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‘La tinta, al impregnar el pincel, lo dota de alma; el pincel, al utilizar la tinta, lo dota de espíritu. El hombre detenta el poder de formación y de vida; si no, ¿cómo sería posible extraer así del pincel y de la tinta una realidad que tenga carne y hueso’ .
(Shitao, Palabras sobre la pintura, capítulo V).

El espíritu creador fluye desde la mano al pincel. Al impregnarse del alma de la tinta, adquiere el pincel la capacidad de diferenciar la materia del caos, de darle forma y animarla. Alentados por la mano creadora, el yang del pincel y el yin de la tinta, en suma la pincelada, se vuelven dadores de vida.

A quien ande a la búsqueda de una reproducción realista del paisaje, esta forma de pintura le resultará tal vez desilusionante. Pues estamos en presencia de un arte que no busca tanto reproducir las formas exteriores, la apariencia, como captar la esencia del ente representado. Para de paso sugerir la forma en que, a través del arte pictórico, el caos del origen se ordena para dar paso a la vibración de las cosas, cada una marcada tanto por su propia individualidad como por su condición de integrante de un todo unitario. El todo y el uno que es el mundo y que es la obra de arte.
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Shitao – Ermita en la montaña

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Así, por ejemplo, en la pintura arriba representada, que podríamos calificar de intensamente expresionista, vibrante de pasión, de ansias de enseñar más que los flujos formales de la superficie para internarse en las corrientes vitales de las rocas. La pincelada es intensa y espontánea. Brota del interior del artista, una vez que se ha posesionado suficientemete de la esencia de las cosas que pinta.  Integrada entre las rocas, que se agitan en un torbellino vibrante, mora el hombre en su ermita. En medio de la naturaleza, el hombre reposa, como en el regazo del caos, que sigue presente en el orden, en la unidad. El hombre que aparece  como conciencia, como ‘ojo iluminado’ de la naturaleza. Que no intenta sentirse distinto de ella, pues en ella vive en paz, sino que espera nostálgico el regreso a la plena unidad, en el todo de que forma parte.

‘Más que la semejanza exterior, la pincelada busca discernir el li, la ‘línea interna´de las cosas. Al mismo tiempo, se carga de las pulsiones irresistibles del hombre. La pincelada trasciende así el conflicto entre dibujo y color, entre representación del volumen y del movimiento, y, por su sencillez misma, encarna a la vez lo uno y lo último, así como la ley de la transformación’. La pintura china es ‘un arte de la pincelada, porque ésta se halla en profunda concordancia con la concepción china del universo. Convencido de que en la naturaleza la corriente del tao recorre las colinas, las rocas, los árboles, los ríos, y de que las ‘venas de dragón’ ondean a través del paisaje, el pintor, a la par que dibuja las formas de la realidad, procura recrear las líneas invisibles y rítmicas que las enlazan y las animan. Al hacerlo, da rienda suelta a los influjos que animan su propio ser’ (Francois Cheng, Vacío y plenitud, p. 221 s.).
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Luego diré algo más acerca del valor atribuido a la pincelada en la pintura china y, especialmente, en la obra pictórica de Shitao, según es definida en su libro Palabras sobre la pintura y en el de Francois Cheng, que estoy resumiendo en parte y comentando.


© 2012 Lino Althaner