Entró Jesús en el Templo y echó fuera a todos los que vendían
y compraban en
el Templo; volcó las mesas de los cambistas
y los puestos de los vendedores
de palomas’. Y les dijo:
“Está escrito: Mi casa será llamada Casa de Oración
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¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de bandidos!’

Mateo 21, 12-13.

Este artículo es continuación del publicado con fecha 13 de este mes: https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/04/13/los-mercaderes-en-el-templo-segun-el-maestro-eckhart/ ..
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Alphonse Mucha - En el santo monte Athos (1926) - wikipaintings.com

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Veíamos en esa opotunidad que los mercaderes del texto evangélico son, en la enseñanza del Maestro Eckhart, imagen de los hombres que, si bien sirven y honran a Dios, no lo hacen de manera gratuita sino que a la espera de un premio, de una recompensa. Así como Dios da sus bienes gratuitamente, nos dice, en la absoluta libertad y falta de condicionamiento, del mismo modo espera de quienes lo aman que obren en consecuencia, sin esperar nada a cambio de sus buenas acciones. Pues con Dios no se intercambia ni bienes ni dones ni servicios, con Él no se regatea, como con un cambista o con un prestamista.

Pero esta exigencia de gratuidad debe ir acompañada, recordémoslo, del total desapego, para que Dios se sienta en el alma humana en pleno señorío de su templo. Acción buena y gratuita, pues, en el completo desasimiento. Nada menos que esa es la exigencia para el hombre que desea acercarse místicamente a lo uno y absoluto de la divinidad.

Aquí se plantea el Maestro la siguiente pregunta: ¿qué sucede con los hombres que si bien hacen sus obras exclusivamente por amor de Dios y no buscan obtener por ellas nada para sí, tienen con todo el defecto de hacerlas ‘con apego al propio yo, al tiempo y al número, al antes y el después’. Tales no están del todo desapegados de sí mismos y del mundo ni son completamente libres, por lo cual están impedidos de acceder sin trabas al don divino de la luz del Señor. Dependen, de alguna manera, de la opinión de los demás o gustan de mostrar sus buenas obras para propio contento. A ellos, nos dice el místico alemán, no puede ponérseles al mismo nivel de los mercaderes propiamente tales, cambistas o usureros, a quienes Jesús expulsa del templo. Aquellos, los que no aún logran el total desasimiento, son equivalentes a los vendedores de palomas, a quienes Jesús sólo les pide: -Quitad estas cosas de aquí. Una vez que las quitéis, las palomas del egoísmo y del apego al mundo, yo os mostraré el sumo bien del Padre, como a criaturas del todo buenas, desinteresadas y desprovistas de todo afecto material’.

Así, pues:

Cuando este templo -del alma- se libera de todos los obstáculos, es decir, del apego al yo y de la ignorancia -que lo inclina a pedir en cambio- entonces resplandece con tanta hermosura y brilla tan pura y claramente por sobre todo y a través de todo lo creado por Dios, que nadie puede igualársele con idéntico brillo a excepción del solo Dios increado. Y es plena verdad: nadie se iguala a este templo, fuera del solo Dios increado.  Aun los ángeles más elevados se asemejan hasta cierto grado, pero no del todo, a este templo del alma noble… Sin embargo, se les ha puesto un límite; no pueden ir más allá. Pero el alma bien puede ir más allá.

Y en ese ir más allá, sólo Dios es igual al alma humana. Es así porque allí nada menos que Dios tiene su morada. Allí, en el alma del hombre, Dios es. Por lo cual, el hombre actúa en consonancia con esta realidad suya, ‘su alma llega a la luz sin mezcla’, a la nada de lo increado, que le llega de Dios por medio de Jesús, que es el Verbo en que el Padre se nombra a sí mismo.

Entonces, Jesús dice al alma su palabra. ¿Para qué? Para revelar al espíritu del hombre el poder inconmensurable del Padre y permitirle, como consecuencia, volverse ‘poderoso en todas las virtudes y en toda perfecta pureza, de manera tal que ni lo agradable ni lo penoso ni todo cuanto Dios ha creado en el tiempo, pueda perturbarlo’, cual si se mantuviera ‘dentro de una fuerza divina, en comparación con la cual todas las cosas son pequeñas e impotentes’. Para dotar,  además, al alma humana, de una inmensa sabiduría: de la Sabiduría.

Cuando esa Sabiduría se une con el alma se le quita completamente cualquier duda y equivocación y niebla, y se la ubica dentro de una luz pura y clara que es Dios mismo … Ahí, el alma se conoce a sí misma con esa Sabiduría por intermedio de Él mismo y a través de esa Sabiduría conoce el poderío del Padre en su fecunda facultad procreativa, su esencia primigenia en su simple unidad sin diferenciación alguna.

Tengamos presente que el Maestro Eckhart, en estos sermones, se expresa en un lenguaje que quizás podría ser considerado el de Juan de la Cruz o de Teresa de Ávila, los místicos cristianos por excelencia. Su prédica no va dirigida a los fieles comunes y corrientes, típicos asistentes a la misa dominical. Nuestro fraile dominico transmite su enseñanza espiritual a unas monjitas amantes de Dios cuyo interés es con frecuencia el de adelantar, por la vía del ascetismo, de la meditación y de la oración concentrada, en el camino que conduce a la iluminación y a la unión con la divinidad. Además, es legítimo pensar que el Maestro habla desde su propia experiencia mística, conocedora de las dificultades que presenta el avanzar por la rigurosa vía que lleva a tal elevada meta.

Con todo, hay también una orientación para nosotros, inmersos en un mundo lleno de contradicción y de amenaza para la salud espiritual del hombre. Leamos la palabra del Maestro Eckhart con gran detenimiento, meditemos en ella, tratemos de aplicarla en alguna medida. Así también adelantaremos en el logro de nuestro proyecto espiritual, tal vez más modesto.

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© 2012 Lino Althaner