La vida del hombre es un vestido prestado
Al-Áfuah Al-Audi (s.VI)

¿Hay algo verdadero que se oculte bajo nuestras apariencias?

¿Qué valor atribuir a la vestidura de que nos hemos ido cubriendo a lo largo de los años, para halagarnos mentirosamente, para impresionar a nuestro ego y a nuestro entorno, para defendernos? ¿Atributos, por otra parte, etiquetas adheridas al rol que nos ha impuesto la sociedad,  cifras, análogas a las de un código de barras, con que el estado nos encasilla, ordenándonos a su gusto, y nos ubica, nos requiere, nos obliga a su antojo cuando nos necesita? ¿Detrás de todo ese entramado de oficios, de títulos, no hay algo más, acaso, que quisiera de pronto salir a la luz, detrás del lugar que ocupamos en las estadísticas , más allá de las taxonomías a que estamos sometidos?
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Por cierto que sí. Olvidada allí, disimulada, invisible a nuestra propia mirada, allí suele languidecer nuestra verdadera identidad, con frecuencia tan distinta a la que ostentamos públicamente, a lo que parecemos; allí suele yacer desatendida y deteriorada, nuestra auténtica condición humana.

Se nos vuelve ajeno nuestro nombre. Pues él de repente no refleja más que una categoría social, una lejanía de la vida; una ubicación; cosas y números con más o menos ceros a la derecha; sujeción a valores engañosos, a requerimientos productivos; una profesión, una dirección de correo electrónico. Nos identificamos con lo que no somos. Y en ello solemos quedarnos, en la pura apariencia, en la laboriosidad, en el conflicto, en la urgencia, en el sueño del que no llegamos a despertar. Dejamos entonces de ser nosotros mismos. Nos quedamos en el disfraz que nos oculta, en un vestido que en verdad no es el nuestro.
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En esa magnífica novela que es La muerte de Virgilio, el escritor austríaco Hermann Broch (1886-1951) expresa algo parecido con verdad y hermosura. Dice en ella la voz del poeta latino al muchacho que lo acompaña, junto a su último lecho:

‘-El nombre es como un vestido que no nos pertenece, estamos desnudos bajo nuestro nombre, más desnudos aún que el niño que el padre ha levantado para darle el nombre. Y cuanto más llenamos de ser el nombre, tanto más ajeno se nos torna, tanto más independiente se vuelve de nosotros, tanto más abandonados resultamos nosotros mismos. Prestado es el nombre que llevamos, prestado el pan que comemos, prestados nosotros mismos, suspendidos desnudos en lo extraño, y sólo aquel que se ha despojado de todo el prestado oropel, llega a ver la meta, es llamado a la meta, donde se une definitivamente con su nombre’.

A lo cual replica el joven: ‘-Tú eres Virgilio’.

Y responde el poeta: ‘-Lo fui una vez; tal vez vuelva a serlo.’

El poeta siente que a lo largo de su vida, y justo en la medida en que lo han capturado la gloria mundana, la fama y la riqueza a que ha abierto las puertas el reconocimiento del César, justo en la medida en que se ha realizado como personalidad de su tiempo, se ha ido alejando progresivamente de su centro, olvidándose de sí mismo, de su auténtica persona, escondida tras el aparente brillo de las circunstancias. Su íntimo anhelo de espiritualidad, de sabiduría trascendental, ha quedado pendiente, ha sido sacrificado a ‘todo el prestado oropel’ que le hado su fama de poeta laureado. Debería vaciarse de él para emprender su auténtico camino, no el de las apariencias, por mucho que éstas lo dejen inscrito en la memoria de los hombres para siempre. Pero teme, el Virgilio de Broch, no ser ya capaz de lograr en vida ese retorno a sí mismo. Y tal vez reflexiona en lo insignificante que resulta para el espíritu que trasciende la memoria de los hombres.

Virgilio es por cierto un pretexto de Broch para meditar sobre sí mismo, sobre el hombre.
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William Blake – Dante y Virgilio a las puertas del infierno (wikipaintings.org)

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Pero suele ocurrirle al hombre lo que al Virgilio de Hermann Broch. Que por no asumir a tiempo las consecuencias del conocerse a sí mismo, debe al final admitir que se ha sacrificado por la opción equivocada: la opción de la acción desenfrenada, la opción del sinsentido, del ganar posiciones para gozar de materiales prerrogativas, a las cuales sacrifica los deseos más caros de su corazón. Que por no conocerse a tiempo, se topa consigo demasiado tarde. 

Una tragedia más, entre las tantas que afligen al género humano. Alejarnos de esta vida con un nombre que no somos de verdad. Con un nombre que es pura investidura o ilusoria condecoración, que para lo que comienza a importar, no vale tal vez ni un centavo.
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© 2012 Lino Althaner