.
La conciencia está situada entre dos fuegos.

De un lado el de los bienes y los goces que extraemos de las cosas terrestres y corporales a que naturalmente nos apegamos, aunque luego tengamos que sufrir el efecto de su relatividad y de su impermanencia. Con qué afán los perseguimos, y los obtenemos, a costa de qué energías, sin embargo que luego nos dejen un tanto insatisfechos, sedientos de algo más, de algo distinto.

De otro lado, el fuego deseado de lo sublime que intuimos,la simple verdad y la simple belleza, la simple alegría  que ocasiona el contacto con lo supremamente humano -lo divino- que vive, según lo creemos,  en lo más profundo de nuestro ser. La experiencia de este fuego, mucho más difícil, más bien excepcional, pero también transitoria, fugitiva. Aunque nos gusta pensar que esta última especie de goce, del que los místicos saben más a fondo, es sólo la promesa de un deleite inacabable en otro ámbito, ni espacial ni temporal.

Plotino, metafísico neoplatónico, maestro de hombres espirituales, era el mismo un místico. Sabía de lo relativamente accesibles que suelen ser los bienes y goces mundanos, y también de lo dificultoso del acceso a las profundidades del propio yo, a la cámara del tesoro desde la cual él afirmaba la posibilidad de avizorar el Principio Supremo, estar más cerca del Supremo Intelecto y tal vez hacerse uno con el mismo espíritu divino.

¿De adónde esta dificultad? Plotino nos lo explica. Es que hemos terminado por tener la conciencia cerrada a la vida espiritual. Tan cerrada a esa vida, que es como si ella no existiera. El espejo en que también sus realidades tendrían que reflejarse lo tenemos empañado. La preocupación desmedida por las cosas mundanas, las exageradas solicitudes por el cuerpo, han hecho que nuestra conciencia no sea ya capaz de decirnos de esa experiencia que llevamos dentro.
.

Katsushita Hokusai – Ola femenina – imagen de wikipaintings.org

.
¿Será acaso tan difícil pulir el espejo de la conciencia, para despertarla a la realidad espiritual? El método recomendado por Plotino parece simple:

‘Hay que dejar de mirar; es preciso, cerrando los ojos, cambiar esta manera de ver por otra y despertar esta facultad que todo el mundo posee pero que pocos utilizan.’

Es preciso, pues, ponerse en disposición de serenidad. Es preciso acallar los clamores del cuerpo y de la tierra. Es preciso, en posición de reposo, meditar. Pues si la conciencia, si

‘el espejo, aquello donde aparecen los reflejos de la razón y del Espíritu no está perturbado, ahí es posible ver y conocer dichos reflejos mediante una suerte de percepción, sabiendo de entrada que se trata de la actividad de la razón discursiva y del Espíritu. Pero si la conciencia es como un espejo roto” todo reflejo se pierde en la nada, como si no existiera.

No es entonces por odio hacia el cuerpo que haya que alejarse, según Plotino, de las cosas sensibles. No son malas, en sí mismas. Sólo que la preocupación que nos ocasionan cierra las puertas a una parte de nosotros, las más importante, la más noble, la más fina.

‘Si se quiere que haya conciencia de las cosas trascendentes que están presentes en la cima del alma, es preciso que la conciencia se vuelva hacia el interior y que aplique su atención hacia lo trascendente. Sucede lo mismo que con un hombre que estuviera a la espera de una voz que deseara oir: separaría todas las demás voces y aguzaría el oído hacia ese sonido que prefiere a todos los demás para saber si se acerca; de la misma manera, es preciso que prescindamos de los ruidos sensibles, salvo en caso de necesidad, para salvaguardar el poder de conciencia del alma, pura y presta a escuchar los sonidos que vienen de arriba.’

Cuan simple. Cuan aparentemente fácil, pero en el hecho tan tremendamente dificultoso. Mantenerse al margen de los asuntos humanos, de las imágenes mundanas, con frecuencia ilusorias, de los apetitos y reclamos del cuerpo. Huir de la multiplicidad, acercarse a la indeferenciación, a la Unidad. Cuan difícil alcanzar ese estado en que el alma

‘no se sobrecarga con muchas cosas sino que es ligera, sólo es ella misma; y, en efecto, ya aquí abajo, si quiere estar en lo alto, estando aún aquí abajo, el alma abandona las demás cosas’.

Pero con qué efímero resultado, mientras mora en la tierra. Sigamos a Plotino en la próxima entrada dedicada a su obra, con la sabia guía de su retratista espiritual, Pierre Hadot (Plotino o la simplicidad de la mirada, Alpha Decay, Barcelona, 2004).
.


© 2012 Lino Althaner