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El Cielo y la Tierra no tienen benevolencia,
para ellos los seres son como perros de paja.
El sabio no tiene benevolencia,
para él los hombres son como perros de paja.
El espacio entre el Cielo y la Tierra,
¡cómo se asemeja a un fuelle!
Vacío y nunca se agota;
cuánto más se mueve, más sale de él.
Los muchos decretos acarrean un pronto desastre;
más vale conservar un reposado vacío.

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El Cielo y la Tierra no tienen benevolencia
para ellos los seres son como perros de paja.
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O como se dice en otras traducciones, ‘no son humanos’. El Cielo y la Tierra simbolizan el cosmos, la naturaleza. Y la naturaleza no tiene sentimientos. Su eficacia, no deriva del estar dotada de humanidad o de benevolencia. Son éstas, cualidades eminentes de la filosofía de Confucio, que nuestro Libro del Camino y de la Virtud pone permanentemente en entredicho, pues las entiende como fruto de la mera convención, teñidas de hipocresía y orientadas más al bien del orden social y político que a las verdaderas necesidades del hombre.
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No es posible atribuir a la naturaleza tales virtudes. La naturaleza se rige por un orden distinto, difícilmente discernible por los hombres comunes. Es un orden menos aparente, más impersonal, que no es posible atribuir a buenas o malas intenciones: es un orden cósmico, un orden natural, no atribuible a nada parecido a la razón o al cálculo de los hombres. Es un orden benéfico, sí, siempre que el hombre sea capaz de descubrirlo y de ajustarse a él. Es es el orden que rige a las galaxias y a las estrellas inmutables en el tránsito permanente de su aparente inmovilidad. El bien y la ausencia de bien los reparte al margen de toda equidad humana.

¡Si el hombre fuera capaz de someterse a ese orden!

¿Y los ‘perros de paja’? Eran al parecer unas figuras usadas como ofrendas en las ceremonias funerales en la antigua China, que terminaban pisoteadas por los asistentes para ser luego incineradas. Con el símil de los ‘perros de paja’ se quiere decir precisamente de esa forma de actuar de la naturaleza, que impone a la humana condición su propio orden, sin consideración de circunstancias ni de atributos o calidades. Así, pues, la única vía que tiene el hombre para vivir en paz y sentirse a gusto en su condición, es la que lo lleva a comprender que él es también parte de la naturaleza, por lo cual debe aceptar el orden natural y ser capaz de insertarse armónicamente en él, sin hacer nada que pudiera perturbarlo.

El sabio no tiene benevolencia,
para él los hombres son como perros de paja.

El hombre sabio actúa en consonancia con la naturaleza y, más aún, trata de identificarse con ella. Por lo tanto, su trato con los hombres es semejante al que tiene con ellos la naturaleza. Aunque objetivo e impersonal, es un trato gracioso y benéfico para el hombre que actúa con medida, cuidando de ajustar su acción al orden y a las normas del cosmos. El sabio ha sabido descubrir, ese orden y sus normas, mirando alrededor suyo bien despierto, indagando en su diaria experiencia. Es lo que pide, por lo tanto, del resto de los hombres. Y si el sabio es el rey, el gobernante supremo -pues como tal suele entenderlo la filosofía china- no se relacionará con los hombres con zalamerías ni discursos elocuentes o promesas imposibles de cumplir, sino con la simple exigencia de que cada cual cumpla su papel en la vida sin perturbar la armonía imperante. Eso es lo que significa, a mi entender, que el sabio no tenga benevolencia, que parezca carecer de humanidad.

El espacio entre el cielo y la tierra
¡cómo se asemeja a un fuelle!
Vacío y nunca se agota;
cuanto más se mueve, más sale de él.

La enormidad del cosmos no parece tener límites ni ser susceptible de medición humana.  Es un espacio lleno de energía que nunca se agota. Inmenso es su poder. Como todas las cosas traspasadas por el Tao, es un poco semejante a él, la grandeza de la naturaleza. Insondable, inefable. Incomprensible. También el hombre debiera aprender del cosmos y dejarse atravesar, tal como él, por la virtud eficaz del Tao, sin jamás desconocerla. Pues así daría cuenta de su auténtica condición, sin insistir en desmentirla con sus deseos mundanos, con sus vanas ilusiones, con su febril búsqueda de realizaciones y de satisfacciones egoístas.

Tratemos de entender estos dichos. No son expresión de nihilismo, me parece a mí. No descartan la eficacia de las acciones humanas. Lo que sí desdeñan es la hipertrofia del quehacer y la urgencia sin sentido del humano caminar. Por lo cual tratan de reducir la acción humana a lo que sea rigurosamente necesario para su felicidad y para la armonía del mundo que lo rodea. Para que el Cielo, la Tierra y la Humanidad se muevan ajustados a la misma partitura, al mismo ritmo.
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Este capítulo V no parece dotado de mucha coherencia interna. Se pueden advertir en él tres partes bastante diferenciadas e independientes. La primera, concerniente a la falta de humanidad de la naturaleza y a la impasible objetividad e imperturbabilidad del hombre sabio. La segunda, que recién comentamos, relativa al espacio entre el cielo y la tierra. Y la tercera, que es un apéndice con mucho sentido, aunque no muy directamente hilado con las líneas anteriores:

Los muchos decretos acarrean un pronto desastre;
más vale conservar un reposado vacío.

Lo que en otras versiones suele traducirse como:

Las muchas palabras pronto se agotan;
más vale guardar el centro.

Significativas diferencias en la traducción. Prueba de las dificultades que es preciso superar para interpretar textos tan antiguos, y escritos en chino. Las distintas versiones se apoyan, no obstante, en este caso, en la misma dirección. Las muchas palabras, los muchos decretos, las muchas normas, son estériles. Las opiniones, las distinciones, las taxonomías, de poco sirven. Las discusiones y las oposiciones verbales no conducen a nada bueno para la humanidad. Su abundancia es la que ha hecho, en buena medida, que la eficacia del Tao parezca de pronto como ausente del mundo de los hombres.

El vacío o el centro original, hay que resguardarlo, hay que tratar de habitarlo. Ese centro es ‘el lugar hacia el que todo regresa, o todo converge, y, complementariamente, desde el que todo se difunde. El Centro es el lugar del Hombre como arquetipo e instancia cósmica, santo soberano de la tradición china o Santo taoísta. Es el espacio en que se entrecruzan el yin y el yang para producir el mundo, el lugar en que se sitúa el adepto en su meditación y el sacerdote en el ritual, desde y hacia el cual pueden comunicar con el Cielo igual que con la Tierra’. Así, pues, ‘el Sabio (o santo) es el que ha conseguido situar su existencia al nivel del surgimiento mismo de toda existencia’.

El centro vacío que hay que resguardar es el lugar del hombre original, aún no contaminado por la ilusión del mundo, aún no herido por el sufrimiento que le ocasionan sus deseos.  Es el hombre libre, natural, que no necesita de instituciones ni de normas para vivir en paz.

Tal es el capítulo V del Libro del Camino y de la Virtud (Tao Te King).

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Las citas en el párrafo antepenúltimo provienen de las obras de I. Robinet y F. Julien citadas en la traducción del Tao Te King de Hélène-Marie Suárez Girard (Siruela, Madrid 2009).
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© 2012 Lino Althaner