Praxíteles – Venus de Cnido

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Afirmaba Plotino que el mundo espiritual debe hallarlo el hombre, primeramente, dentro de sí mismo. Que, librado del ruido del mundo, podría acceder a la visión de sí mismo, inmerso en la vida divina, y a una Belleza de una maravillosa majestad’.

Esa importancia que le da nuestro filósofo neoplatónico a la vida interior no significa, con todo, que desprecie el mundo visible, el mundo accesible a los cinco sentidos. También es posible que encontremos huellas verdaderas y bellas del mundo espiritual fuera de nosotros. Pero así como es preciso que el ser humano aprenda a observarse para descubrirlo dentro de sí, debe también cultivar su mirada para descubrirlo afuera, para percibirlo detrás de las apariencias.

Más aún, califica de necios a quienes pretenden acceder a los bienes y bellezas del espíritu sin haber aprendido primero a apreciar el mundo visible.

Nos explica por qué, quien contempla atentamente la excelencia de una obra de arte, la belleza de un rostro o el orden majestuoso de la naturaleza que lo rodea, se queda de pronto como estupefacto, como si recordara una realidad perdida o, más aún, como si fuera transportado al ámbito de lo trascendente. ¿Habrá alguien tan limitado que no se emocione, que no se vea llamado a reflexionar y que no sienta un respeto sublime, enfrentado a tales esplendores?
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‘¡Qué maravillas, y de qué maravillas deben proceder estas maravillas!’
(II,9,16,43)
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Es que la percepción de la mente, de los sentidos, debe ser profundizada por la luz del espíritu. Saber ver el mundo sensible, nos dice Plotino, es percibir por medio de un poderoso esfuerzo de visión mental, el envoltorio material de las cosas, y leer la fórmula invisible al ojo que se extiende más allá de su materialidad. Recuerda Plotino a Linceo, personaje del mito de los Argonautas, que era famoso por su penetrante visión, ‘que incluso veía lo que hay en el interior de la tierra’. Es preciso, como él, ser capaz de cultivar nuestros órganos sensoriales para captar lo que se oculta tras las apariencias materiales. Para ver la forma de las cosas, para ver las cosas en profundidad. Para ver como son las cosas en el mundo ideal de las Formas, de donde les viene a las cosas su armonía, su belleza, su conmovedora verdad.

Nos desafía Plotino a que pensemos, por un instante, en el mundo como en un conjunto de partes que, sin confundirse con las demás, se reducen con todo a unidad. Al ver, en ese modelo, una sección del cielo, no podríamos evitar que también se hicieran visibles, automáticamente, el sol y todas las demás estrellas, la tierra, el mar y todos los seres vivos. Todo como parte de un conjunto de cosas bellas unidas en suprema armonía. Como parte de una esfera luminosa que todo lo contiene en su realidad.  Acceder a la visión de una tal esfera es acercarse al mundo de las Formas. En contacto con él, contemplaríamos el mundo visible en su totalidad, despojada cada una de sus partes de sus condiciones materiales, temporales y espaciales, reducidas todas y en su relación recíproca a su sola sublime armonía, a su inexpresable belleza.

Reflejo de la suprema belleza de ese mundo ideal, el de las Formas, es la belleza a que accedemos por medio de nuestros sentidos.
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Venus de Milo – Museo del Louvre

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‘De dónde venía, pues el brillo de la belleza de esta tan disputada Helena o de todas esas mujeres que, por su belleza, se parecen a Afrodita … Este origen de la belleza ¿no es siempre la forma?’ (V,8,2, 9-26).

Cuando la forma -Platón habría dicho la idea– de una cosa es reconocida por el espíritu que vive en nosotros, éste ilumina a nuestros ojos para vean en ella la parte que contiene de auténtica belleza, la porción que refleja del mundo eterno de las formas puras, divinas. 

Tal es, según Plotino, el proceso en virtud del cual una cosa bella nos emociona. Nuestra mente recuerda el mundo del las Formas, con el cual estuvo en contacto alguna vez. El espíritu que reconoce ilumina a los sentidos. Los sentidos perciben la realidad, que no es la pura apariencia de belleza, no es la pura belleza sensible, es el eco de la belleza pura, absoluta, que proviene del mundo de las Formas.

‘En este mundo de las Formas todas las cosas están pletóricas y de alguna manera bullen. Es como si hubiera una especie de flujo de esas cosas bullentes de vida, un flujo que se derrama de una fuente única, … como si hubiera una cualidad única que poseyera y conservara en ellas todas las cualidades, la dulzura mezclada con la fragancia, el sabor del vino junto con las virtudes de todos los sabores, con las visiones de los colores y con todas las sensaciones que se perciben por medio del tacto; estarían también todas las sensaciones de la audición, todas las melodías, todos los ritmos.’
(VI, 7, 12, 22)

¿Una sola Belleza ideal que en sí reuniera en sí a todas las modalidades de belleza?

El contacto de la mente, del espíritu y de los sentidos con el mundo de las Formas,  nos permite acceder a la auténtica belleza. Nos permite, por lo tanto, distinguir también a la que no lo es. A la que tiene solo la apariencia. La que es pura superficie. La que nada refleja o casi nada. La que es puro artificio, puro oropel, pura cirujía o puro cosmético. Desarrollar la capacidad para distinguir entre la belleza verdadera de la falsa, es por cierto de la mayor importancia. En un mundo como el nuestro, como siempre, sobrepoblado de bellezas aparentes, de mentira.
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© 2012 Lino Althaner