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No ceses de esculpir tu propia estatua
Plotino I, 6, 9, 13

Ese imperativo, tal como lo expresa Plotino en la cita más extensa incorporada en una entrada reciente de este blog:
(https://todoelorodelmundo.wordpress.com/2012/04/27/plotino-el-maestro-eckhart-y-miguel-angel/),
el filósofo neoplatónico intentó aplicarlo en su propia existencia.  El de descubrir bajo la apariencia, bajo la mera imagen de su persona, el modelo eterno de sí mismo, su auténtico ser. Difícil tarea para un hombre: a través de una vía de purificación, emprender la tarea de separar a su yo de todo lo que no es él mismo. Olvidarse de su cuerpo, dejar su conciencia sensible, abandonar los placeres, las penas, los deseos, las experiencias, los sufrimientos, limpiar su alma del turbio sedimento que las contingencias de la vida han depositado en ella, desdibujando su pureza primigenia. Pero no menos que esa es la ruta que ha de seguir un filósofo cómo él, impregnado hasta tal punto del idealismo platónico que lo ha hecho florecer en un nuevo intento por alcanzar la realidad de las formas verdaderas y bellas.

Su obra, contenida en las Enéadas, no sería, se ha dicho, sino un conjunto de ‘ejercicios espirituales en los cuales el alma se esculpe a sí misma, es decir, se purifica, se simplifica, se eleva al plano del pensamiento puro antes de trascenderse en el éxtasis’ (Pierre Hadot, ‘Plotino o la simplicidad de la mirada’, Alpha Decay, Barcelona 2004). Recorrido hacia lo puro y hacia lo simple que Plotino trató de encarnar en su propia vida. Camino en el cual, para llegar a ser él mismo, el hombre ha de despojarse de todo ‘conocimiento’ o ‘saber’.  Tal como lo dijera San Juan de la Cruz, místico y poeta de raigambre neoplatónica, en la Subida del Monte Carmelo (1.13.11) : ‘Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada’. Abandono de toda imagen. De todo concepto. Desaprender lo conocido -tal como lo recomienda también el Tao Te King– para acercarse a lo desconocido.

Plotino experimentó el éxtasis místico en varias oportunidades en el curso de su vida, según nos cuenta su discípulo Porfirio. Nos imaginamos, tal como lo sugiere Pierre Hadot, que su más íntimo deseo habría sido el de permanecer en ese plano toda su existencia. En el plano en que, inmerso en la suprema unidad, ya no lo veríamos como al Plotino que enseñó a los romanos su filosofía en el siglo III, sino como el Plotino ideal y eterno, cristalina semejanza de Dios mismo.

Haciendo realidad esta otro pensamiento:

Cada alma se convierte en lo que contempla
Plotino IV, 3, 8, 15
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© 2012 Lino Althaner