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En todos los continentes de mi Tierra hay desiertos que florecen. En el norte de Asia -el desierto de Gobi- y de África -el de Sahara-, en Australia y en todas las latitudes americanas -desde el valle de la Muerte hasta el desierto de Atacama. Es casi una ley del desierto, la de que debe florecer en algún momento del año, en ocasiones con inusitado esplendor. En tales lugares. como por arte de magia, la tierra capta la escasa humedad que da la vida, la trabaja con su alquimia maravillosa y transforma los áridos espacios en jardines fecundos.

De una de mis excursiones por el desierto de Atacama, en esa faja angosta que corre entre la cordillera y al mar, en el extremo sur occidental de América, surgieron las líneas siguientes:.
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Flores del desierto
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Yo quisiera pensar que aquí la tierra
casi se abre como página en blanco
aún vacía de errados motivos
aún limpia de falsas inscripciones.

Aquí abunda lo inaparente
lo inefable que los hombres apartamos
cual vacío o silencio
que pensamos inútil.
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En la selva ciudadana
nos remecen el ruido y el color
sobre el fondo inestable de la ira
de los movimientos seductores.

No así en el desierto
cuando anuncia sin voces sus tesoros
y los muestra en las flores imposibles
que adornan su silencio.

Tengamos paciencia. Quizás también florezcan aquellos desiertos. Los que llevamos en nuestro interior. En los cuales suele estar vedada la locura de una flor.
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© 2012 Lino Althaner