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La lectura del capítulo XXVII del libro X de Las Confesiones nos dice que el hombre interior de Agustín, el que tiene, como en todos los hombres, en el alma su morada, ha quedado prendado de una experiencia de Dios, que no sabe ubicar en el tiempo. ¿Por qué? Es que el acercamiento divino ha ocurrido en el ámbito de la intemporalidad. ¿Cómo situar, entonces, en el tiempo ‘una visita absoluta, cómo ponerla en relación en una biografía. ¿Contarla?’
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Alberto Durero – de la serie de los Seis Nudos – wikipaintings.org

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¿Contar la experiencia? ¿Decir del goce que procura? ¿Decir el hombre de lo que ama en esa instancia intemporal. Agustín intenta una explicación en el capítulo VI del mismo libro X:

¿Y qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manás ni mieles, no miembros gratos a los abrazos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto abrazo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y abrazo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.

Insiste al respecto Jean-Francois Lyotard en su inflamada glosa:

‘Cuando amo a mi dios, amo una cierta luz, una voz, una fragancia, un manjar, un cierto abrazo -abrazo, sabor, fragancia, voz y luz que son del hombre interior que hay en mí, interioris hominis mei: allí lo que me esclarece el alma no ocupa ningún espacio, resuena una vibración que no tiene necesidad de ningún tiempo, se exhala una fragancia que ningún soplo esparce y se saborea un manjar que no agota la gula, el abrazo no se distiende a causa de la saciedad. Lo que amo cuando amo a mi dios es aquello, hoc est.’
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Alberto Durero – de la serie de los Seis Nudos (wikipaintings.org)

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¿Y cómo puede de algún modo describirse la experiencia, si ubicada como está al margen del tiempo, no es posible recordarla? Comenta Lyotard que ello sólo es posible merced al ‘hombre interior, que no es hombre ni interior, mujer y hombre, una exterioridad interior, tal es el único testigo de la presencia del Otro …’

‘El hombre interior no atestigua acerca de un hecho, un acontecimiento violento que habría sido escuchado, saboreado o tocado. Él no da testimonio, es el testimonio. Es la visión, el olfato, la escucha, el gusto, el contacto violado y metamorfoseado …

‘El hombre interior no evoca una ausencia. Él no está allí por el otro, él es el Otro del allí, que está allí, allí donde la luz tiene lugar sin lugar, donde el sonido resuena sin tiempo … Explosivo e implosivo, él es el plosum, la plosión que anula los a priori de la inscripción y parte del testimonio posible. Testigo, en la medida en que no es un testigo y que no puede haber testigo de ese impacto que, repítamoslo, anula los tiempos del archivo.’

De la experiencia situada fuera del tiempo no puede haber recuerdo. Sin recuerdo, falla el testimonio. Es que el hombre interior como testigo no tiene que dar cuenta de la presencia del otro sino que de su identidad, de la identidad suya con el Otro, el Amado, en el seno del alma del Amante. Identidad que dice de permanencia más que de presencia ocasional.
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Alberto Durero – de la serie de los Seis Nudos (wikipaintings.org)

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Así es lo que amo cuando amo a mi Dios. Así dice Agustín. Y repite emocionado Lyotard.

Y así continuamos con estas reflexiones, en que acojemos la guía de Jean-Francois Lyotard (Losada, Buenos Aires 2002), quien en su libro La confesión de Agustín nos conduce por el camino las Confesiones de Aurelio Agustín de Hipona.
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© 2012 Lino Althaner