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Parece especialmente necesitado de una interpretación, este capítulo III del Tao Te King.
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‘Si no prefieres a los hombres de talento,
el pueblo no rivalizará.
Si no aprecias los bienes inasequibles,
el pueblo no robará.
Si no exhibes nada deseable,
la mente del pueblo no se turbará.
Así, en su gobierno, el sabio
vacía las mentes,
llena los vientres,
debilita las voluntades.
fortalece los huesos,
para que el pueblo carezca siempre de saber y de deseos,
para que los sabios no osen actuar.
Actúa sin acción,
y nada hay que no regule.’

Si uno se atiene a la pura letra, que varía mucho, por lo demás, según la traducción, las expresiones del texto, aparte de oponerse al sentido común a que estamos acostumbrados, suenan decididamente maquiavélicas o muy despectivas para referirse al pueblo como destinatario del gobierno. Como el libro en general, el carácter ambiguo y hasta internamente contradictorio de este capítulo se presta a diversas interpretaciones, como asimismo a su aprovechamiento por tendencias francamente contradictorias. El carácter mismo de la lengua china en un texto antiguo y complejo hace que la tarea interpretativa se torne todavía más difícil. Y para qué decir, la circunstancia de que tengamos que contentarnos con traducciones del original.

Si el Tao Te King ha sido considerado muchas veces como un libro preferentemente dirigido a los gobernantes, a los reyes, este capítulo en especial lo parece todavía más. Se trata de recomendaciones, en principio destinadas a ellos, a quienes ejercen los poderes del gobierno y la administración del estado, aunque pueda sin mayor esfuerzo ser extendido su sentido con el objeto de ampliar su alcance.

 Nos dice este capítulo de una sociedad altamente estatizada. Por lo tanto, de un estado que gusta de intervenir en todos los aspectos de la vida de las personas, para lo cual requiere de una burocracia muy grande y muy especializada, apreciada por los gobiernos como un instrumento de control político y financiero. Los cargos públicos confieren poder y abren las puertas a la riqueza y a la consideración social, por lo cual son disputados por las facciones políticas en pugna y por los intereses económicos contrapuestos.

El capítulo III debe ser entendido como una reacción contra el confucianismo, cuya influencia prevaleciente en la sociedad china y en su organización estatal se trata de contrarrestar. Lo que se dice en este capítulo es ciertamente una defensa de postulados taoístas tales como los relacionados con el wu wei -el actuar mesurado-, con la acción espontánea, que se aprende más en la observación sabia de las fluctuaciones naturales que en el conocimiento formal, y que se aplica imitando a la naturaleza más que ajustándose los hombres a las virtudes, a los procedmientos y a los ritos derivados de una ética meramente externa. Dice también de la poca simpatía del taoísmo por el poder y las riquezas, que considera fuente de ilusión, de desazón y de conflicto.

Así comienza este capítulo:

‘Si no prefieres a los hombres de talento,
el pueblo no rivalizará.’

En la expresión ‘hombres de talento’ está la clave para entender estas líneas. Los ‘hombres de talento’ son ‘los que saben’, los letrados que han acumulado conocimiento; pero no cualquier conocimiento, sino el que ha sido definido por el estado para hacer a una persona merecedora de ocupar un cargo público. Son personas eruditas, que cimentan, además, su prestigio en el respeto de las virtudes que muestran en el trato social. Se trata de las virtudes típicamente confucianas, tales como la ‘benevolencia’, la ‘justicia’ y la piedad filial, así como el riguroso respeto de los procedimientos burocráticos y los rituales prescritos, por ejemplo, con motivo del culto a los antepasados.

Ya hemos visto que el Tao Te King no aprecia en particular a quienes ostentan este tipo de virtudes exteriores y formales, ni menos a quienes pretenden ejercer maestría sobre la base del saber y no de la auténtica sabiduría. No son ellos los indicados para hacer realidad el orden natural en el gobierno, del todo necesario para que de la sujeción a él se siga una eficacia bienhechora para el bien común. Los ‘hombres de talento’ no deberían, por lo tanto, ser preferidos para ejercer funciones públicas, menos si se trata de cargos importantes.

