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‘El niño es el padre del hombre.’

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‘¡El cielo nos rodea en nuestra infancia!
Sombras de la prisión comienzan a ceñirse
sobre el niño que crece,
pero él, contempla la luz, y ve su fuente.’

William Wordsworth

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El niño está abierto a la verdad. Su visión, aún no contaminada por las sombrías discriminaciones de la razón humana, tiene la transparencia del cristal. De ahí las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo:

’Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos’ (Mt 18, 3).

Y luego en el libro de Juan:

‘Quien no nazca de lo alto  -para volverse niño nuevamente- no podrá ver el reino de Dios’ (3,3).
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La belleza del ser niño, de su mente tan pulcra y su forma espontánea y desinteresada, impresiona poderosamente a la psicología junguiana. ‘El niño es el principio insignificante e incierto y el fin triunfal. El niño eterno inherente al hombre es una experiencia indescriptible, una incongruencia, una desventaja y una prerrogativa divina; un imponderable que determina el valor o la falta de valor de una personalidad’. Así escribe el mismo Carl Gustav Jung.

Y agrega otro psicólogo de la misma tendencia, John Loudon, que ‘lo que nos resulta atractivo es el potencial puro y, por lo tanto, incorrupto, del niño. Exento de responsabilidades molestas y de exigencias comprometedoras, el niño da la impresión de vivir en y desde la plenitud, la simplicidad, la espontaneidad y la integridad, atributos a los que aspira el adulto y que, sin embargo, por grande que sea su esfuerzo, no parece poder alcanzar (o recuperar). El niño tiene el don de simplemente ser, como una flor o un animal, sin necesidad de hacer nada, transformándose en cualquier cosa a fin de ser plenamente lo que es’.  Así, continúa, ‘el niño representa la inocencia, el asombro, la capacidad receptiva, la frescura, la espontaneidad, la falta de ambiciones y de objetivos mezquinos. En ocasiones se diría que el niño tiene la singular aptitud de vivir conforme al ideal hindú consistente en actuar sin perseguir los frutos de la acción o de seguir el camino del wu wei, de vivir el Tao.’
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Aquí entroncamos con el taoísmo, al cual hemos dado en el blog una dedicación especial durante estas semanas.

Pues el niño, nos dice Iñaki Preciado Idoeta, sinólogo y traductor del Tao Te King, es el símbolo perfecto del Tao. Sobre todo el recién nacido, que ‘encarna cabalmente la inocencia y la simplicidad’, metas fundamentales del sabio taoísta, del hombre que aspira a estar en completa posesión de su virtud humana original y a vivir la plenitud que es la carencia de conocimientos y deseos, en la armonía perfecta, en la debilidad primordial que a todo se adapta sin esfuerzo.

Ya en otra parte citamos el capítulo LV del libro:

El hombre de honda virtud
aseméjase a un recién nacido.
No le pican víboras ni escorpiones,
ni venenosos insectos o serpientes le muerden,
ni le atacan las aves de presa o las bestias salvajes.

Es decir, no le alcanzan las agresiones que a los adultos nos sacan de nuestras casillas.

Débiles son sus huesos y tendones,
más su mano ase con firmeza.

Así, entonces, el practicante taoísta ‘debe engendrar un hombre nuevo dentro de sí mediante un proceso de sublimación. Este hombre nuevo aparece en lo más profundo del cuerpo físico en forma de niño muy pequeño. Este niño es el símbolo de esa radical transformación’.

Porque, como recuerda nuestro amigo Chuang-Tse,

‘Es el niño quien percibe el secreto primordial de la naturaleza y es al niño que hay en nosotros a quien regresamos. El niño interior es lo bastante simple y osado como para vivir el secreto’.

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Sobre el niño interior ya traté en un artículo anterior del blog: https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/01/07/volvernos-como-ninos/

Las imágenes incluidas corresponden a pinturas de Di Li Feng, artista chino nacido en 1958.
Provienen del blog Cuaderno de Retazos:
(http://cuadernoderetazos.wordpress.com).

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© 2012 Lino Althaner