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El poder de la imagen cautiva al espectador, cada una de ellas según sus características.

Así, por ejemplo, en un retrato que aspire a decirnos no sólo de la apariencia superficial sino que también de la vida interior de la persona representada, le hacemos exigencias especiales en lo relativo a la expresión de la mirada.  ¿No son acaso los ojos la mirada del alma? No es raro, entonces, que con ellos identifiquemos preferentemente el potencial seductor de un retrato. Que, por muchos que sean los atractivos y las galas con que el artista ha querido revestir a su personaje, debiéramos siempre recurrir a su mirada para descubrir, de verdad, de quién se trata. Es lo que hace el artista en la etapa final de la pintura: centrarse en los ojos, en su fuerza cautivadora.

Hay retratos que nos siguen con la mirada. Claro que no es ninguna garantía de calidad de la pintura la circunstancia de que los ojos retratados parezcan seguir al observador y mirarlo directamente a él, sea cual sea el punto de vista que aquel elija para enfrentarse a la obra. Sin embargo, la historia del arte nos dice de la preocupación que han solido tener los pintores por dotar a sus retratos de este atributo.  Es, entonces, como si esos ojos tuvieran vida.
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Jan van Eyck – El rostro de Cristo (detalle)

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Tal imagen puede ser usada con fines teológicos. Una como ésta es la que debe haber adjuntado Nicolás de Cusa (1400-1464), el gran teólogo, a su texto sobre La Visión de Dios, para ilustrar complementariamente a los benedictinos de Tegernsee acerca de la visión omniabarcadora de la divinidad. Es el rostro de uno que lo ve todo, pintado con tan hábil arte pictórico que parece mirar todo lo que le circunda. Es un icono de Dios. Y así, dice Nicolás a sus queridos monjes:

‘Colgad ese ícono en cualquier lugar, por ejemplo en la pared que está al norte, poneos alrededor, hermanos, a poca distancia de él, y observadlo; cada uno de vosotros, desde cualquier lugar que lo mire, comprobará que el ícono parece que le mira solamente a él; al hermano situado en el este le parecerá que ese rostro le mira hacia el este, al que está en el sur, hacia esa dirección, y al que está en el oeste, hacia el oeste. Os asombraréis, en primer lugar, de cómo sea posible que la imagen mire a la vez a todos y a cada uno. Pues la imaginación del que está al este no alcanza a comprender que la mirada del ícono pueda dirigirse a otra distinta dirección, hacia el oeste o hacia el sur. Después, si el hermano que estaba en el este se coloca en el oeste, comprobará que la mirada está fija sobre él en el oeste, del mismo modo a como antes lo estaba en el este.

‘Y puesto que sabe que el ícono está fijo y quieto, se asombrará del cambio de una mirada que es inmutable.

‘Y si, clavando la mirada en el ícono, se desplaza desde el oeste al este, descubrirá que la mirada del ícono no deja de seguirle; y si vuelve desde el este al oeste igualmente la mirada no se aparta de él’.
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Jan van Eyck – El rostro de Cristo

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La obra de arte se vuelve una especie de metáfora. La imagen se reviste con ello de una enorme fuerza instructora, hermosamente expresada desde un silencio magisterial. Se proyecta, más allá de lo puramente estético, a la experiencia vital de una visión metafísica. En el retrato de Jan van Eyck (1390-1441), contemporáneo de Nicolás de Cusa,  nos dice del Camino, de la Verdad y de la Vida, que nos trae el Verbo de regalo, el Hijo que es el Α y la Ω, el primero y el último.

La visión de Dios es el título de un gran libro, obra maestra de la teología mística. Título ambivalente, pues la visión de Dios es tanto la que Dios tiene de nosotros  como la que los hombres tenemos o creemos tener de él. El libro de Nicolás trata de ambas cosas. De la visión que Dios posee de sí mismo y de las criaturas, y de aquella que las criaturas tienen del Absoluto, que lo ven en sí mismos y en sus obras.

‘Eres visible por todas las criaturas y las ves a todas; en efecto, por el hecho de que ves a todos eres visto por todos. Las criaturas no pueden ser de otro modo puesto que son por tu visión; si no te viesen a tí que las ves, no podrían recibir de tí el ser’.
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Escuela de van Eyck – Retrato de Cristo

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‘¿Qué otra cosa, Señor, es tu ver, cuando me miras con ojos de piedad, sino que tú eres visto por mí? Viéndome, tú que eres Dios escondido, me concedes que tú seas visto por mí. Nadie puede verte sino en cuanto tú le concedes que seas visto. Y verte no es otra cosa que que tú ves al que te ve’.

Cómo la imagen del rostro humano, de la mirada humana, se vuelve, merced a la pintura, en metáfora del rostro de Dios, en símbolo de su visión, de su mirada.
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Lino Althaner © 2012