De las religiones semíticas heredamos el concepto de un Dios terrible, legislador de rigurosos mandamientos y juez implacable, amante del rito, del sacrificio y de la venganza. ¿Era el dios que hacía falta para conducir al pueblo elegido por el camino elegido por sus gobernantes? Pues las sociedades jurídicamente estructuradas, esto es, los estados, o son ateas o suelen hacerse dioses a la medida de sus intereses. Para que las leyes estatales se cumplan es mejor que lleguen al pueblo revestidas de la autoridad divina. El dios iracundo, difícil de contentar, inclemente con quien se aparta del camino trazado, dice el decálogo que le dictan el rey y el sacerdote. Un decálogo que se multiplica en minucioso despliegue de normas, crecientemente invasivo de las libertades, de las privacidades, y de la misma divinidad.
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Cortezas concéntricas – M.C. Escher (wikipaintings.org)

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Este concepto de Dios es, por cierto, bastante ajeno al espíritu de los místicos.  Por una sencilla razón: porque tal no es el Padre Bueno, el padre de Jesús. Y el Espíritu que anima a Jesús de Nazaret es el del amor incondicional que no es negado a ser humano alguno. Si tienen alguna duda al respecto, revisen los Evangelios, sobre todo el de San Juan.

Lo hemos visto en Juan de la Cruz. También en Rumi, el místico sufí. Y asimismo lo encontraremos en la mística judía. El místico tiende a desviarse del camino institucional. Tiende a la herejía. No puede sino tener problemas con los guardianes del dogma, instrumento para distinguir a ‘nuestro’ Dios del Dios de los demás, trazando inflexible y definitivamente su figura y sus circunstancias; las del inefable, el extraño, el desconocido. Esa pretensión, no la tienen los místicos.

No la tenía el Maestro Eckhart, que aprendió en la profunda meditación que el camino para alcanzar la redención supone, más que sujeción a los dogmas, las doctrinas y los preceptos, el anonadamiento de sí mismo en el amor divino, para hacer de sí mismo un intermediario y publicista de ese amor. Creía el maestro que Dios moraba en su intimidad y que a través de una disciplina basada en la entrega, en la  renuncia, en la oración y en la bienaventurada y amorosa aceptación de su vida, podía llegar a experimentar esa profunda presencia.
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Círculo con mariposas – M.C. Escher (wikipaintings.org)

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Vaciarse de las cosas para llenarse de Dios. Esto lo desarrolla el maestro renano de diversas maneras, pero una de ellas llama la atención por su fuerza, por su audacia, por la convicción acerca de la cercanía de Dios, que revela. Para llenarse de Dios el hombre de Dios, nos dice, debe querer nada menos que la felicidad del mismo Dios. Cuando el hombre vive en el amor y en la pureza,  Dios retoza y se ríe, explicaba en hermosa metáfora. Lo que quería decir es que cuando Dios ríe en el alma del hombre, el hombre puede reir en Dios. Al reir el hombre en Dios, alcanza su plenitud.

No, ciertamente, en el Dios de los Ejércitos, el Jehová tremendo del Antiguo Testamento, el Dios asociado a la muerte más que a la vida, en el que se nos ha querido hacer creer. El Maestro Eckhart nos hace pensar más bien en un Dios que se ríe, que tiene buen humor, que no necesita imponerse sobre los hombres como legislador, juez o verdugo, que lo único que quiere es amar y ser correspondido. Pues el Dios de los místicos no se asocia en términos de exclusividad con pueblo o nación alguna, ni siquiera con una religión o institución religiosa en particular. Dios no es modelo para ejercer poder sobre los hombres, ni para dividir a los hombres. Es modelo para amar a los hombres, para unirlos, para borrar las diferencias que torpemente los separan.

Este es el Dios en que debe creer el ser humano.

Se cuenta de Meister Eckhart una anécdota que recuerda la atmósfera espiritual de un cuento jasídico. Relata que en uno de sus paseos por el jardín conventual, se habría encontrado con un niño desnudo:

¿De dónde vienes? le preguntó.

     Vengo de Dios, respondió el niño.
¿Dónde le encontraste?
     Allí donde abandoné todo lo demás.
¿Dónde lo pusiste?
     En los corazones virtuosos.
¿Y quién eres tú?
     Soy un rey.
¿Pues dónde está tu reino?
     En tu corazón.
Entonces, compadecido de su desnudez, el Maestro le habría ofrecido que tomara de su celda todo el abrigo que quisiera. Mas el niño le contestó:
     Con tu abrigo, dejaría de ser rey.
Y luego desapareció. Porque el niño era el mismo Dios, que había descendido a pasar un rato ameno con sus amigos.
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Planetoide tetraédrico – M.C. Escher (wikipaintings.org)

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El niño, en sí mismo, es ya un símbolo de divinidad. La desnudez del niño se refiere, a mi entender, por lo menos a dos aspectos. Por una parte, simboliza la desnudez, la pureza y el anonadamiento del hombre que aspira a que su alma alcance la unión suprema, la meta sublime. Pero, además, la desnudez nos dice de un Dios carente de atributos e historias pensadas o inventadas por los hombres, de un Dios inefable, del que casi todo lo desconocemos, salvo su amor. 

Que tal fuera mi Dios, es lo que quisiera.
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© 2012 Lino Althaner