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Este poema lo escribió un famoso poeta sufi nacido en España, Ibn el Arabi de Murcia (1165-1240):

‘Mi corazón se ha vuelto capaz de cualquier forma.
Es un prado para las gacelas
y es un convento para los cristianos.
Es un templo de ídolos
y es la Ka’ba del peregrino.
Es la ley de la Torá y es el Corán.
El Amor es mi credo: dondequiera vayan sus camellos
el Amor es mi credo y mi fe.’

Me imagino que en esos tiempos habrá sido mucho más difícil que ahora hablar de diálogo interreligioso o de superar las formas que los hombres se han dado para creer todos, sea cual sea la forma, en el mismo Dios. Sin embargo, el inspirado poeta, el sabio andaluz se atrevió, como muchos otros místicos musulmanes. Sus palabras siguen sonando en nuestros oídos, con su indesmentible belleza y verdad.

Otro poeta sufi, el persa Mahmud Shabistari (1288-1340) expresó lo mismo en un poema, del cual cito lo que viene:

‘Cuando se levanta el velo que hay ante ti,
no perduran ya las ataduras de sectas y creencias.
-…-
¿Qué es entonces mezquita, qué es sinagoga, qué es templo del fuego.’

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Arte de la Abadía de Beuron – Ángel de pie

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Un apasionado creyente en la unidad trascendente de las religiones, Fritjof Schuon, en un ensayo titulado ‘Religio perennis’ (Light on the Ancient Worlds, p. 142, citado en Seyyed Hossein Nasr, Sufismo vivo, Herder, Barcelona 1985, p. 186) nos dice unas palabras que transcribiré a modo de glosa de tales versos místicos:

‘La inteligencia humana en general y la inteligencia humana en particular no pueden comprenderse sin el fenómeno religioso, que las caracteriza del modo más directo y más completo. Captando la naturaleza trascendente -no meramente psicológica– del ser humano, captamos la de la revelación: comprendemos su posibilidad, su necesidad, su verdad. Comprendiendo la religión, no en tal o cual forma, o según un determinado sentido literal, sino también en su esencia informal, comprendemos igualmente las religiones, es decir, el sentido de su pluralidad y diversidad. Ese es el plano de la gnosis, de la religión eterna –religio perennis-, en el que las antinomias extrínsecas de los dogmas se explican y se resuelven’.

Al individuo aislado suele serle fácil entender esta enseñanza, cuyo aprendizaje y cuya práctica son imprescindibles para que el hombre ascienda por fin un peldaño en la escala del auténtico progreso. A las instituciones suele serles bastante más difícil, pues el poder que ejercen se estructura alrededor de unas formas, de unos dogmas, de unos ritos necesarios para aglutinar a los hombres alrededor de una creencia oficial. Pero que, más o menos, no son sino solo símbolos o lejanas imágenes de aquello a lo que aluden: Dios.
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© 2012 Lino Althaner