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Admirando el buen gusto para seleccionar a sus poetas y poemas preferidos, recorro las páginas de Versiones y Diversiones, obra del mejicano Octavio Paz, recopilación de traducciones suyas al español (Galaxia Gutenberg, Barcelona 2000). Allí me encuentro con estas dos sencillas experiencias de iluminación espiritual, dichas con la lengua de la poesía. La más propia tal vez para expresarlas.
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La primera es del irlandés William Butler Yeats (1865-1939). Una ráfaga de gracia inunda repentinamente al poeta, tranformándolo en fuego bendito, capaz de bendecir. Lo fulmina con la fuerza de lo obvio, de pronto hecho presente en el lugar menos pensado, de manera que recuerda al satori de los discípulos del Zen.
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Vacilación

Cincuenta años cumplidos y pasados.
Perdido entre el gentío de una tienda,
me senté, solitario, a una mesa,
un libro abierto sobre el mármol falso,
viendo sin ver las idas y venidas
del torrente. De pronto, una descarga
cayó sobre mi cuerpo, gracia rápida,
y por veinte minutos fui una llama:
ya bendito, podía bendecir.

(My fiftieth year had come and gone, / I sat a solitary man, / In a crowded London shop, / An open book and empty cup / on the marble table-top. / While in the shop and street I gazed / My body of a sudden blazed;/ And twenty minutes more or less / It seemed, so great my happiness, / That I was blessed and could bless.)

No es tan distinta la experiencia de Czeslaw Milosz (1911-2004), el gran poeta polaco de origen lituano.

Bienaventurado el receptor de dones como estos, hombre abierto a lo hondo e inefable, presente en lo cotidiano. Despegando de la miseria de nuestros egos, de pronto percibimos lo que somos en verdad, lejanos al conflicto y a la presunción. Por unos momentos, a lo menos.

El premio

Qué día feliz.
La tiniebla se disipó temprano.
Me puse a trabajar en el jardín.
Colibríes quietos sobre la madreselva.
Nada sobre la tierra que yo quisiese tener,
nadie sobre la tierra que yo pudiese envidiar.
Había olvidado todo lo que sufrí,
no tenía ya vergüenza del hombre que fui.
No me dolía el cuerpo.
Al enderezarme, vi el mar azul y las velas.

(A day so happy. / Fog lifted early, I worked in the garden. / Hummingbirds were stopping over honeysuckle flowers. /There was no thing on earth I wanted to possess. / I know no one worth my envying him. / Whatever evil I had suffered, I forgot. / To think that once I was the same man did not embarrass me. / In my body I felt no pain. / When straightning up, I saw the blue sea and sails.)

Ambos poemas nos dicen del hombre transfigurado por el súbito reconocimiento de la simple realidad. Del hombre olvidado de todo egoísmo, de todo temor. Del hombre invulnerable.

Todavía tengo un tercer ejemplo, esta vez del mismo Octavio Paz, tomado del hermoso poemario Hacia el comienzo, contenido a su vez en el libro Ladera este, Galaxia Gutenberg, Barcelona 1998). Dice de una vivencia frecuente en los hombres espirituales, la cual se experimenta simplemente Con los ojos cerrados

Con los ojos cerrados
te iluminas por dentro
eres la piedra ciega

Noche a noche te labro
con los ojos cerrados
eres la piedra franca

Nos volvemos inmensos
sólo por conocernos
con los ojos cerrados

El hombre piedra ciega, se vuelve piedra franca. La piedra franca, la empleaban los constructores medievales para alzar  catedrales. El hombre que se labra noche a noche, en la oscuridad, se transforma iluminado en piedra franca, capaz de conocer la inmensidad del templo que se erige en su interior.
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© 2012 Lino Althaner