En las postrimerías del siglo V a.C., Ciro el Joven intenta hacerse con el trono de Persia, en poder de su hermano Artajerjes II. Para tal efecto contrata un enorme contigente de mercenarios griegos. Pero Ciro fallece: la empresa subversiva pierde sentido y fracasa. Los griegos pierden a sus generales, capturados por el ejército vencedor. Faltos de provisiones y hostigados constantemente  por el enemigo, su sola posibilidad de salvación supone atravesar, en condiciones tan precarias, los inhóspitos territorios, las montañas y desiertos de Asiria y Armenia, que separan el norte de Mesopotamia con el mar -el Mar Negro-, en cuyas costas florecen ciudades griegas en las que encontrar protección. Tal es la situación cuando Jenofonte, uno de los líderes elegidos por la alicaída tropa, entra en acción para motivar a los Diez Mil y guiarlos en su difícil retirada.

‘¡El mar, el mar!’ (¡Θάλασσα! θάλασσα! o ¡Θάλαττα! θάλαττα!) es el grito de los primeros soldados griegos que divisan por fin, desde un monte, al anhelado mar, asociado al éxito de la epopeya, que el mismo Jenofonte narra en su Anábasis. El horizonte del mar anuncia aquí la cercanía de las ciudades griegas, de su cultura. y simboliza la salvación del peligro que amenaza. 

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Jack Veltriano – Mad dogs (image from wikipaintings.org)

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Distinta es la connotación que asume el grito de los soldados de Jenofonte en el Ulises, de James Joyce, quien lo pone en boca de Buck Mulligan: ‘¿No es verdad que el mar es … una dulce madre gris? … ¡Ah, Dedalus, los griegos! Tengo que enseñarte. Tienes que leerlos en el original. ¡Thalatta! ¡Thalatta! Ella es nuestra grande y dulce madre. Ven y mira’. ¿Hay aquí acaso una referencia a la extensidad del mar, a primera vista insuperable, que sirve no obstante para unir las costas distantes, multiplica los viajes y es instrumento de difusión de las obras de la cultura? Es la vía de la civilización. En el texto de Joyce, pareciera ser sobre todo el mar de los griegos, símbolo de la cultura helénica, madre nutricia del mundo occidental.

‘El mar, el mar’, sin signos de exclamación, es también el título de una novela de la notable escritora irlandesa Iris Murdoch (1919-1999), ganadora en 1978 del Booker Price.

Junto al mar quiere hallar el protagonista la redención. El mar de la lejanía. Cansado de sus exitosas actividades en el ámbito teatral, junto al mar busca el retiro, al mar idealizado, ‘el bendito mar septentrional, un mar de verdad con limpias mareas misericordiosas’, que le permitirá hallar distancia de su vida anterior y encontrar el sosiego para escribir un ‘diario, no de sucesos, porque no los habrá, sino … de ocurrencias mezcladas y observaciones cotidianas …’ Pero el mar de la lejanía es también el de la memoria, despertada ominosamente por la forzada cercanía de personas -amigos y amantes del pasado- que desearía olvidar, como también por el azar que abre las puertas a una desastrosa aventura, la de intentar, obsesiva y torpemente, hacer realidad, contra todas las evidencias de la realidad, un ensueño de su temprana juventud.
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Charles Arrowby se pierde en el pensamiento, en la imaginación, en el sueño imposible, pero más que nada en el exceso de acción voluntariosa, que hace que sus intentos fracasen uno tras otro, para sumirlo al final en el abandono total, en una, esta vez no querida, soledad. Aunque un poco de consuelo le ofrecen al final las circunstancias relacionadas con su primo James. También la apertura a un nuevo espacio de aventura amorosa, ensombrecida no obstante por los aleccionadores demonios del pasado, que auguran más complicaciones para el sesentón.

El estilo de Murdoch es cuidado, aunque limpio de excesos. La trama deja espacio justo a la meditación, filosófica y espiritual, concerniente al sentido de la vida y a la manera de vivirla, poniendo ciertamente una gran interrogante acerca de la frecuente futilidad de la actividad humana. Me ha recordado la lectura de los libros taoístas, tan claros a este respecto, el Lao Tse y el Chuang Tse. La prosa sirve de adecuado pavimento para una trama llena de suspenso, que sume al lector, cual si el libro fuera una novela policial, en intentos por acertar con el desenlace pensado por la autora. Hay lugar también para la magia y para la alucinación, hasta el punto del horror. Las setecientas y tantas páginas se leen con agrado, con la sola excepción de algunos pasajes un tanto insistentes en el afán de exhibir rasgos caracterológicos de los personajes o aspectos determinados de la narración, en los que no cabe ya espacio para la duda. Los cabos sueltos no son más que los que quedan en cualquiera historia real. Tal vez, más que cabos sueltos, interrogantes cuya respuesta  queda abierta a la imaginación del lector.

Toda una especialidad de la autora es la descripción de los interiores y exteriores, de los personajes, de las casas, del paisaje, todos ellos situados ante la presencia multifacética del mar, unas veces gozosa, benéfica, otras veces amenazante y suscitadora de angustia. El mar con sus olas y mareas que vienen y se van y vuelven a tornar. Abierto a lo imposible, a lo inefable, a la libertad. Regreso a la triste realidad. El mar como símbolo de lejanía o camino de encuentro. Vía en la que todas las posibilidades se abren al éxito o al fracaso. El mar que anula toda vanidad, que a todos hace iguales. El mar del inconsciente, con sus ángeles y demonios.
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Jack Veltriano – The singing butler (image from wikipaintings.org

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Pero, en definitiva, me parece, el mar no es sino el espejo que se empaña o se aclara, se aquieta o se activa, se llena de colorido o se ennegrece, como efecto de las luces o las sombras del pensamiento, de la imaginación, de los productos, tan frecuentemente desastrosos, de la voluntad de acción de los hombres.

Vale una segunda lectura, aunque difícil, en mi caso, por la multiplicidad de libros que se acumulan en frágiles columnas a mi alrededor. Lo recomiendo, ‘El mar, el mar’, de Iris Murdoch (Lumen, Barcelona 2004).
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© 2012 Lino Althaner