Comenzamos, de acuerdo a lo prometido, esta relectura del Libro del Camino y de la Virtud -el Tao Te King– atribuido al mítico sabio chino Lao Tse. Es esta una lectura no esforzada, lenta. Quisiera que profunda. Los comentarios son personales, no académicos, propios no de un especialista en filosofía china sino más bien de un simple estudioso que, enfrentado de pronto a este texto misterioso, debe sacar espontáneamente unas consecuencias razonadas de lo que va leyendo.

Nos encontramos, pues, nuevamente, frente al capítulo I del Libro, que incursiona en el concepto mismo de Tao como origen y como ley del universo:

‘El Tao que puede expresarse
no es el Tao permanente.
El nombre que puede nombrarse
no es el nombre permanente.’

Aquí se nos está hablando de una Realidad Suprema. Se trata de una realidad inaccesible a la mente y a los sentidos, ya lo hemos dicho. Ella es completamente ajena al mundo fenomenológico habitual, a la vida del hombre. Lo que aquí se nos dice es que esa Realidad Suprema no es susceptible de ser expresada. El origen de toda realidad, el más allá de toda apariencia, es inexplicable.

Si pudiera ser discernida, categorizada, expresada, no sería la verdadera Realidad Suprema. No sería el auténtico Tao.

Esta Suprema Realidad no tiene nombre. Es posible darle un nombre convencional, pero no un nombre aproximadamente revelador siquiera de lo que es en verdad. El mismo nombre que el Libro le asigna -Tao- no sirve para entenderlo con propiedad. Pues tao tiene, entre otras acepciones, la de ‘camino‘, ‘curso‘, ‘proceso‘, ‘orden‘, ‘ley‘, pero ninguno de tales significados es siquiera remotamente aproximado a lo que el Tao auténtica y esencialmente es.   Mucho más que cualquiera de ellos separadamente o que todos en conjunto. Intuimos su presencia, atisbamos los reflejos de su presencia, adivinamos su virtud y su eficacia. Pero ella misma, esa Suprema Realidad, es indescriptible.

Si pudiera ser nombrada con un nombre preciso, si pudiera ser descrita, ya no sería la Suprema Realidad, la Primera y la Última, de que hablamos. No sería el verdadero Tao, origen y orden del cosmos.
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Sigue este capítulo:

‘El no-ser es principio del Cielo y de la Tierra;
el ser de los infinitos seres es madre.
Por eso con el permanente no-ser
se contempla la esencia escondida del Tao;
 con el permanente ser
se contemplan meros indicios del Tao.’

Esta Suprema Realidad es anterior al Cielo y a la Tierra, es decir, al cosmos, a la naturaleza. Pero en cuanto origen del Cielo y de la Tierra, su ser completamente Otra, indescriptible, inexpresable, indiscernible, su falta de atributos ontológicos, susceptibles de ser especificados o fundamentados, la hace más cercana a lo que ‘no es’, a la Nada, que al ser de las cosas y a la realidad de los fenómenos a que el ser humano tiene acceso. 

Es por ello que si quiere aproximarse al Tao, debe el hombre hacerlo desde la nada más bien que desde el ser. Es por ello tal vez que la proeza iluminativa, contemplativa y unitiva, sólo la alcanza el místico, de todo despojado, anonadado, en la lejanía de sí mismo, en la noche oscura, en la nube del desconocimiento.

Desde esa Suprema Realidad habría que descender tal vez un peldaño, por decirlo así, para hallar el principio del que nacen las cosas. Tal sería el que es definido por el texto como ‘madre de los infinitos seres’, de los entes que pueblan el cosmos, el hombre entre ellos. ¿El principio creador?

Y termina el capítulo I con estos versos:

‘Estos dos (no-ser y ser) tienen el mismo origen
aunque diferentes nombres;
tanto al uno como al otro puedes llamarlos misterio.
Misterio de los misterios,
llave de toda mudanza.’

Cuando el texto se refiere a los ‘dos’ que ‘tienen el mismo origen’, pareciera estar refiriéndose al yin y al yang, las dos fuerzas omnipresentes  en eterna oposición y síntesis  que estructuran el universo y explican las alternancias vitales y los cambios. Yo diría que ellas emanan del Tao para comenzar misteriosamente a manifestarse en cuanto a eficacia suprema en los movimientos del cosmos y en la experiencia de la vida.

‘Tal es el misterio de los misterios,
llave de toda mudanza.’

Claro es que todo este capítulo es metafísica pura, expresada en el lenguaje de la metafísica. Que no es, por cierto, el mismo idioma que se emplea para decir ‘este lápiz es mío’ o ‘esta comida no me gusta’. El lenguaje de la metafísica es más obscuro. Puede de pronto parecernos contradictorio. Ello no es extraño, pues se refiere la metafísica a un ámbito en el que no son válidas la lógica humana ni el Diccionario de la Academia.

El Tao Te King es un libro de sabiduría, de filosofía. No es, en principio, un libro religioso. O de teología. Con todo, el taoísmo derivó en religión, con el Tao Te King como uno de sus libros sagrados, por cierto, y Lao Tse como una figura sagrada. El concepto de Tao que se esboza en este capítulo I y se completa en otros -por ejemplo el XXV- es familiar al estudioso de las religiones. Ya nos hemos referido en otras entradas de este sitio al Ser Supremo de los místicos, del Pseudo Dionisio Areopagita, del Maestro Eckhart, de Juan de la Cruz. Al Dios de los sufíes y de los cabalistas. Al Dios extraño -lejano y ajeno- de los gnósticos antiguos. Al Dios que divisó Plotino sumido en trance extático.
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© 2012 Lino Althaner