Una vez más, un pensador muy moderno o más que moderno -posmoderno- vuelve la mirada hacia sus propias honduras espirituales, que lo guían hacia otras profundidades, aún mayores y ejemplares, en que encuentra una guía suma de espiritualidad cristiana. Jean Franc0is Lyotard (1924-1998), filósofo, sociólogo, maestro de teoría literaria, profundo analista del impacto de la llamada posmodernidad -del Dios lejano o ‘muerto’- en la condición humana, es el encantado. Y el encantador, Aurelio Agustín de Hipona (354-430) santo doctoris ecclesiae,  prolífico como pocos, conocido preferentemente por la Ciudad de Dios y por sus sublimes Confesiones.
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Estas Confesiones agustinianas, íntimo diálogo de una mente excepcional, de un espíritu selecto, con su Dios, el Dios de cuya presencia en sí mismo ha llegado San Agustín a estar cierto, son las que atraen la atención de Lyotard. Enamorado de ellas, el filósofo francés, a través de una glosa inflamada más que de lenguaje filosófico, de la lengua mística, del flujo raramente articulado de palabras cuyo origen se halla sin duda en los estratos inconscientes de la mente, fuentes de las cuales manan las intuiciones e imágenes más certeras. Por supuesto más certeras que las rigurosamente limitadas por los hitos de la razón metódica y de la lógica aristotélica, tan demasiado humanas.

No es la primera vez que me refiero en esta bitácora a las Confesiones. A lo menos en una ocasión ya comenté sucintamente algunos párrafos suyos, modélicos a mi entender por la claridad con que muestran el vuelo místico y el vuelo poético de Agustín, su agudo pensamiento, su espíritu lleno de fortaleza y de finura, su prosa brillante, vehemente, demostrativa de la seguridad de su visión. Influida tal vez por la lectura de Plotino, de Proclo, del Pseudo Dionisio Areopagita, precedentes neoplatónicos del incomparable Aurelio Agustín, su prosa es una prosa inflamada. Una prosa inflamada, que a su vez inflama al lector. Es la que inflamó a Jean-Francois Lyotard.

Es claro que el libro de Lyotard La confesión de Agustín ha quedado incompleto. Interrumpido por el evento más luminoso en la vida de todo ser humano, el que abre las puertas al diálogo cara a cara.
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El primer comentario de Lyotard se refiere al famoso capítulo XXVII de Libro X de las Confesiones:

‘¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían.

‘Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz.’

Comienza, pues, Lyotard, con la confesión de su tardanza y lo equivocada de su búsqueda. Así, con frecuencia, nos perdemos en lo superficialmente o exteriormente deslumbrante, lo que nos retrasa, y así más postergamos el encuentro con lo que importa de verdad, ya que es luz que no pasa fugazmente, sino que permanece, incluso después del paso más allá. 

‘Repleto de delicias mundanas, arrellanado en la indigencia de las satisfacciones, el yo flotaba calmo y saciado, como un esquife inmóvil en la agitación nula. Entonces -pero ¿cuándo?- tú anclas en él y te abres acceso por sus cinco estuarios. Aspiras hacia ti, viento de gran frescura, tifón, los labios cerrados del mar en calma, los abres y los despliegas en rompiente.

‘Del mismo modo, el amante excita las cinco bocas de la mujer y hace crecer sus vocales, las de la oreja, las del ojo, las ventanas de la nariz y la lengua hasta que la piel chirría. Helo aquí consumido de tu fuego, impaciente de la paz que tu quíntuple ferocidad le administra’.

Así, entonces, a tan insistente llamada del Amado, formulada con voz tan fuerte, y acompañada de un perfume, de un brillo, de un imán interior, tan poderosos, no puede el filósofo sino inclinarse, y al igual que Agustín, agachar la cabeza y beber de la fuente cuyas aguas sanadoras se le ofrecen.
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Es el llamado tan imperativo, que conmueve al espíritu del hombre, quienquiera que sea, hasta el punto de abrir paso al inconsciente y despejar a la consciencia de todo obstáculo que le impida acoger al Inefable desconocido que lo convoca e invita. Al que siempre se sabe que está ahí, a la espera, todo vida saludable, todo caridad y misericordia.

Expresiva es la glosa de Lyotard, que parece extasiarse en repetir y extender y ahondar las palabras del santo doctor de la Iglesia:

‘Llamas, gritas, has triturado mi sordera. Brillas, resplandeces, has desterrado mi ceguera. Expandes tu fragancia, que me penetra, y respiro contigo. Te degusté en mi boca y heme aquí hambriento, sediento. Me tocaste la piel y me encendí de ardor por tu paz.’

Llamas, gritas, ‘tú, la belleza’.

‘Tardé tanto en amarte, tú, tan antigua y tan nueva, cuán tarde te amé. Pero también veo ahora que tú estabas adentro cuando yo estaba afuera, buscándote afuera entre las formas tan graciosas que has creado, me precipitaba sobre ellas y me precipitaba sobre mi desgracia. Tú estabas conmigo y no estaba contigo. Me alejaban y me apartaban de ti esas mismas cosas que no existirían si no estuvieran en ti.

Aquí se manifiesta el Eros divino, sagrado, el mismo de Juan de la Cruz y de Teresa de Ávila. De allí el lenguaje desgarrado, violento, propio de enamorados que se confiesan amores, que se confiesan tal vez un atraso a la hora de juntarse o una ocasional infidelidad,  que no es obstáculo para la continuidad del amor. Tanto más, si es amor a Dios, la misericordia misma, la misma comprensión, el mismo amor.

Pues, ‘tu ojo nos vigiló y horadó las trampas de la carne …, tu voz nos acarició, galopamos tras tu fragancia como galgos extraviados. Tú lo conduces, él se entrega a tu beatitud, tú lo has tomado por mujer, lo has partido, abierto e invertido. Convertiste su intimidad en su afuera introduciendo allí tu propio afuera. Y de esta exterioridad tuya injertada en él, haces tu santo de los santos …., tu santuario en mí.

Yo estoy convencido. Es que Lyotard, por mucho que a veces parezca encubrirlo, también ha escuchado el llamado, la convocatoria impostergable.
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Seguiré con estos comentarios de Lyotard -en su libro La confesión de Agustín– a las Confesiones en próximas entregas.

Las obras pictóricas reproducidas corresponden a diseños para la Iglesia del Espíritu Santo de Düsseldorf, obra del artista austríaco Koloman Moser (1868.1918). 

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© 2012 Lino Althaner