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 Siguen a continuación mis comentarios al capítulo II del Tao Te King.

Uno de los principios en que se fundamenta la filosofía de este libro es el de mutua interacción de los contrarios.

Según su mente y  sus sentidos limitados captan las cosas y los fenómenos, la vida del hombre, enmarcada en las apariencias del espacio y del tiempo, puede de pronto parecer una cadena sin sentido de sucesos. La persona, nada más que una cáscara de nuez llevada y traída por corrientes imposibles de dominar. La relatividad, la impermanencia, parecen confundirla por doquier. En su afán por interpretar lo que ve como realidad, el ser humano advierte como se suceden el bien y el mal, la verdad y la mentira, la hermosura y la fealdad, lo recto y lo torcido, lo elevado y lo ínfimo, la paz y la guerra, en ininterrumpida e interminable, en agotadora contradicción. Por si fuera poco, lo que hoy le parece bueno, no es raro que mañana le parezca más bien malo. Lo que en un momento se le revela como  infelicidad insuperable, al momento siguiente es posible le sea semejante a la pura alegría de vivir.  No es infrecuente que lo que hoy parece tener los atributos del ser, de lo real, mañana se vuelva polvo, se transforme en nada. Así, la vida no puede sino asemejarse al caos. Un caos humano. Un caos social.

El hombre se empeña en ordenar el caos aparente.  Pretende definir lo bueno y lo malo y precisar los rasgos de la belleza y de la fealdad, de lo racional y de lo absurdo.  Puebla su vida de definiciones, de conceptos, de clasificaciones y jerarquizaciones. De visiones del mundo, de dogmas, de lo que son, a sus ojos, verdades o errores. Y lo vemos día a día, cómo se afana por sus ideas, se pelea por ellas, descalifica a quien no las comparte, se acerca al que las aprecia. Pero el mundo gira indiferente, se suceden las estaciones, las buenas y malas cosechas, las calmas y las tormentas. El hombre hace gala de sus sistematizaciones, de sus talentos y de su inteligencia. Mientras los terremotos y los tsunamis, indiferentes, siguen demoliendo las grandes construcciones. Siempre, por cierto, que los hombres sean imprudentes en sus edificaciones o insistan en construir en la playa, a la orilla del mar.

Pero la naturaleza por nada se altera. No cabe en ella el resentimiento ni la animosidad. En cambio, el hombre se afana, se urge. Y en su intento por ordenar, el hombre desordena. Adquiere conocimientos para dominar; elabora ingeniosos sistemas de ideas, incomprensibles filosofías hechas para el goce de los pocos que las entienden; construye artefactos, edifica el ‘progreso’, para sacar ínfimo provecho; inventa fronteras, discrimina, y luego se pelea por los límites, por las arbitrariedades que inventa, dominado por siniestras motivaciones. Persigue organizar la sociedad. Pero el Tao no sabe de izquierdas ni de derechas.
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La naturaleza no se altera. Sigue la tierra girando alrededor del sol. Siguen los cuerpos celestes sus evoluciones. Y el cosmos entero sus ciclos, sin que nada intervenga, sino el Tao invisible e indefinible que los atraviesa. Siguen las gentes naciendo y envejeciendo, siguen los hombres acarreando restos a los cementerios. Las cuitas de los hombres, siguen siendo las mismas. Los mismos sus sufrimientos. Pero el Tao también a ellos los atraviesa. Parece desordenarlos, pero los vuelve a ordenar y a sanar, tras las peores calamidades. Sin embargo, todo se complica si los hombres interfieren  demasiado, a su gusto y medida, sin considerar lo que importa verdaderamente.

Lo que importa de verdad es que hay un principio, un orden oculto que todo lo origina, que todo lo modela, que todo lo cambia, que a todo le da vida y que a todo le pone término. Hay una esencia sutil, hay un movimiento que todo lo ordena, sin necesidad alguna de que el hombre intervenga en sus formas de actuación. Si es que no se ajustan a ese origen y a ese orden -a ese camino que es el Tao- las discriminaciones humanas, bastante arbitrarias con frecuencia, y las humanas acciones, sólo pueden generar desorden.

En el mundo todos saben por qué lo bello es bello,
y así aparece lo feo.
Todos saben por qué lo bueno es bueno,
y entonces aparece lo que no es bueno.

Lo que para el hombre tiene el aspecto de bello o de feo, de bueno o de malo, de largo o de corto, de alto o de bajo, no es sino parte del juego de la naturaleza en su manifestación a la mente y a los sentidos, a los estados de ánimo y a los temperamentos.  Todos esos aspectos que asume lo que vemos, no es sino parte del ritmo inevitable de la naturaleza. Unas  a otras se engendran las corrientes acuáticas y las olas, espontáneamente, sin esfuerzo, para generar la visión de lo que para nosotros es el mar.

