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Lo que ojo nunca vio, ni oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado …
1Cor 2,9

Hemos estado investigando el taoísmo, que nos dice del Tao inefable, el origen y la razón de todo lo que existe y que a todo le da sentido. Del Tao que no tiene nombre.  Invisible, incognoscible. Sin forma, inaudible, imperceptible. Imposible de explicar o definir.  Más cercano a la nada -tan otro- que al ser que percibimos. Inmenso. Del todo trascendente. Sin embargo, presente de manera inexplicable en todas las cosas y aconteceres. El todo y el uno. El es que no es. ‘La Nada que existe como si no existiera’, según dice el Huai Nan zi, otro libro clásico de la filosofía china. Tal es el primer fundamento del taoísmo.

La puerta hacia el Todo. La vía hacia la Nada..
.Huang Youwei - detalle de pintura - imagen de cuadernoderetazos.wordpress.com.
El Tao, la suprema realidad metafísica de la filosofía china, es conceptualmente accesible a los hombres más bien por la vía de la negación que por la de la afirmación. Tan difícil de ella decir lo que es que parece más apropiado afirmar lo que no es. Que no tiene nombre. Que no tiene forma. Que no es susceptible de aprehensión sensorial. Que no es mensurable. Que no tiene principio ni final.

Si pasamos del terreno filosófico al teológico, vemos que ocurre algo parecido con Dios. Al menos de acuerdo con la llamada teología negativa, según la cual es preferible afirmar de Él lo que no es que atreverse a decir lo que es o cómo es. Tan lejos está del alcance de nuestros sentidos. Es tan otro a todo cuanto conocemos. Tan difícil de ser siquiera imaginado.  Esto lo saben los místicos. Que Dios está más allá de nuestro entendimiento, de nuestra capacidad de decir o de pensar. Dionisio Areopagita, teólogo bizantino que escribiera, alrededor del siglo VI, una breve y significativa obra denominada Teología Mística, expresa esta idea bellamente:

‘Ahora que escalamos desde el suelo más bajo hasta la cumbre -para descubrir a Dios- cuanto más subimos más escasas se hacen las palabras. Al coronar la cima reina un completo silencio’.

Para luego afirmar en una de sus cartas:

‘Si alguno, viendo a Dios, comprende lo que ve, no es Dios a quien ha visto, sino algo cognoscible de su entorno. Porque Él sobrepasa todo ser y conocer’.

De Dionisio Areopagita heredó su idea de Dios ese gran hombre de espiritu y genial pensador que fue el Maestro Eckhart, el gran místico alemán (c.1260-c.1328). Oportuno resulta referirme a él en momentos en que me preparo a iniciar una serie de entregas sobre su obra y sus ideas.

He aquí una serie de afirmaciones acerca de Dios, típicas del pensamiento del Maestro:

‘Dios es algo que se halla necesariamente por encima del ser, algo que en sí mismo no necesita de nadie y de que necesitan todas las cosas’.

‘Lo que tiene ser, tiempo o lugar, no toca a Dios;
Él está por encima de ello’.

‘Él se halla tan por encima del ser,
como el ángel supremo está por encima del mosquito.
Si dijera que Dios es un ser, cometería un error tan grande,
como si llamara al sol pálido o negro.
Dios no es ni esto ni aquello.
Quien, conociendo alguna cosa, crea haber llegado a conocer a Dios,
no lo conoce’.

‘Dios obra en el no-ser’.

‘Dios no es ni ser ni bondad.
La bondad está apegada al ser y no va más allá del ser;
pues si no hubiera ser, no habría bondad,
y el ser es todavía más acendrado que la bondad.
Dios no es bueno ni mejor ni óptimo.
Quien dijera que Dios es bueno,
lo agraviaría tanto como si se llamara negro al sol’.

‘Cualquier palabra que sepamos pronunciar sobre él,
es más bien una negación acerca de lo que Dios no es,
en vez de ser un enunciado acerca de lo que es.
Así lo reconoció un gran maestro -Albertus Magnus-
y opinaba que cualquier cosa que él fuera capaz de decir con palabras sobre Dios,
en absoluto estaría dicha con propiedad,
ya que siempre contendría algún error.
Por eso se callaba y no quiso decir nunca palabra alguna,
por más que otros maestros se burlaran de él.
Por lo tanto, vale mucho más callar sobre Dios que hablar’.

‘El hombre no debe tener un Dios pensado ni contentarse con Él,
pues cuando se desvanece el pensamiento, también se desvanece ese Dios.
Uno debe tener más bien un Dios esencial
que se halla muy por encima de los pensamientos de los hombres y de todas las criaturas.

Este Dios no se desvanece,
a no ser que el hombre voluntariamente se aparte de Él’.

A mí me parece cierto que el Maestro Eckhart postula un Dios que está más allá de todo intento del hombre por acceder a él. Pero si bien es del todo trascendente, no está ausente de la vida. No está ausente del hombre. De forma también indefinible, vive en el hombre. Pero no para que éste intente someterlo, como suele hacer, a sus concepciones, a sus dogmas, a sus imaginaciones, a sus sueños. Ni menos para que los hombres disputen y se enfrenten con violencia entre sí para hacer prevalecer la idea que tienen de Dios en las cosas temporales y contingentes. Ello es hacer a Dios el mayor agravio. Derramar una gota de sangre por la idea que tengamos de Dios es lo más insensato y atroz de todo el catálogo de cosas atroces e insensatas que el hombre es capaz de hacer.

Estamos en un plano elevado. No es fácil, en principio, entender al gran maestro dominico. Cada una de las afirmaciones del Maestro Eckhart, debe ser entendida en su contexto. Una vez entendido, se comprende lo sublime de su pensamiento. Se comprende también lo apartado que está del concepto vulgar, demasiado fácil, que solemos compartir acerca de la divinidad. Por algo que algunos de sus escritos fueron condenados por el poder religioso de su tiempo. 

Si se quiere hablar de diálogo entre religiones, hay que tener presente al Maestro Eckhart.
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© 2012 Lino Althaner