Por otra parte, hay que tener presente que el confucianismo abre formalmente las puertas de la burocracia a todos los hombres, al margen de su linaje, idea que pareció en su momento un avance en términos ‘democráticos’. Pero los cargos, altamente apreciados según se ha dicho, son pocos y demasiados los aspirantes. Se lucha por acceder a ellos, se compite con pasión, se hace uso de trampas, se recurre a todo tipo de influencias, se trata de descalificar al rival por cualquier medio. La concurrencia por los cargos públicos genera ambiciones, favorece envidias, promueve el conflicto y la lucha por el poder. Todo ello perjudica la salud de la sociedad.
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El capítulo empieza, por lo tanto, con una fuerte crítica a un estado que requiere para su gobierno y administración eruditos, conocedores de las normas, de las formas y de los ritos, ‘hombres de talento’, hombres que saben, sin duda, pero que carecen de sabiduría, en el sentido taoísta de esta palabra. Pero hay algo más. Si el estado requiere este tipo de idoneidad para ser administrado, es que el estado mismo es merecedor de una reforma que lo haga compatible con la presencia en él de hombres verdaderamente sabios.

Se hace énfasis, por otra parte, en las consecuencias negativas de la rivalidad, de la competencia, del conflicto social permanente que se da en la sociedad con motivo de la competencia y de la disputa por el poder, las riquezas y la fama.

Pero sigue este capítulo:

‘Si no aprecias los bienes inasequibles,
el pueblo no robará.
Si no exhibes nada deseable,
la mente del pueblo no se turbará.’

La acumulación de bienes por parte de quienes ejercen el gobierno, ostentándolos, sintiéndolos como prueba de su elevación, no es algo beneficioso para el bienestar de la sociedad, para el bien de las gentes. Lo esfuerzos que hay que desplegar para conseguirlos son altamente negativos para el hombre. El consumismo desenfrenado y la adicción que promueve, son males profundamente perturbadores. Su posesión y su lucimiento generan oscuros apetitos, ambiciones, envidias  y resentimientos que de pronto pueden desviarse por el camino del desorden y de la violencia. Las diferencias que genera la posesión desmedida de riquezas, en tanto dicen de falta de equidad y de miseria, suscitan descontento y rebeldía. Además, según la filosofía taoísta, el poder y las riquezas son prueba de la necedad de quien entrega su vida por el puro hecho de tenerlas. Y si los gobernantes hacen ostentación de sus riquezas, qué le queda al pueblo sino emularlos.

El Tao Te King no ve con buenos ojos la asociación del gobernante -ni de cualquier hombre- con la riqueza material. Ésta va comúnmente asociada con quienes ejercen actividades mercantiles. Pero los fines lucrativos de tales empresas son incompatibles con las actividades de gobierno. Sabido es que los grandes mercaderes conocen de formas de actuar que el pueblo no asocia con la honradez. Asociar a quien ejerce el poder político con la pura riqueza puede generar dudas acerca de la legitimidad y la pulcritud de ese poder. Además, es arriesgar a que aparezcan como modelos del pueblo y, sobre todo de la juventud, hombres valorados por los bienes que poseen más que por lo que son en sí mismos. Estos falsos modelos debilitan las virtudes, distorsionan los fines de la existencia y son fuente de infelicidad, de malestar social y de inconformismo.

La disputa por acceder a la burocracia es, a juicio del taoísmo, tan necia como la competencia por la acumulación desmesurada de riquezas. Despertar el apetito por los cargos o por los bienes, no es propio de un buen gobernante.

Esto es lo que nos dice hasta aquí, este capítulo III del Libro del Camino y de la Virtud.

Claro, esto fue escrito varios siglos antes de nuestra era. Probablemente no tenga mucho que ver con el mundo y la vida en nuestra deliciosa actualidad.

Sigo luego con los comentarios a este capítulo III.
La pintura es del artista chino Young Fu Lin y la he traído del blog Cuaderno de Retazos.
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© 2012 Lino Althaner.