Por eso el ser y el no-ser se engendran mutuamente,
lo difícil y lo fácil se producen mutuamente,
lo largo y lo corto se forman mutuamente,
lo alto y lo bajo se completan mutuamente,
el sentido y el sonido se armonizan mutuamente,
delante y detrás se siguen mutuamente.

Tal como escribe un cometarista de este libro -el español Iñaki Preciado Idoeta- ‘los seres -y las fuerzas que en ellos se manifiestan- no son realidades aisladas e independientes -…-; todos los ámbitos de la realidad objetiva y todos los territorios de nuestro pensamiento son presentados en sus contradictorios condicionamientos. Todos representan una unidad de contrarios. Si uno de los aspectos no se da, tampoco se puede dar el otro’. Ello es lo que significa que el ser y el no-ser se engendran mutuamente.

La acción conjunta de las fuerzas contrarias -lo femenino y lo masculino, lo pasivo y lo activo, lo oscuro y lo claro- que interactúan en la naturaleza, hacen la realidad. Ellas se mezclan, surgen una de la otra, y no pueden ser concebidas aisladamente sino en su conjunto. Ellas son lo que son,  como la naturaleza es lo que es. Y que el hombre no intente domesticarla o reformarla. De ello sólo males pueden surgir.

La armonía que generan tales fuerzas, no siempre es fácil de percibir. Ni siempre es fácil de aceptar que esta allí. Y así, el equilibrio natural entre el Cielo y la Tierra es algo que al hombre suele pasarle inadvertido. Además, le resulta difícil aceptarlo. Lo pone en un pie de humildad, de subordinación, que su soberbia es incapaz de aceptar.  Consciente y voluntarioso, razonador desmesurado, egoísta y amante de la acción, tiene el ser humano -sobre todo el hombre asociado, institucionalizado, adocenado- la negativa propensión a alterar con sus empresas la armonía del cosmos. En el desprecio de la naturaleza, en la forma en que actúa con sus congéneres, en el descuido con que se trata a sí mismo, aparece ello con patente claridad. Al intervenir imprudentemente, produce una perturbación que dificulta el acuerdo natural de esas fuerzas. Pone un obstáculo a su inevitable equilibrio.

Son fuerzas que no actúan solamente en el mar, en los ríos y en los vientos, en las sequías y en los campos dispuestos para la cosecha. Están en todas parte. En la vida de los hombres, en sus emprendimientos, en sus instituciones, en la política, en la paz y en la guerra. Los contrarios actúan en todas partes. En todas ellas debe abstenerse el ser humano de perturbar el funcionamiento espontáneo de las fuerzas cósmicas, permitiendo que se imponga sin esfuerzo la sabiduría de la naturaleza, que es el orden del Tao.
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En la naturaleza el sonido y el silencio se complementan para producir una especie de música. En la acción de los hombres, el estruendo que destruye al silencio genera cacofonía y malestar. La acción de los hombres puede ser maligna. Aunque bienintecionada, si es excesiva, debe ser descartada. Es por ello que el Tao Te King recomienda respetar las leyes naturales, actuar mínimamente, no confiar demasiado en recursos humanos ni incurrir en soberbia. Insta al ser humano a ser consciente de que  el mismo es parte también de la unidad cósmica traspasada por el Tao, generador de equilibrio. Espontánea armonía, delicado equilibrio, en cuya virtuosa manifestación no cabe interferir.

Por eso el sabio se acomoda en el no-actuar,
ejercita la enseñanza sin palabras,
deja que los seres se desarrollen por sí mismos
y no los gobierna,
los deja y no los posee,
déjalos actuar por sí mismos y no se impone a ellos,
triunfa en su empeño, mas no se apodera del fruto.
Justamente porque no se apodera del fruto,
por eso mismo el fruto no le abandona.

Es por ello que el Tao Te King, el Libro del Camino y de la Virtud, recomienda el wu wei, el no hacer, o más propiamente, el hacer con mesura, con respeto, sin esfuerzo. Sin dar nada por propio. Sin desgastarse en razonamientos inútiles ni en demostraciones vacías. Sin interés. Dejando que en el hacer el buen Tao se manifieste, con la  misma justa economía y concentrada delicadeza con que se hace presente en un haiku, tan bello como éste:

Un árbol

Tierno saúz
Casi oro
Casi ámbar
Casi luz.

Quien actúa con tal mesura, con tal desinterés, con tanta humildad, triunfa en su empeño. El fruto no lo abandona. El fruto del sabio. El fruto verdadero.

Ya examinaremos otros capítulos del Tao Te King en que similares ideas son desarrolladas en sus ricas consecuencias. Pero esto es lo que me sugiere, por ahora, este capítulo II.

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Las imágenes corresponden a pinturas de Kuang Jia, pintor chino. Me las ha facilitado mi amiga Itsaso, del blog Cuaderno de Retazos. Y ese haiku maravilloso es de José Juan Tablada (1871-1945), poeta mexicano, y lo he tomado del blog Hendiduras Secretas, de mi amigo Julio Santizo Coronado.
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© 2012 Lino Althaner