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Al margen de la valoración estética de que puedan ser objeto las imágenes creadas por el hombre,  esculpidas, pintadas o fotografiadas, parece haber razones suficientes para pensar que en ellas se hace presente con frecuencia un elemento no enteramente racional, que podríamos llamar mágico, diabólico o divino, según el caso.

Se dice que los antiguos griegos solían sentir también una poderosa atracción o amedrentamiento por los meteoritos negros o por trozos informes de madera, supuestamente caídos del cielo, a los cuales rendían homenaje. A ellos aprendieron luego a agregar una cabeza toscamente esculpida o unas incisiones lineales que parecían insinuar las extremidades de la figura la divinidad representada. 

Entre paréntesis: de estas inclinaciones por las piedras y otros objetos inanimados quedan en nosotros más que vestigios. Tengo un hermoso meteorito negro, encontrado en el desierto atacameño, que suscita no sólo mi admiración, sino que la de casi todas las personas que lo ven. Algo parecido sucede con los cuarzos, las amatistas, las bellísimas geodas, y qué decir de los nautilus, amonites, trilobites y otras especies fósiles, de mi pequeña colección.  Y de las caracolas en que aún creemos escuchar el sonido de las olas. En todos estos objetos se advierte la huella de la mano de un gran artista. Lo mágico, lo divino que nuestra razón persiste en rechazar, se impone con fuerza y nos somete sin violencia.
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Ahora bien, cuando la imagen asume decididamente la apariencia del cuerpo humano, multiplica su efectividad en proporción geométrica. El mito atribuye a Dédalo la invención de la técnica necesaria para separar, en las imágenes esculpidas o dibujadas, los miembros del tronco. Fue todo un hito en la representación artística del cuerpo.  Comenta Pausanias (siglo II) en su Descripción de Grecia que Dédalo

‘sobrepasó tanto a los demás que durante generaciones pervivió la leyenda de que las que él creó eran exactamente como seres vivos: dicen que sus estatuas podían ver y caminar y que conservaban la disposición de todas las partes del cuerpo de manera tan total que la estatua producida por el  arte parecía un ser vivo. Él fue el primero que les abrió los ojos y separó sus piernas, como si caminaran, y también les puso los brazos y las manos como si los estiraran’. Y sentencia que ‘todas las obras de este artista, aunque bastante rústicas, tienen algo de divino’. Sócrates, en el Menón (97 d) se permite un comentario ciertamente irónico acerca de la costumbre de amarrar a estas imágenes para que no escapasen de su dueño. 

Si una imagen cincelada con rudeza podía ser relacionada con una potencia sobrenatural, cómo no habrían de serlo las realizadas con un conocimiento más avanzado de las técnicas artísticas, muchas veces con el propósito explícito de producir tanto como emoción estética, sentimiento religioso..

Albrecht Altdorfer – María con el Niño (imagen de http://www.Mystudios.com)

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El poder de la imagen parece aumentar con la pintura. Un poder que suscita aprehensiones de tipo religioso, tal como lo acreditan los movimientos iconoclastas. Aparte del medio semita, en que la pintura de imágenes cultuales está sometida a un riguroso estatuto, es obligatorio mencionar el caso de Constantinopla, donde el movimiento iconoclasta terminó derrotado y la pintura de íconos pudo desplegarse existosamente por el extenso entorno de las tierras eslavas. Pero en occidente, la tendencia iconoclasta deja su huella en el  cristianismo protestante, como lo atestiguan los muros vacíos de tantas iglesias de esa denominación. Hawthorne da cuenta, por ejemplo, del temor y del consiguiente rechazo que solía suscitar la imagen en el ambiente evangélico estadounidense de mediados del siglo XIX :

‘Algunos consideraban una ofensa contra la Ley Mosaica, e incluso una presuntuosa burla del Creador, crear imágenes vivas de sus criaturas. Otros, aterrados ante el arte que podía hacer surgir fantasmas a su voluntad y conservar la forma de los muertos entre los vivos, tendían a considerar al pintor como un mago’, capaz de producir daños a su voluntad en la personas o bienes de los demás.

Pero este recelo hacia las imágenes se manifiesta más bien en el ámbito religioso. Fuera de éste, el poder de la imagen se impone irrestrictamente. No desprovisto de emoción y de verdad me parece el texto que sigue, del humanista León Bautista Alberti (siglo XV), expresivo de una profunda admiración por la pintura:

‘La pintura posee un poder verdaderamente divino, pues no sólo vuelve presente al ausente … sino que también representa a los muertos para los vivos muchos siglos después, de manera que los espectadores los reconocen con gusto y profunda admiración para con el artista … Por medio de la pintura, los rostros de los muertos continúan viviendo durante mucho tiempo. También la pintura es un gran don para los hombres, pues representa a los dioses que adoramos y ha contribuido considerablemente a la piedad que nos une a ellos y a llenar nuestros espíritus con sólidas creencias religiosas. De numerosas maneras puede verse hasta qué punto contribuye la pintura a los honestos placeres de la mente y a la belleza de las cosas, pero especialmente en el hecho de que no se verá nada tan hermoso a lo que la asociación con la pintura no le confiera muchísimo más valor. El marfil, las gemas y todas las demás cosas preciosas similares se vuelven más valiosas en manos del  pintor. También el oro … Incluso el plomo, el más bajo de los metales, convertido en imagen por Fidias o Praxíteles se consideraría más precioso que la plata en bruto’.

No es ningún misterio, en todo caso, que el autor de esta bitácora es un enamorado perdido de la buena pintura. De los símbolos, de los emblemas, de las imágenes.
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Albrecht Durer – Retrato de Maximiliano de Austria (imagen de wikipaintings.org)

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Me regocijo en estos momentos con la lectura detenida del libro de David Freedberg El Poder de las Imágenes (Cátedra, Madrid, 1992), del cual he extraído los textos citados.
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Lino Althaner © 2012