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El Cielo, la Tierra, el Hombre. La armonía que ha de existir entre ellos es parte del orden natural. El ser humano, dotado de conciencia  y de voluntad, como asimismo de la capacidad de transformar su voluntad en acción y en obra, tiene una especial responsabilidad en la cautela de dicha armonía, cuya perturbación puede ser motivo de desgracia.   De allí que sea su deber el de ponderar cautelosamente los efectos de sus obras antes de actuar. De allí que deba rechazar toda acción desordenada o desmesurada.
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Kawase Hasue – image from Cuaderno de Retazos

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Es mala para el hombre, por otra parte, la progresiva lejanía de su entorno natural incontaminado. Pues la naturaleza es maestra del hombre. El hombre ha de observarla y aprender de ella para acomodar su existencia a las enseñanzas de tan sabia preceptora.  Debería tenerla siempre bien presente a su alrededor, en las altas y bajas mareas, en los ríos, en los valles y en los bosques, en el viento, la lluvia y la nieve, en las auroras y en los atardeceres. Pues si tiene dificultades para advertirla -por culpa, por ejemplo, de las ruidosas y apremiadas selvas de cemento que se ha construido- difícil le será escuchar su voz.

El hombre sabio -nos enseña Lao Tse- aprende de la naturaleza para hacerse semejante a ella. Para ser, en lo posible, como el Tao, presente en ella como un orden que espontáneamente se impone a todo cambio y a todo accidente, sin casi hacerse sentir.

El capítulo VII del Tao Te King nos dice de uno de los aspectos de la naturaleza que el hombre debe imitar. ¿El Cielo y la Tierra, por qué subsisten, por qué se perpetúan, por qué están por encima de todas las desgracias?  

‘Perdurable es el Cielo
y persistente es la Tierra.
Cielo y Tierra pueden durar largo tiempo
porque no existen para sí,
de ahí que puedan existir largamente.’

El Cielo y la Tierra existen largamente por cuanto no se afanan en perpetuarse. Porque no existen para sí, por ello prevalecen. Porque no hacen de la existencia su solo fin. El hombre, como la naturaleza, debe abstenerse de aferrarse a la ‘vida’. Si estima a la vida, debe cuidar si vida. Si quiere cuidar su vida, debe renunciar a la vida ilusoria, esto es, a las cosas exteriores, a las prisas, preocupaciones, ganancias y pérdidas, que hacen de la vida negación de la vida y del hombre un espectro alienado de su naturaleza.

Para dar la espalda a un destino engañoso y espectral,  para volver a la vida, la vida auténtica que sin quererlo se perpetúa en la naturaleza, debe el hombre renunciar a las apariencias de vida que lo encadenan a lo que él no es. Encadenamiento que es su esclavitud y es el origen de sus sufrimientos.

Así como la naturaleza se limita a ser lo que es conforme al orden del Tao, así debe ser el hombre. Carente de deseo y de interés, así es como ella prevalece.   Privada de todo egoísmo y de toda parcialidad, dotada de suma ecuanimidad, es así como el caos o la anarquía nunca la alcanzan. Eximida de toda preocupación o afán de predominio,  así es como alcanza su máxima eficacia.

‘Por eso el sabio se sitúa detrás y está delante;
no mirando por su persona, es el primero;
no mira por su persona (vida) y la conserva,
¿No es acaso porque no alberga deseos egoístas?
Así es como puede cumplir esos mismos deseos.’

Absteniéndose de los deseos egoístas, el ser humano se perfecciona y es exitoso en la tarea más difícil: la de hacerse a sí mismo.
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El capítulo siguiente -VIII- especifica en el agua el ejemplo que el hombre debe ver en la naturaleza. 

‘El hombre de bondad superior es como el agua.
El agua sabe favorecer a todos los seres, mas no lucha;
ocupa los lugares que la muchedumbre detesta
y así está cerca del Tao.
Sabe elegir el lugar donde vivir,
sabe preservar la calma de su mente,
sabe ser benevolente en su trato,
sabe ganarse la confianza cuando habla,
sabe poner orden cuando gobierna,
sabe usar de su talento cuando algo emprende,
sabe en qué momento debe moverse.
Siempre y cuando no luches
excusarás caer en falta.’

El agua es un símbolo al que la filosofía taoísta recurre con frecuencia. El agua tiene una natural tendencia a descender hasta los sitios más bajos u oscuros. No obstante, llenando las oquedades, es capaz de sobrepasar a lo que estaba, en principio, por encima de ella. Evita los obstáculos y eludiéndolos, los vence. Muy difícilmente los arrasa: sólo si alguien los ha puesto imprudentemente en su camino. Porque su curso, débil en apariencia, tiene increíble poder.

El agua es adaptabilidad, humildad. Como símbolo de lo inferior que domina a lo superior aparece en el capítulo 29 del Tao Te King. Como análogo a lo débil que vence a lo fuerte y a lo rígido, en los capítulos 43 y 78. Su transparencia, su insipidez, son atributos del Tao. Y del sabio taoísta, poco amigo de los sentimentalismos y de la verborrea de los discursos.

Imitando al agua, el hombre se hace como ella. Se acomoda a lo humilde. La quietud de su mente es profunda como el agua de un lago. A pesar de su sobriedad, de su poca afición a las muestras puramente formales de cortesía, no peca de falta de compasión, y en nadie genera desconfianza. Su orden es el del Tao. Sabe usar de su talento. Valorando la oportunidad de sus acciones, multiplica sus frutos.

¡Aprendan del agua! nos dice el Tao Te King.

El agua no lucha ni rivaliza. Impone simplemente la virtud natural de su magnífica eficacia.
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Así ha de ser el hombre sabio. A éste no le motiva compararse con los demás. No tiene interés en competir ni en rivalizar. Ni en luchar. El sabio sólo lucha consigo mismo.

Por lo cual termina el capítulo VIII:

‘Siempre y cuando no luches
excusarás caer en falta.’

Evitarás la desmesura.

¡Qué consejos para un mundo desmesurado! Alejado de la naturaleza.

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© 2012 Lino Althaner