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Lo dice San Agustín. También el filósofo tomista Étienne Gilson: 
‘Incluso en el seno de los placeres más mundanos, la voluptuosidad más abandonada sigue buscando a Dios’.
Como lo comenté en un artículo anterior, en relación con unos expresivos párrafos de las Confesiones del obispo de Hipona.

Vuelve sobre la misma idea Nicolás de Cusa, en su libro La visión de Dios, grandísima obra de teología mística a la cual también me he referido a propósito del poder de la imagen.
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El fin de todo deseo es Dios. En todo deseo está, en el fondo, el deseo de Dios. Sólo en Dios se alcanza la satisfacción de todo deseo. Me remito al bellísimo capítulo XVI de La visión de Dios, que lleva un título decidor: Si Dios no fuese infinito, no sería el fin del deseo. Dice allí, por ejemplo, Nicolás:

‘El fuego no cesa de arder ni tampoco el amor del deseo que conduce hacia ti, Dios, que eres la forma de todo lo que es deseable y la verdad de lo que se desea en todo deseo.

Eres como ‘un tesoro inconmensurable e inextinguible. El que encuentra un tesoro de una tal naturaleza que sabe que es incomensurable e inextinguible es invadido de una mayor alegría que el que encuentra uno mensurable y finito. Por eso, esta sacratísima ignorancia de tu grandeza es el más deseable alimento de mi entendimiento, máxime cuando encuentro ese tesoro en mi propio campo, de tal modo que ese tesoro es mío.’

‘¡Oh fuente de riquezas! Tú quieres ser comprehendido en mi posesión y a la vez permanecer incomprehensible e infinito, porque eres un tesoro de delicias, de las que nadie puede desear el fin. ¿Cómo el deseo podría desear no ser? Ya sea que la voluntad apetezca ser o que apetezca no ser, el deseo mismo no puede aquietarse sino que se dirige hacia el infinito. Tú desciendes, Señor, para ser comprendido, y sin embargo permaneces inconmensurable e infinito. Si no permanecieses infinito, no serías el fin del deseo. Eres, por tanto, infinito, para ser el fin de todo deseo … Tú eres, pues, Dios, la misma infinitud, a la que exclusivamente deseo en todo deseo. Yo no puedo acceder más adecuadamente a la ciencia de esta infinitud más que cuando sé que es infinita.

‘El fin del deseo es infinito. Tú eres, pues, Dios , la misma infinitud, a la que exclusivamente deseo en todo deseo. Yo no puede acceder más adecuadamente a la ciencia de esta infinitud más que cuando sé que es infinita.

‘Cualquier cosa que me advenga que intente mostrarme que tú eres comprensible, yo la rechazo porque es una seducción. Mi deseo, en el que tú resplandeces, me guía hacia ti, pues rechaza todo lo que es finito y comprensible; en estas cosas no puede aquietarse, ya que es guiado por ti mismo hacia ti. Tú, en cambio eres el principio sin principio y el fin sin fin. Por tanto, el deseo es guiado por el principio eterno, de quien obtiene el hecho mismo de ser deseo, hacia el fin sin fin; y éste es infinito.

‘Te veo, Señor Dios mío, en un cierto rapto mental, puesto que si la vista no se sacia con lo que ve, el oído con lo que oye, menos todavía el intelecto con el entender … No lo sacia lo inteligible que conoce; tampoco lo sacia lo inteligible que desconoce absolutamente; lo único que puede saciar al intelecto es aquello inteligible que sabe sabe que es hasta tal punto inteligible que nunca  pueda ser entendido plenamente, como no sacia a quien tiene un hambre insaciable un alimento escaso que puede comer, ni tampoco un alimento que no le es accesible, sino solamente aquel alimento al que puede acceder, y que, aunque lo coma continuamente, sin embargo nunca puede comerlo plenamente, porque ese alimento es tal que, comiéndolo, no disminuye, ya que es infinito.
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La teología mística de Nicolás de Cusa sigue las huellas de Dionisio el pseudo Areopagita.

La verdad de lo que se desea en todo deseo está sólo en Dios: el fin de todo deseo; la misma infinitud, a la cual deseamos en todo deseo.

Las imágenes, de Athanasius Kircher, de www. stanford.edu
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© 2012 Lino Althaner