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Seguimos esta serie de artículos sobre el Maestro Eckhart con el análisis de una homilía en la cual se reflejan con mucha fidelidad algunos de los rasgos del pensamiento de este fraile genial de la Orden de los Predicadores, esto es, de los dominicos.

La ortodoxia de su teología, influenciada significativamente por el neoplatonismo, ha solido ser puesta en entredicho por la ortodoxia institucional. De hecho, algunas de sus afirmaciones fueron descalificadas por el papado de su tiempo. Pero el actual pontífice, Benedicto XVI, parece ser un ferviente admirador de su compatriota medieval.
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imagen de wikipedia

Entrada de Meister Eckhart en la iglesia dominica de Erfurt, con la inscripción ‘Das Licht leuchtet in der Finsternis, und die Finsternis hat es nicht erfasst‘ (La luz brilla en la oscuridad pero la oscuridad no la ha comprendido).

 La homilía que comentaré enseguida versa sobre el texto de Mateo 21, 12:

‘Entró Jesús en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas’. Para mejor comprensión agrego el versículo 13: ‘Y les dijo: “Está escrito: Mi casa será llamada Casa de Oración. ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de bandidos!’

Según el Maestro Eckhart, lo que quiere decir Jesús en este texto es: ‘Tengo derecho a este templo y quiero estar solo en él y tener poder sobre él. El templo, por lo tanto, sólo debe estar disponible para mí’.  Pero el templo de cal y de cemento no es el importante. El templo en el que de verdad quiere sentirse Dios como dueño único es el alma del hombre. Pues la ha creado a su semejanza.

Ha hecho el alma del hombre tan semejante a sí mismo que ni en el cielo ni en la tierra, por entre todas las criaturas espléndidas, creadas tan maravillosamente por Dios, no hay ninguna que se le asemeje tanto como el alma humana sola. Por ello, Dios quiere tener vacío este templo de modo que no haya nada adentro fuera de Él mismo. Es así porque este templo se le asemeja de veras  y Él  está muy a gusto en él siempre y cuando se encuentre ahí a solas.

Así, pues, agrega: ¿Quiénes siguen siendo hoy los mercaderes, los que compran y venden en el templo, que deben ser arrojados de él? No sólo los que usan del templo como un mercado para intercambiar su mercadería material.

Mirad, mercaderes son todos aquellos que se cuidan de no cometer pecados graves y les gustaría ser buenos y, para la gloria de Dios, ellos hacen sus obras buenas, como ser ayunar, estar de vigilia, rezar y lo que hay por el estilo, cualquier clase de obras buenas, mas lo hacen para que Nuestro Señor les dé algo en recompensa o para que Dios les haga algo que les gusta: todos ésos son mercaderes.

Y con Dios no se regatea. Nuestras obras no las considera como mercancía para dársela a cambio de algún bien. Las bondades que hace Dios las hace en la absoluta gratuitad.

Esos que quieren regatear así con Nuestro Señor, son individuos muy tontos: conocen poco o nada de la verdad. Por eso, Nuestro Señor los echó a golpes fuera del templo y los expulsó. La luz y las tinieblas no pueden hallarse juntas. Dios es la Verdad y una luz en sí misma. Por ello, cuando Dios entra en este templo, expulsa la ignorancia, o sea, las tinieblas, y se revela Él mismo mediante la luz y la verdad.  Cuando se llega a conocer la Verdad, los mercaderes han desaparecido, y la verdad no apetece hacer negocio alguno.

Con Dios no se regatea. Dios no da a cambio de obra humana alguna. Lo que hace lo hace Dios sólo por amor. Lo mismo debe, pues, hacer el hombre, el que está unido con Dios: mantenerse también libre y desasido en todas sus obras, que las hace únicamente por amor y por gloria de Dios, sin buscar a cambio una recompensa’.

Con el Maestro Eckhart aprendemos a conocer al Dios de los cristianos, bien distinto al que se nos presenta como Jehová, el dios del Antiguo Testamento. Dios, el Padre de Jesús, no es un dios amante de los sacrificios ni de las ofrendas, no es el dios celoso ni severo, no es el dios castigador, no es el dios de los ejércitos. El Dios de los cristianos, el Padre de Jesús, es el Dios que no conoce la ira ni el castigo ni la recompensa dada a cambio de algo, que sólo sabe de Amor. Que desprecia, por lo tanto, los tratos mercantiles, en los cuales hay más lugar para la ganancia que para el amor. Por ello expulsa a los mercaderes del templo y nos pide que también los expulsemos: de los templos materiales y del templo del alma, que no son lugares adecuados para las transacciones comerciales.

‘No debes apetecer absolutamente nada en recompensa. Si operas así, tus obras serán espirituales y divinas y entonces los mercaderes, sin excepción, han sido expulsados del templo, y sólo Dios mora en él; ya que semejante hombre piensa únicamente en Dios. Mirad, de tal manera este templo ha sido desocupado por todos los mercaderes’.

Aquí el Maestro Eckhart hace intervenir uno de los conceptos más propios de su pensamiento teológico y místico: el del desasimiento o desapego:

‘Sólo el hombre que no piensa en sí mismo ni en ninguna otra cosa sino sólo en Dios y en su honra, este hombre es libre y desasido del mercantilismo en todas sus obras y no busca lo suyo, así como Dios es libre y desasido en todas sus obras y no busca los suyo’.
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Beato de Gerona

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Pero Eckhart no se contenta así con sacar consecuencias del texto evangélico. Sigue adelante en sus explicaciones, cada vez más profundas, cada vez más sutiles, en el intento de extraer toda la médula de las buenas noticias evangélicas y de transmitirnos su idea de lo que debe ser el comportamiento del auténtico cristiano.

Exigente visión la del Maestro. Eckhart. Exigente para entenderla cabalmente. Más exigente aún para el quiera cumplirla en su persona, en su alma.

Continuaré con el comentario de Mt. 21, 12 en una próxima entrega.

Los textos del Maestro Eckhart provienen de la obra Maestro Eckhart – Tratados y Sermones (traducción, introducción y notas de Ilse M. de Brugger, Edhasa, Barcelona 1983).
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© 2012 Lino Althaner