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Ahora continúo el comentario del capítulo III del Libro del Camino y de la Virtud (Tao Te King), que dejé anteayer interrumpido. No sin desplegar cierto esfuerzo interpretativo, analicé las primeras seis líneas del mismo.

Transcribo a continuación las líneas restantes, con su enunciado polémico, a lo menos en parte :

‘Así, en su gobierno el sabio
vacía las mentes,
llena los vientres,
debilita las voluntades,
fortalece los huesos,
para que el pueblo carezca de conocimientos
y carezca de deseos;
para que los astutos no osen actuar.
Practicando el no-hacer
reinará el orden universal.’
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Entendamos aquí al sabio, no como el hombre ‘que sabe’, que debe mostrar los conocimientos requeridos para escalar en la burocracia y en la sociedad, sino como el amante de la sabiduría taoísta, el que que ajusta su acción al no-hacer y su decir al no hablar, además de empeñarse por olvidar los saberes incompatibles con la naturaleza del Tao, que ha debido aprender a lo largo de su vida. Tales como el conocimiento de las leyes y los procedimientos, los ritos y los preceptos de la cortesía y de la ética formal.

Por lo demás, es sabio quien se abstiene de todo deseo de poder, de riqueza, de prestigio, y obra así pues entiende que toda esa ambición y esa codicia andan a la caza de puras ilusiones, y que todo ese quehacer es profundamente perjudicial para la esencia del hombre, para lo que éste es en sí mismo. Encontramos aquí una similitud con el postulado budista según el cual la causa del sufrimiento es el deseo. Y para no extrañarnos de ello, tengamos presente que la recepción de las ideas taoístas por parte del budismo daría origen a la rama chan de esta última religión, que al pasar a Japón recibiría el nombre de zen.
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Young Fu Lin – Rights reserved – Image from Cuaderno de Retazos

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Con estas explicaciones, se va haciendo la luz en las afirmaciones contenidas en este capítulo: si es gobernante sabio el que ‘vacía las mentes de los hombres’ y ‘debilita las voluntades’ para que el pueblo ‘carezca de conocimientos’ y ‘carezca de deseos’ es porque tal es también su mayor aspiración personal, difícil por cierto de alcanzar, la de dejarse llevar por el Tao, sin ideas en su mente, sin voluntad y sin deseos que lo distraigan en la vanidad de un hacer que pueda perturbar la espontánea eficacia de aquél. Y si ha de llenar los estómagos y fortalecer los huesos de sus súbditos, es porque tal es también una aspiración personal: disponer del alimento y de la fortaleza corporal que le permita alcanzar la longevidad en la imperturbable quietud del dominio de sí mismo.

Sobre todo se trata de que ‘los astutos no osen actuar’. Son éstos los que poseen el conocimiento y el talento necesario para arrastrar a los hombres a la competencia, al conflicto, a la disputa por el poder y por la fama, al derramamiento de sangre, a la guerra. Son éstos los maestros en engañarse a sí mismos para engañar a los demás. ¿Es posible identificar a los tales, en nuestro tiempo? Allí siguen estando presentes, los que quieren que el mundo gire en torno a ellos, los que quieren ordenar el mundo, los necios que ignoran el orden omnipresente tras las apariencias.

Los ‘astutos’ -en algunas traducciones se los denomina ‘inteligentes’ o ‘sabios’- serían los mismos ‘hombres de talento’ a que se refiere el comienzo de este capítulo III, esto es los que saben, ‘los eruditos -…- de las diversas escuelas, que siembran la confusión con sus doctrinas y recetas de poder’. Su ‘saber es pernicioso porque dispersa y aleja de lo esencial, por una parte, y también porque, al tratarse de un conocimiento buscado y adquirido, intencionado, impide “actuar sin acción”. Además, ‘instituyen reglas y enseñanzas y, por ende, se ensarzan en una concatenación en que todo va complicándose cada vez más, en que todo es cada vez más insatisfactorio, y se embarrancan en esa complejidad’.* Los partidarios de las distintas escuelas serían hoy, por supuesto, según me parece, los hombres de partido que siguen perturbando la mente del pueblo y sembrando la confusión en su propio provecho. 

¡Qué espantosas consecuencias, si es que ellos se vuelven modelos del pueblo!  ¡Qué frustraciones! ¡Qué abundantes semillas de descontento! Quiere el sabio autor del Tao Te King que el pueblo se aleje de ellos.

En cambio, qué de beneficios, que de alegría para el pueblo, si se deja al buen gobernante actuar prudentemente conforme al orden natural, sin abandonar el wu wei, que es la acción cautelosa y mesurada que no pone estorbo a la espontánea eficacia del Tao. Así, la virtud (Te) del Tao todo lo regula, haciendo inútil toda excesiva regulación humana.

Claro que hay que tener presente que nuestro mundo está tan plagado de estúpidas y destructivas intervenciones, de exageradas regulaciones que nada solucionan, que el orden natural autorregulador no puede sino encontrar dificultades para imponerse. Cada vez es, por lo tanto, también más difícil que se haga realidad la sabia directriz del buen gobernante. 

Esta es mi opinión acerca de la enseñanza de este capítulo III del Libro del Camino y de la Virtud.

No hay que maravillarse, sin embargo, de que dichos como los contenidos en este capítulo hayan sido utilizados en la historia china -con apoyo razonable en la literalidad del texto- para fundamentar el sojuzgamiento del pueblo. A pesar de que lo que querría decir este capítulo es, según nos parece, todo lo contrario.

He citado en este artículo los comentarios al capítulo III de Anne-Hélène Suárez Girard, (Tao te king, Siruela,Madrid 2009) que hace referencia, por su parte, a la obra de Francois Jullien mencionada en la bibliografía de dicho libro.
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© 2012 Lino Althaner