

¿Qué ha de temer un hombre así?

Se conoce a sí mismo. Sabe contentarse. No se atiene a nombres ni jerarquías. Se atiene a la esencia; no al mero ornamento. Sabe detenerse. Evita todo daño. No alardea de su fuerza ni se jacta del fruto que logra, que no tiene por mérito propio. No se tiene por grande, por señor de nadie. Antes de recibir, entrega. No se encarama sino que se abaja. No tiene deseos. Reina en él la calma. Conoce todo el mundo sin salir de su casa. Ve la luz del Cielo sin mirar por la ventana.
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‘No le pican los bichos venenosos
ni las bestias salvajes le atacan
ni le agreden las aves de presa.
Débiles son sus huesos y tendones,
más su mano ase con firmeza.
… su armonía es perfecta.’
(Capítulo LV)

¿Qué ha de temer?
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© 2012 Lino Althaner