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Chen Yifei – Rights reserved – image from Cuaderno de Retazos

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En la China legendaria, nos recuerda Hermann Hesse en la introducción de El juego de los abalorios, en la China de los ‘antiguos reyes’ se atribuía a la música una gran importancia tanto para la formación de las personas como para la vida de la comunidad. La música estaba relacionada con el bienestar de la cultura en general, por lo cual los maestros de música debían velar rigurosamente por la conservación y la pureza del ‘antiguo lenguaje musical’.  La decadencia de la música indicaba nada menos que declinación total. Era de esperar, si la música sacrílega resonaba demasiado, que la justicia vacilara y que el pueblo se alzara, que todo buen orden se perdiera, que los muros temblaran y se vinieran abajo, que cayeran los reinos en manos peores.

Veamos qué nos dice al respecto el venerable Lü Bu Wei (259-210 a.C.) en sus Anales de Primavera y Otoño:

El nacimiento de la música se remonta muy atrás en el tiempo. Tiene ella origen en la medida y arraiga en el Gran Uno. El gran Uno procrea los dos polos; los dos polos -yin y yang- engendran la fuerza de la oscuridad y de la luz.

Cuando el mundo queda en paz, cuando todas las cosas están en calma, cuando todas siguen en sus mudanzas a las que les son superiores, la música cobra integridad. Cuando los deseos y las pasiones no andan por falsas vías, la música se hace pefecta. La música perfecta tiene su causa. Proviene del equilibrio. El equilibrio emana de lo justo, lo justo procede del sentido del universo. Por eso, sólo se puede hablar de música con un hombre que ha llegado a conocer el sentido del universo.
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Cunde Wang – Rights reserved – image from Cuaderno de Retazos

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La música reposa sobre la armonía entre el cielo y la tierra, sobre la concordancia entre las tinieblas y la luz.

No es que los pueblos decaídos, no es que los hombres maduros para la ruina carezcan de música; más su música no es serena. Así, pues, cuanto más rumorosa es la música, más melancólicos se vuelven los hombres, más hondo caen los príncipes. De esta suerte, piérdese también la esencia de la música.

Lo que todos los príncipes santos supieron estimar en la música fue su serenidad. Los tiranos -…- hacían música grandísona. Tenían por hermosos los sonidos fuertes y por interesantes los efectos de masa. Ansiaban nuevos y extraños sonidos, tonalidades nunca oídas antes; trataban de superarse uno a otro excediéndose de medida y de meta.

La causa de la ruina del estado de los Chu fue el haber inventado la música mágica. Asaz resonante es está música, sí, mas se ha distanciado de la real esencia de la música. Y como dista de la verdadera sustancia musical, no es serena. Si la música no es serena, la vida adolece y el pueblo murmura. Débese todo ello a que se ignora la esencia de la música y sólo se han logrado estridentes efectos sonoros.

Por eso, en tiempos bien ordenados, la música es tranquila y amena -…- La música de una era inquieta es agitada y rabiosa. Los gobiernos están trastrocados. La música de un país decadente es sensiblera y triste. Su gobierno peligra.
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Pero la estimación por la música, la dotada de nobleza, no se ha perdido en China. Lo prueban estas pinturas, que hablan de amor por los ‘dulces sones acordados’ y ‘los plectros suavemente meneados’, es decir, por la armonía musical. Se recuerdan, claro está, otros tiempos, revestidos quizás con la pátina de lo legendario o de lo mítico. Lejanos tiempos.

Música lejana, ahora venida a menos.

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A los tiempos presentes, estridentes, necesitados de altoparlantes que amplifiquen lo que ya es estruendo y disonancia, le vienen estas palabras, escritas hace bastante más de un milenio, como de perillas. La música expresiva de deseos animales, de instintos adocenados, esa es la que hoy impera. Expresiva de violencia y grosería. La música influye en la sociedad y la retrata de cuerpo entero. Los ‘templos del oído’ (Rilke) están a mal traer. Los sonidos salvajes no se ocultan. Están en todas partes. Incluso en los palacios de los gobernantes y de los poderosos se siente a sus anchas.  Prospera los viernes y los sábados en las tardes, para mal de los amigos de la armonía. La estridencia y la disonancia, por supuesto, no son sólo musicales.  Caminemos un poco por las calles. Entremos a una galería de arte. Miremos un poco más. ¿Están las cosas en orden? ¿Impera una mínima justicia? ¿Es que no hay corrupción?

¿Es que lo que brilla no es de pronto casi pura decadencia?

 

© 2012 
Lino Althaner