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‘¿Quiénes somos?¿En qué nos hemos convertido?¿Dónde estamos?
¿Dónde hemos sido arrojados? ¿Adónde vamos?
¿De dónde nos viene la liberación?’

Clemente de Alejandría

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La del epígrafe es la cuestión más actual en el mundo mediterráneo, durante los primeros siglos de esta era. Muchos se disputan por darle respuesta. Filosofías y religiones, espiritualidades, cábalas y alquimias. Los gnósticos, muy vigentes en esos días, y muchos de ellos sinceros cristianos, afirmaban que las almas habían caído como efecto de la acción de la potencia creadora del mundo sensible, que a su ámbito imperfecto las había atraído. Seguían perteneciendo al mundo espiritual, aunque ahora prisioneras de la materia, enclaustradas en el cuerpo de los hombres. Sólo con la redención, promovida por un Dios extraño y lejano a los hombres, conmovido por su desgracia; sólo con la venida del Salvador, el Hijo de ese Dios, obtenida la derrota de la potencia malvada, el sufrimiento y nostalgia de las almas por su patria verdadera, tocaría a su fin.

A Plotino, el filósofo idealista, neoplatónico, que vive en el siglo II, primero en Alejandría de Egipto y luego en Roma, donde comienza a enseñar, la cuestión esa le llega muy de veras.

Sabe Plotino que su yo verdadero no es de este mundo. Sabe que esa parte, la más refinada y auténtica de sí mismo, su esencia espiritual, necesariamente habrá de regresar al mundo a que pertenece en propiedad. ¿Dónde hallar ese mundo espiritual, buscarlo por qué caminos? Nos explica Pierre Hadot, en su maravilloso libro sobre Plotino, que tantas veces he recomendado: Ese ‘mundo espiritual no es un lugar supraterrestre o supracósmico del que lo separarían -al hombre, al espíritu humano- los espacios celestes. Tampoco es un estado original irremediablemente perdido al que sólo la gracia divina podría conducirle de nuevo. No, este mundo espiritual no es otro que el yo más profundo. Se puede alcanzar de manera inmediata mediante el recogimiento.’

Así, pues, coincidiendo con los gnósticos en cuanto al enclaustramiento material y corporal del alma, precisa Plotino enérgicamente que la luz del Espíritu supreo está mucho más cerca de lo que aquéllos opinan. No está necesariamente en la lejanía del hombre. Reside también en su interior esa Luz de lo alto.
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Zhao Chun – Rights reserved – image from Cuaderno de Retazos

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Plotino vive la experiencia mística de verse en un nivel superior, inmerso en la pura luminosidad, en ella identificado con el Espíritu, primera emanación del Uno, del Bien, del Principio supremo. Así dice de su experiencia:

‘Muchas veces  saliéndome  del cuerpo y de las cosas, despertándome y entrando en mí mismo, de pronto he podido contemplar una belleza maravillosa y convencerme que pertenezco a lo más alto en el mundo superior.  Y  he vivido la vida más noble, convertido en idéntico a lo divino, ejercitándome en las cosas supremas, situado por encima de cualquier otra realidad. Más luego, tras esa estancia en la región divina, una vez más he descendido desde la suprema inteligencia al mero raciocinio. Y me he preguntado: cómo ha sido posible una vez más descender de este modo, cómo es posible que mi alma haya llegado a vivir dentro de un cuerpo, a morar en este cuerpo tal como es en su esencia, tal como entonces su belleza se me presentó.’

Preparado en una vida rigurosa, disciplinada, austera, en la familiaridad con los más elevados pensamientos, suele Plotino experimentar el momento privilegiado del despertar a una realidad que invade su conciencia. Realidad que es sola hermosura, puro y sereno contentamiento y luminosa contemplación. ¿Sin embargo, cómo hacer para hacer de esa experiencia algo duradero? Imposible. ‘Tras esas iluminaciones fugitivas -síguenos diciendo Pierre Hadot- se muestra del todo sorprendido de encontrarse de nuevo tal como era, viviendo en su cuerpo, consciente de sí mismo, razonando y reflexionando sobre lo que le ha ocurrido.’

Con todo, que camino inenarrable ha recorrido, entre Dios y la materia. Las realidades del mundo, la cárcel del cuerpo, por un lado. Por el otro, el espíritu cercano al Intelecto, en la inmediatez del principio de todas las cosas.

Conforme a la jerarquía recibida de la tradición platónica, ‘ningún grado de la realidad puede explicarse sin el grado superior: la unidad del cuerpo no puede explicarse sin la unidad del alma que lo anima; la vida del alma, sin la vida del Intelecto superior que contiene el mundo de las Formas y las ideas platónicas, y que ilumina el alma y le permite pensar; y tampoco la vida del propio Intelecto, sin la simplicidad fecunda del Principio divino y absoluto’, la inefable verdad, la belleza inconcebible.

¿Cómo no recordar esos versos hermosos de fray Luis de León:

‘Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,

el amor y la pena
despierta en mi pecho un ansia ardiente,
despiden larga vena
los ojos hechos fuente.

Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
el alma que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?’

Nostalgia de Plotino. Sublime nostalgia de fray Luis. Nostalgia del alma alejada de su doble divino.

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© 2012 Lino Althaner