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Tenía casi listo para la edición el comentario sobre el capítulo III del Tao Te King, cuando fui invitado por unos amigos a salir a tomar té. La entrada aquella quedó, pues, postergada para mañana, pues no es algo que se pueda hacer a presión, una nota sobre ese libro, y particularmente si se refiere al capítulo III, que presenta dificultades especiales de interpretación. Sin embargo, me había autoimpuesto el deber de sacar hoy una entrada. Una que me fuera más fácil redondear.
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Bartolomé E. Murillo – San Agustín meditando – imagen de wikipainting.org

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Buscando párrafos marcados en los libros de mi biblioteca, me he topado con las Confesiones de San Agustín. Transcribo algunos trozos  destacados por su significación y su belleza literaria. Desde el punto de vista religioso, tienen para mí un sentido que claramente se extiende más allá del cristianismo. La apertura a la trascendencia y la añoranza de Dios es, a no dudarlo, un sentimiento común a los hombres de todos los rincones de la tierra.  Cuando estos sentimientos se hacen conscientes, son capaces de suscitar al ser humano palabras de la mayor sublimidad. Como las siguientes de Agustín:

‘Grande eres, Señor, y laudable sobremanera; grande tu poder y tu sabiduría no tiene número. ¿Y pretende alabarte el hombre, pequeña parte de tu creación … Sí, quiere alabarte el hombre … Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón estará sediento hasta que descanse en ti.’

O éstas, en las cuales hallamos una formulación, en términos de atracción amorosa, de la ley física de la gravedad:

‘En tu don descansamos: allí te gozamos. Nuestro descanso es nuestro lugar. El amor nos levanta hacia él y tu Espíritu bueno exalta nuestra humildad … Nuestra paz está en tu buena voluntad. El cuerpo, por su peso, tiende a su lugar. El peso no sólo impulsa hacia abajo, sino al lugar de cada cosa. El fuego tira hacia arriba, la piedra hacia abajo. Cada uno es movido por su peso y tiende a su lugar … Las cosas menos ordenadas se hallan inquietas: ordénanse y descansan. Mi peso es mi amor; él me lleva doquiera soy llevado.’

En estas otras resuena una voz mística. Se trata del capítulo 27 del libro III, que tanto gusta de citar la religiosidad islámica. Y es que está escrito en un estilo que recuerda al de los misticos sufis, a Rumi tal vez o a Ibn el- Arabi de Murcia. También a Juan de la Cruz y a Teresa de Ávila:

‘¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz’.

Agustín era un neoplatónico, tal como Plotino. Estos párrafos también me traen a la memoria las inspiradas expresiones del autor de las Enéadas. A él hemos dedicado varias entradas en este sitio.

‘Hicístenos, Señor, para tí, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti.’
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Lean y mediten sobre estas palabras antes de dormir. Casi les puedo asegurar que tendrán un buen sueño.
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© 2012 Lino Althaner